La oración del corazón : El secreto de una paz adentro
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Estados Unidos, Kim King rscj
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Si miramos el mundo, si escuchamos su clamor, más adentro de la opacidad de su superficie, podemos reconocer ese hilo de ternura, como un pábilo vacilante, oculto en la dureza de los rostros, y en las defensas personales y colectivas que activamos. Los estallidos exteriores que recorren el mundo nos muestran como en un espejo el germen de nuestra violencia adentro. La contaminación que hace estragos en el aire, en el agua y sobre la tierra, es el resultado de la polución interior . También los rostros se quiebran como la naturaleza. Nos vamos blindando por fuera y por dentro, las manos se vuelven aferrantes, y los ojos no reconocen más que a aquellos que les son afines. Pero no estamos hechos para eso. No somos separados ni divididos. Nuestro destino es comulgar, sabernos uno, volver a encontrarnos.
Dice Olivier Clement que “nos hemos convertido en una civilización donde ya no se llora y por eso se grita tanto. Se grita en la calle y en el arte. Se grita ciegamente. Los jóvenes gritan como si quisieran liberar en ellos el gemido del Espíritu y no saben cómo hacerlo”.1
Tenemos obturada nuestra Fuente interior.
Cuando se persevera en la oración de Jesús, poco a poco se va rompiendo la cáscara del corazón, se ablandan las corazas que obstaculizan el manantial, y el subir de las lágrimas es el signo de la liberación de la Fuente. Unas lágrimas dolorosas y buenas, de las que curan, de las que dejan la tierra como después de una lluvia torrencial queda el paisaje, y los olores, y la luz de las cosas y el sabor de los rostros. Estas lágrimas nos enseñan, por unos instantes, que la paz de Jesús es bien distinta. No es una paz sin dolor, sin preocupaciones, sin temores, una paz individual...Es una paz adentro del miedo y de todo lo que acecha, como el océano mantiene la calma en medio de la agitación de las olas. Reconocemos la presencia honda del Señor en medio de las tormentas. Es la paz que abraza a todos y no se cierra a nada.
Pero nos cuesta permanecer quietos en medio de la agitación; por eso con frecuencia nos estamos moviendo y también reaccionando ante lo que vivimos. En nuestras relaciones, en nuestras tareas, intentamos cambiar el curso de las cosas, a veces con movimientos precipitados, poco discernidos. La oración del corazón nos llama a la hesyquia, a la quietud interior, al abandono; a no movernos como primer movimiento para poder dejar que la vida nos mueva en la dirección adecuada. Como expresa un dicho zen: “Cuando llega le damos la bienvenida, cuando se va no corremos tras él”.
Al guardar con la respiración y la invocación del nombre de Jesús el desbocarse de nuestros pensamientos y compulsiones, al mantener nuestro cuerpo en calma, al no movernos, dejamos de querer tener el control sobre las situaciones y las relaciones y damos la oportunidad de que las cosas sean y se manifiesten tal como son. Abandonando así la necesidad de estar controlándolo todo constantemente.
Necesitamos ¡tanto! de hombres y mujeres con un corazón pacificado, con un corazón humilde, reconciliado con sus propias aristas y agresividades, donde podamos apaciguar y remansar el nuestro en esas ondas expansivas de profunda comprensión, de respeto y de ternura, en ese lugar interior de Presencia donde todo está bien, donde todo encuentra inexplicablemente su sentido. “En mi una gran dulzura y una gran aceptación. Una secreta paz interior que supera todos los esfuerzos de la razón”. (E. Hillesum)
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Mariola López Villanueva rscj
Provincia de España Sur
1. O. CLEMENT, o.c. p. 109
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|2009-02-20 De Colombia
Gracias Mariola, nos llego al corazon y lo hemos disfrutao en esta comunidad de Santa Marta (Colombia),donde te recordamos con tanto carino.



Me ha gustado mucho este artículo, aunque no os conocía he quedado muy sorprendida con vuestra labor. La Via del Peregrino es un libro que me impresionó en el primer momento que cayó en mis manos.