Voto de ... ¿POBREZA?

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Una reflexión sobre su capacidad expresiva y la justicia.

Vivimos una época de crisis, de incertidumbre y de búsqueda de la que, gracias a Dios, ni la Iglesia ni la vida religiosa quedamos exentas. No puede extrañarnos que las formas concretas de vivir el seguimiento de Jesús, (en el que tenemos involucrado no sólo nuestro quehacer, sino el corazón, la cabeza, la tripa, las heridas, nuestros vacíos y nuestros sueños), sean constantemente interpeladas por un mundo hambriento de sentido, por personas concretas que buscan un algo o Alguien que les diga que la vida vale más que muchas penas, que hay otra manera de vivirlas o que, incluso, se puede disfrutar trabajando por disminuirlas. Dentro de este contexto se inserta mi reflexión.
Una de las formas en que se ha concretizado ese seguimiento de Jesús dentro de la vida consagrada ha sido el llamado voto de “pobreza”, junto con el celibato y la obediencia. Al inicio de mi vida religiosa me parecía muy atractivo y hasta liberadora la vivencia de este voto; con el paso del tiempo se convirtió en un problema: me daba vergüenza vivir con muchos más bienes que los que la gente con la que compartía la vida tenía a su disposición, y a los que era incapaz de renunciar. Tampoco encontraba como hacer fructífera esa renuncia. He reformulado mi comprensión del voto y he intentado vivirlo de muchas maneras, sin que me quede aún claro cual es la voluntad de Dios en éste aspecto.
Si muchos años el intento por vivir este voto sólo me ayudó a sentirme incoherente y a permanecer en búsqueda, la propuesta presente la hago gracias a la experiencia, la lectura, reflexión, oración y escucha de diferentes opiniones durante un curso de Teología de la Vida Religiosa (VR) y en especial de la sesión dedicada al tema. Me ayudó a vislumbrar una luz que espero, pueda animarnos a compartir caminos de renovación de un aspecto de la VR que necesariamente tendría repercusión en otros, debido a su profunda interrelación.

POBREZA

Pobre es la persona que carece de lo necesario para vivir. Podemos estar de acuerdo en que los bienes de la Creación son para todos, y que nuestro mundo también genera la cantidad de bienes necesarios para que cada persona pueda tener una vida digna. También aceptaríamos, aunque sea en teoría, que no existen seres humanos de primera, segunda o tercera clase, sino que todos tenemos el mismo valor. Como cristianos, también creemos que Dios quiere la vida para todos y para el planeta; nos chocaría un dios que privilegiara a unos y olvidara a otros. Si existen pobres, es porque unos han tomado lo que corresponde a otros. La pobreza entonces, ni es “natural”, ni es “de Dios”. Es producto humano, o mejor dicho, in-humano, y es escandaloso que el modelo económico imperante -pecado estructurado-, tenga tal capacidad de generar pobres, con todo el dolor, violencia y muerte que acarrea.
El término pobreza no tiene significado sólo en términos económicos. Por pobreza entendemos también carencia de muchas cosas: de capacidad física, intelectual, psicológica, afectiva. De falta de poder, de reconocimiento; de “espíritu” en el sentido trascendente. A veces, incluso, lo usamos para definir al ser humano con respecto a la divinidad. Nos sugiere incapacidad, necesidad de ayuda, exclusión. En sentido positivo puede expresar libertad.
¿En qué sentido, entonces, podemos decir que por continuar el proyecto de Dios revelado en Jesús, el Reino, queremos ser pobres?

