Margaret Mwarili rscj, Provincia de Uganda - Kenia

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Margaret (derecha) el día de sus primeros votos.
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En la escuela primaria de Laini Saba: Eunice Atieno, postulante; Jennifer Simwa rscj, Sabina Namutali rscj, Margaret Mwarili rscj
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Margaret con Analía Vergara rscj a la entrada de la escuela.
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La realidad de Kibera.
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School children
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Lunch time

Nací y pasé mi infancia en Shillakaya, pequeño pueblo del distrito de Kakamega, en la parte oeste de Kenia. Mi educación primaria tuvo lugar en varias  escuelas llevadas por las Religiosas de Maria en el distrito de Kakamega. Antes de entrar en la Sociedad  obtuve un diploma en agricultura en un colegio que tienen los Franciscanos en otra provincia de Kenia, Rift Valley. Durante mis años de joven profesa estudié en el Colegio Internacional de los Hermanos Maristas, afiliado a la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma, donde obtuve mi primer diploma. Más tarde saqué el Master en Administración Escolar y Supervisión en el “College of New Rochelle”, en Nueva York, Estados Unidos.

Entré en la Sociedad en 1992 y pronuncié mis primeros votos en 1994. Lo que más me atrajo a la Sociedad fue el cariño y el amor que vi en las hermanas que conocí. Me causó gran impresión constatar cómo las hermanas vivían la internacionalidad, y sobre todo me llamó el nombre de la congregación: Sagrado Corazón. Este nombre encierra para mi el compromiso de las hermanas con los valores del Corazón de Jesús.

Desde que entré en la congregación he vivido en varias comunidades y trabajado en diferentes apostolados: en Eldoret, como maestra en la escuela secundaria “Eldoret Harambee”, y en Chekalini, en la escuela rural secundaria para niñas “Bishop Ngenga”, donde enseñé religión, Suahili e historia.

Desde mi profesión perpetua en 2003 trabajo en la parroquia de Cristo Rey en el barrio de Kibera en Nairobi. He sido la coordinadora de educación de toda la parroquia, pero desde principios de este año, soy la directora de la escuela primaria de la parroquia, Laini Saba. Esta escuela empezó como un pequeño centro informal para chicos de la calle. Hoy día muchos niños desaventajados de Kibera vienen a nuestra escuela buscando una educación de calidad. Es un trabajo con muchos desafíos, pero me da vida.

El trabajo en el suburbio de Kibera durante los tres últimos años ha sido para mí una experiencia muy sensible y enriquecedora. Esta experiencia me ha puesto en contacto con la realidad de la vida en este barrio, el mayor al sur del Sahara. Miseria, superpoblación y degradación parecen caracterizarlo.

Estoy también en contacto con algunos aspectos habituales en la vida de sus habitantes, sobre todo la violencia, la injusticia y la desintegración de la familia. Esto se constata en el aumento de huérfanos y de niños de la calle, de madres solteras y por el predominio de diferentes clases de violencia. Kibera es un lugar en el que la gente no desea vivir ni trabajar; esto significa que los que allí están luchan todos los días para liberarse de esta situación inhumana. A la menos posibilidad la gente se traslada a otro sitio donde haya agua, mejores posibilidades de educación y un entorno limpio. Para mí el desafío consiste en ayudar a que la gente, en esta situación, pueda llegar a una experiencia del amor tierno de Dios. Compartir aquí la vida con ellos, es un modo cierto de solidaridad con los que viven en estas condiciones.


La situación de Kibera sólo puede entenderse haciendo la experiencia ;”venid y veréis”. He aprendido a empezar cada día tomando la vida como venga. Mi  servicio comporta, muy a menudo, el escuchar el grito de la gente. Escucho el grito de los desempleados, de los huérfanos que piden ayuda para ir a la escuela, de los padres, especialmente de las madres solteras, que luchan por educar a sus hijos, y de los niños de la calle que buscan esperanza para su vida.

A menudo, me veo ante el desafío de hacer conocer el amor de Dios aniños hambrientos, a niños expulsados de su casa por personas que no son capaces de cuidar de ellos, a madres expulsadas de la casa de su difunto marido por motivos culturales, a jóvenes sin trabajo que tienen que proveer a las necesidades de su familia. Estos son los gritos que oigo: “Mis niños tienen hambre”, “Ayúdame a poder darles educación”. Otras voces hacen preguntas como éstas: “¿Dónde puedo encontrar ayuda para mi nieto?” Es difícil encontrar respuestas a estas demandas. Y la llamada a escuchar, a hablar por los sin-voz y por los que luchan es persistente. Por ello, el trabajar en Kibera me ha enseñado a atender y escuchar a la gente que acude para contar sus penas. Es una llamada a escuchar a las madres solteras preocupadas por el futuro de sus hijos, una llamada a ser paciente ante la agresividad de la gente miserable que vive en el barrio.

Trabajar en Kibera ha sido para mí la ocasión de ser evangelizada. Cada día, al caminar hacia Kibera, la Biblia se hace más una realidad que una palabra escrita. Por ejemplo: el sendero abarrotado de gente hacia Kibera me recuerda las palabras de Jesús: “la mies es mucha y los obreros pocos”. Experimento la realidad de estas palabras en mis responsabilidades como Coordinadora de Educación de la Parroquia. Mi trabajo me pide más escucha, más orientación, más consejo, más consuelo, más ratos de conversación, visitar distintas oficinas para la educación, escribir informes, participar en encuentros con colegas, organizar o facilitar forums de discusión para maestros, alumnos y padres de Kibera.

Mi experiencia de trabajo en Kibera ha sido como aquella de la viuda pobre en la Biblia. Como esta viuda, me he sentido llamada a ser más generosa, a vaciarme de mí misma y a darlo todo: tiempo, fuerzas etc para dar esperanza a la gente que la perdido. También ha sido como la experiencia del buen samaritano que, al ver la necesidad del hombre atacado por los ladrones, buscó el modo de ayudarle a recuperar su salud: pidió ayuda al posadero, y al marcharse prometió que volvería. El poner en contacto a los que han perdido la esperanza con aquellos que pueden ayudarles a hacerla revivir ha sido para mí una experiencia enriquecedora y fortalecedora. Por ello, el relacionarme con la gente de Kibera me ha ayudado a experimentar el amor de Dios. He experimentado que los pobres pueden ser muy generosos y pueden ayudarse de muchos modos sencillos. Me han ayudado a sentir la generosidad de Dios.

Esta experiencia me ha formado de distintas maneras. Me ha ayudado a estimar lo que he recibido de Dios, los privilegios de que disfruto en mi vida diaria, tales que agua, espacio, entorno limpio, y otras cosas difícilmente accesibles en el barrio. Y por ello, me ha ayudado a escuchar con paciencia los gritos de mucha gente y a sentir de un modo concreto la situación de la gente del barrio. Por esta sencilla experiencia de escuchar, hacer puentes, reconciliar y capacitar, es como yo puedo expresar el carisma de la Sociedad.


Margaret Mwarili rscj
provincia de Uganda-Kenia