Florence de la Villéon rscj, provincia de Bélgica/Francia/Países Bajos

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Florence y Lolín en Rhino Camp, Uganda
Florence visitando un campo de refugiados en Tanzania
Viajando hacia un campo de refugiados.
En verano – navegar y orar
Cerca de Boston, con la comunidad Duchesne
En la capilla de Mater, con algunas de las nuevas provinciales, 2007

Pasé mi último año escolar en el Sagrado Corazón porque me habían expulsado del liceo donde estudiaba, y mi madre, que ya había tenido la misma experiencia con dos de mis otras hermanas, dijo: “con este expediente escolar nadie te va a admitir en terminal “. Sólo hay un centro escolar dónde podemos lograr que te acepten, es en el Sagrado Corazón de Nantes, en el cual dos de mis hermanas habían logrado entrar en mis mismas condiciones.

Durante toda mi vida quedé impactada por la difícil entrevista, que tuve que pasar al matricularme, con la directora, religiosa del  Sagrado Corazón, y que terminó con esta frase inolvidable: “no porque dos de sus hermanas hayan sido difíciles, e incluso inaguantables, puedo dejar de dar a Florence una nueva oportunidad. Toda niña tiene derecho a tener su oportunidad. Toda jóven tiene derecho a tenerla.

A través de esta experiencia, entendí que el carisma de la Sociedad del Sagrado Corazón era éste: Cada persona es única y Cristo nos ama a cada uno. Esta mujer lo decía e intentaba llevarlo a la práctica, en su día a día, en el contacto con las jóvenes que tenían relación con ella.

Fue  una llamada irracional, difícil de explicar.

Escogí el Sagrado Corazón entre otros institutos, porque buscaba la espiritualidad ignaciana, capaz de ofrecer estructuras para vivir en el mundo de hoy. Me sentía atraída por esas mujeres que sacan su energía de la contemplación y la vida interior.

Además, éstas vivían ese mismo carisma en todos los rincones del mundo y en todas las culturas.

Un corazón abierto al mundo entero pero, al mismo tiempo, capaz de estar cerca de los olvidados, de las  personas heridas por la vida, y yo había tenido experiencia.

Antes de mi profesión perpetua en 1994, fui enviada a Manila. Esta fue la experiencia que influyó más en mi vida. Había descubierto la pobreza de los filipinos  con los cuales trabajé como ingeniero. El hecho de vivir con las Hermanas del Sagrado Corazón que tenían referentes culturales distintos a los míos me permitió mirar a mi entorno con una mirada “asiática”, no occidental, y darme cuenta hasta qué punto nuestras visones del mundo son diferentes, cuánto había sufrido ese país a causa de un dominio occidental. Esto me dio una “visión intercultural “, el deseo y el gusto de querer entender por qué somos tan diferentes y cómo se vive la espiritualidad del Sagrado Corazón en otras culturas.

Después de mi profesión, fui a Uganda con las JRS. Me encontré con Lolín otra religiosa del Sagrado Corazón, que tenía una larga experiencia de África, y vivimos juntas en un campo de refugiados sudaneses.

La radicalidad de nuestra vida en el campo de refugiados, así como  en una pobreza tanto material como espiritual, me enseñaron a vivir el despojo. Acababa de hacer la profesión, de comprometerme a vivir sobriamente y sin ataduras  y me dí cuenta de cuán lejos estaba de llevarlo a la práctica, cuantos hombres y mujeres vivían estas realidades sin haberlas escogido y hasta qué punto, por mi parte, vivía yo en el confort.

Al volver, busqué la manera de transmitir estas  experiencias: la de Filipinas y la del campo de refugiados, al servicio de los jóvenes para darles la oportunidad de vivir la experiencia del choque de culturas, del servicio a los más desfavorecidos, tan distantes del mundo moderno. Trabajé en la Delegación Católica para la Cooperación, con jóvenes que querían entregar dos años de su vida al servicio de los países con menos recursos. Me hizo feliz el hecho de poderlos acompañar en su caminar y de poder ayudarles a superar las dificultades. Luego pasé algunos años en una residencia de estudiantes en la cual, nuestra misión, era, prioritariamente, el acompañar a estudiantes de otros países, que venían para conocer la cultura francesa u occidental.

En Francia, había también varias Congregaciones Ignacianas que se dedicaban, como la nuestra, a acompañar a los jóvenes en sus tiempos de ocio, ya que es un período en el cual están más disponibles. Me metí de lleno en estas actividades del verano uniendo mar y oración. Organizamos, con nuestras amigas, campamentos de: “vida en el mar, entrar en la oración”. Como bretona, yo había aprendido a navegar desde muy joven  y me apasionaba  la vela. Estos campamentos de verano permiten a los jóvenes descubrir lo que es la oración en un contexto de tiempo de ocio y de deporte, entrenándose, a la vez, en lo que constituye la vida de una tripulación: el respeto y el compartir. La vela es un deporte que educa. En él, se aprende a superarse uno mismo, a respetar la naturaleza, a meditar .De hecho, muchas de las metáforas marinas retratan muy bien la vida interior: mantener el rumbo, lanzar las amarras, remar mar adentro, hacer escala, hacer balance, etc…... Me gusta la aventura, el aire libre, la inmensidad del mar. Hay que tener raíces profundas para ir lejos. Me gusta estar entre dos fronteras y me hace feliz el pertenecer a un Cuerpo, a una familia en la cual cada miembro del mismo me ayuda, día tras día, a descubrir el Amor de Dios para conmigo y para cada persona, sea cual sea su tarea.

Desde 2007 soy provincial de Francia. No se prepara uno para esta clase de misión. Sin embargo, mi experiencia como consejera en el Consejo Provincial, mis horas de escucha de los jóvenes y mi reciente estancia en Boston donde he podido hacer un curso de formación sobre relaciones humanas (en psicología, solución de conflictos y comunicación) son  para mí una ayuda diaria.

Como acciones prioritarias veo: la Pastoral con los jóvenes, la presencia entre los más desfavorecidos, una comprometida y sólida vida comunitaria apostólica, el diálogo intergeneracional en la Provincia, la construcción de Europa.

En plena renovación de la Iglesia en Francia, me llama la atención el dinamismo de los jóvenes, el resurgir de nuevas  comunidades. Es difícil adaptarse a las necesidades de la juventud, a menudo, desconcertantes, pero no tenemos elección: “los tiempos cambian y también nosotras debemos de cambiar nuestro modo de ver las cosas” decía Santa Magdalena Sofía.

Leer mas...“Vivir en el mar - aprender a orar”

http://www.vieenmer.org/

Florence de la Villéon rscj
Desde 2010 Florence está Provincial de la provincia de Bélgica/Francia/Países Bajos