LA EXPRESIVIDAD DE LA VIDA RELIGIOSA Y LA POBREZA

La vida consagrada como seguimiento de Jesús no consiste sólo en la misión, en lo que hacemos. Va mucho más allá, aspira a ser un modo de vida que, ya por sí mismo, de testimonio de “Aquél con quien nos hemos encontrado” , de que los seres humanos somos hermanos y que la voluntad de Dios es que todos vivamos con la dignidad de hijos e hijas suyas; que la vida es mucho más que tener, dominar y sentir placer inmediato.
Lamentablemente, un gran número de religiosas y religiosos hemos perdido la capacidad de expresar eso. Si durante siglos bastó con hacer modificaciones de algún aspecto del estilo de vida, -curiosamente, la mayoría tuvieron a la pobreza, al despojo y a la renuncia al poder en su origen-, hoy ya no son suficientes. La VR ya no anuncia casi nada; en el mejor de los casos provoca cuestionamientos: ¿porqué vives sin pareja? ¿porqué no dispones de todo tu sueldo, porqué trabajas y vives aquí? ¿haces lo que otra te manda?..., y en el peor, simplemente pasa desapercibida, no dice nada.
Con el voto de pobreza sucede lo mismo. Quizá los pobres sean los que menos nos cuestionan, paradójicamente. Pero el resto de la gente que nos conoce: familiares, amigos, compañeras, nosotras mismas, dudamos de la pobreza de nuestro voto. No es pobreza. Por poner un ejemplo: si no fuera por mi pertenencia a la Sociedad, quizá nunca habría viajado a tantos países, no habría tenido acceso a muchos grupos sociales, no tendría la identidad corporativa que me da un status que por mi persona no alcanzaría. La vivencia de nuestro voto lo que expresa es justamente lo contrario: que no somos pobres, y como bien dice Mercedes Navarro, por el simple hecho de estar a nuestro alcance la opción de vivir pobremente, ya sólo por eso no somos; los pobres no tienen otra opción.
Pero en el fondo, sospecho que tampoco queremos ser pobres. Creemos que necesitamos de los bienes personales y corporativos que tenemos para realizar nuestro servicio apostólico. Necesitamos de los recursos materiales, sociales, de conocimiento, de poder que tenemos, para luchar contra la pobreza desde diferentes trincheras. ¿Porqué entonces seguimos afirmando que la pobreza es esencial a la vida consagrada?
Hay una dimensión muy positiva de la pobreza, que creo es por lo que no terminamos de renunciar al voto: un estilo de vida que no dependa de los bienes para alcanzar la felicidad. Existe una dimensión de fe aplicada a la relación con los bienes, con Dios y con las hermanas de congregación: confiar nuestra existencia no a los propios recursos, sino a la bondad de Dios que, de hecho, hemos experimentado ya a través de los pobres y de la congregación . No podemos renunciar a la libertad que nos da el no tener que vivir en función de conseguir bienes, para disponer todo nuestro ser en hacer creíble el proyecto de Dios al que Jesús llamó “Reino”, especialmente con las personas y en los lugares donde la vida está amenazada. ¿No es esto, entonces, lo que nuestro voto, llámese como se llame, tendría que expresar y generar?

BIENES, IDENTIDAD Y AFECTIVIDAD

Quienes optamos por apostar la vida en seguir a Jesús y su proyecto, no somos ángeles ni seres perfectos, por más que nos esforcemos y aunque a lo largo de la historia se haya definido así a la vida consagrada. Nada más lejos de la realidad. No hay nada que nos vacune contra la alienación que pueden generar las posesiones del yo extendido . Tampoco queremos permanecer mancas si están a nuestro alcance unas herramientas que sirvan para construir el Reino que también pasa por nuestras personas. Vivimos en contradicción; como dice J.Chittister, personalmente pobres pero en medios o centros ricos o para ricos.
Los bienes que tenemos forman una buena parte de nuestra identidad: la familia en la que nacimos con su nombre, su situación cultural, las relaciones sociales; la formación. Pero marca también nuestra identidad personal y corporativa la pertenencia a una orden, congregación o grupo religioso, para bien y para mal. Al ingresar, asumimos todo un bagaje cultural del que apenas somos concientes. Nuestra vida ya no depende sólo de nosotras, entra en juego la tensión entre la independencia e interdependencia, y ésta se da no sólo en relación a los bienes materiales y sociales, afecta a la comprensión de una misma, de su afectividad, su autoestima, su modo de relacionarse con los demás y su relación-comprensión de Dios.
A los bienes les asignamos también un valor afectivo : el chaleco que “robé” a mi padre cuando entré a la VR, la pulserita que me regaló mi amiga, el CD con la canción “más bonita del mundo” que escuchamos tanto durante la probación, el primer folleto que hice para las CEB... “donde está tu tesoro ahí está tu corazón” Lc 12,34. Nos apegamos a cosas, saberes, habilidades, servicios, personas, instituciones, de manera sana o como compensación. El que tengamos otros criterios para asignar valores, no nos exenta de buscar la felicidad en los bienes aunque social o económicamente no valgan. Es preciso hacer la experiencia de des-prendernos de bienes, personas, cargos, y de compartir información, poder, para sentir la alegría de dar, compartir o liberarnos; renunciar a privilegios por el privilegio mayor de la solidaridad. Igualmente deseable resulta la experiencia de la gratuidad, de recibir sin merecer, que nos ayude a creer en el generoso Dios de Jesús. ¿Cómo entonces relacionarnos con los bienes, para expresar que nuestra felicidad requiere pero no depende de ellos?

