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30 de septiembre: domingo 26 del tiempo ordinario

Lc 16, 19-31 

Si no estamos atentas a lo ordinario....

Yo pertenecía al grupo fariseo. Era de una comunidad judía asentada en una pequeña ciudad del Asia Menor. Mi padre era comerciante y yo había heredado no sólo su negocio y su fortuna, sino también una sólida formación religiosa, que me hacía ver en los pobres y en los enfermos a gente de segunda categoría porque no habían recibido, como yo, la salud y la riqueza, bendiciones del Innombrable.

Acudía fielmente en shabat a la sinagoga, luego de haber tenido una espléndida cena la noche anterior, desde el caer de la tarde. Como el negocio estaba a la entrada de la casa, los olores de la comida y del pan recién horneado llegaban hasta nuestros clientes. Algunos pobres, sobre todo extranjeros que llegaban del puerto, se quedaban ahí, con la esperanza de recibir algo más que los deliciosos aromas.

Aquél día estaba retrasado y una multitud en la plaza cercana, reunida alrededor de una mujer que contaba historias, me impidió el paso. Era ya inminente la caída del sol, y a mí me faltaban todavía varias cuadras para llegar a mi casa antes que empezara el gran reposo. Tropecé, y el dolor del pie no me dejó dar un paso más, tuve que sentarme. Sin querer, comencé a escuchar su relato de un tal Lázaro y de otro hombre con el que me identifiqué enseguida. Olvidé la prisa cuando Miriam, esa mujer cristiana que se atrevía a hablar con la soltura de uno de nuestros rabinos, citó a Moisés y a los profetas.

El hombre estaba atrapado en el sheol, atormentado por la angustia de que su familia fuera a parar también ahí. Por eso pedía a Abraham que enviara al difunto Lázaro con ella, para advertirle que el hambre y las necesidades de extraños eran también asunto suyo; a fin de cuentas, las bendiciones de Dios (a quien se atrevió a llamar Padre) eran para compartirse. Habría querido mandar a alguno de esos buenos-para-nada con Rabí Joachim, para que viniera a escuchar que quizá también mi hija tenía razón. Decía que no entendía al Bendito, que en nuestros días se molestaría si compartiendo la mesa con extranjeros rompiéramos la pureza ritual, y siglos atrás bendijera con un hijo a Abram, luego que invitara a tres extraños a comer en su tienda.

Entonces entendí que a las personas no nos hacen falta mensajeros extraordinarios; que no es a los muertos a los que hay que poner atención, sino a aquellos que no sobrevivirán sin nuestra ayuda.

Ana Morales Pruneda rscj
Provincia de México - Nicaragua

 

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