DIMENSIÓN COMUNITARIA DE LOS RECURSOS

Aunque mucho tiempo la riqueza fue vista como don de Dios, aunque podamos a veces bendecir a Dios por la riqueza, nos queda claro que es producto de la interacción humana, de condiciones y decisiones aprovechadas por personas y grupos concretos. Los bienes se generan de manera corporativa; los recursos, ideas y el trabajo de muchas personas interviene en los procesos de producción. También están condicionados por la aplicación u omisión de normas establecidas por una colectividad. Mas allá de las necesidades que satisfacen los nuevos productos, el juego de oferta-demanda, la publicidad y otros factores dan como resultado que unos pierdan y otros ganen; y que sean las leyes del mercado y no el derecho de cada persona a una vida digna, las que dicten que los bienes sean para quien esté dispuesto a pagar más por ellos.
Las necesidades tampoco son iguales, podemos afirmar que son también producto cultural: no necesita lo mismo una niña que un adulto, tampoco coinciden las necesidades de una persona del campo con las de un habitante de la ciudad; dependen también del lugar geográfico, del lugar social y del tipo de cultura . La autoconciencia, la madurez, la libertad y la relación con los pobres, pueden ayudar a cada persona a discernir lo que necesita o de lo que puede prescindir, suponiendo que todo estuviera al alcance.
Hay una parte importante de la satisfacción de necesidades que depende de la interacción del ser humano. Sólo si la bebé llora, la madre puede darse cuenta de que tiene hambre, frío o necesita compañía. Sólo mostrando nuestra debilidad, nuestras carencias, nuestras necesidades, pueden los otros contribuir a satisfacerlas; pero esta “exposición” lleva una fuerte dosis de confianza y de riesgo. Es más o menos fácil decir al otro lo que tengo, pero mucho más difícil resulta expresar aquello de lo que carezco. Este riesgo lo corremos todos, en diferentes niveles y ámbitos (económico, afectivo, moral, intelectual, físico, etc) y lo expresamos de manera diferente, dependiendo de la etapa de la vida en la que nos encontramos.
En la vida religiosa esta tensión entre el valor propio y la exposición, se vive e interpreta de maneras particulares. Intentamos poner en común los bienes, pero no tan clara ni libremente aprendemos a disponer de ellos o dejamos a otras hacerlo. Ex-ponemos nuestras necesidades con mayor o menor dificultad, dependiendo de cuáles sean y cómo las catalogamos , del grado de confianza en Dios, en la comunidad, en nosotras mismas o del momento. Conservamos algunos bienes y entregamos otros, impulsadas por diferentes motivaciones: por compasión, por cariño, por remordimiento, por agradar; en nombre de los pobres, de la justicia, de la eficacia, del amor o por impulso del Espíritu. Desde el Evangelio, quizá importen más la razón y la manera de disponer de los bienes, que los bienes en sí mismos.
Exponer nuestras carencias, solicitar lo que necesitamos, preguntar, cuestionar y exponernos al cuestionamiento de la comunidad por las formas y los motivos por los que disponemos o no de los bienes, pueden ayudar a integrarnos de verdad como comunidad, y ser una de las vías de acceso a lo que tanto demanda de la Iglesia la sociedad “secular”: recuperar el valor de la honestidad y de las relaciones fraternas.
Un aspecto del que hasta últimamente he caído en cuenta, es que incluso el conocimiento sobre los bienes provinciales –cantidad, inversiones, distribución-, me son desconocidos. Ni preguntamos, ni se nos informa. ¿Porqué? no es sólo cuestión de comunicación; la respuesta a este interrogante tiene mucho que ver con costumbres aprendidas, con descuidos, con responsabilidad personal y co-rresponsabilidad, con el grado de infantilismo o madurez con que vivimos la comunión de bienes. ¿Cómo podemos aprovechar los bienes y la relación interpersonal, para aprender a discernir el nivel de independencia o interdependencia con que queremos vivir a nivel personal, comunitario y congregacional?

EL EMPLEO DE LOS RECURSOS ¿GENERAR BIENES?

Joan Chittister, refiriéndose al empleo de los bienes en la vida religiosa , habla de la importancia de utilizar nuestros recursos para influir en los ricos a favor de los pobres, emplearlos para cuidar de los pobres y acogerlos; comprometer toda nuestra vida en una justa distribución de los bienes de la tierra; ver la vida desde la perspectiva de los pobres, para poder mirar con ojos críticos a tantas instituciones y normas que ya desde la manera en que fueron creadas excluyen . Poner todos nuestros recursos al servicio del proyecto de fraternidad de Dios.
No resulta extraño desde esta óptica, que la VR hable de compartir, poner al servicio, solidarizarse con los necesitados a través de los bienes materiales, de conocimientos, de influencia, de comunicación. Tener más de lo que necesitamos quiere decir negar a otros el acceso a esas propiedades. Cuando Judith, una laica compañera de clase expuso el ejemplo de las panaderías El Globo, (buena parte de sus ganancias las emplea creando fuentes de trabajo para gente marginal, las jubiladas), y preguntó porqué la vida religiosa, en vez de depositar en bancos, no arriesga sus recursos produciendo algo, me di cuenta que jamás se me había ocurrido imaginar a la Provincia como empresaria. Empecé a soñar con la posibilidad de disponer un fondo para producir materiales constructivos a bajo costo para familias de escasos recursos, o de crear una pequeña fábrica de medicinas naturales. ¿Porqué no generar bienes dando trabajo a quien lo necesita? ¿Porqué no ensayar diferentes estructuras productivas y de comercialización? No es nuevo que la VR elabore productos. Implementar un modelo fraterno de empresa, ¿no expresaría y fomentaría más el proyecto de Dios de dignidad para todos, que el voto de pobreza tal y como hoy lo estamos viviendo?

EL CONTEXTO EN EL QUE NOS UBICAMOS

Yo no sé si a todo el mundo le suceda, pero al menos a mí, lo que dinamiza mi corazón es lo que antes pasa por mis sentidos: lo que veo, escucho, palpo, saboreo. Las personas a las que conozco directamente, las calles o los campos por donde camino, las casas que visito, los olores, las palabras, los gestos, las miradas. El vivir entre personas pobres, en realidades marginadas, me ha hecho mucho bien. Los pobres me enseñan a ubicarme en el mundo de una manera más humilde y más creativa, también más referida a Dios, más festiva, más generosa y más agradecida. Comparto la pregunta sobre si estos valores desaparecerían si los pobres dejaran de serlo. Tampoco tengo respuesta, pero la experiencia propia y de mucha más gente, la del propio Jesús con la mayor parte de su vida inmerso en un pueblo pobre galileo, me dice que sólo ubicándonos en la realidad desde la óptica de los pobres, compartiendo al menos parte de nuestra vida con ellos, teniendo amigos y amigas necesitadas, podremos acercarnos a la sabiduría de los preferidos de Dios, a través de los que El nos enseña cómo hay que vivir y defender la vida.

JESÚS, LAS RIQUEZAS Y EL PLACER

La vida consagrada encuentra su razón de ser en el seguimiento de Jesús, no del asceta Juan Bautista. No hemos conocido suficientemente la manera en que Jesús de Nazareth se relacionó con los bienes, más bien, seguimos leyendo la frase de el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza ; como si no tuviera otra interpretación que algo así como “no tenía donde caerse muerto” o “no tenía nada”. Pero si Lucas pudo escribir que algunas mujeres le seguían... y le servían con sus bienes Lc 8,3; es porque de hecho hubo personas que financiaron su misión.
Es cierto que Jesús nos invita a confiar en la providencia del Padre que alimenta a las aves del cielo...viste a los lirios del campo Mt 6, 26-33, para dedicarnos totalmente a Su proyecto, pero eso no significa que debamos prescindir de alimento, vestido, casa, ¿libros, computadora, teléfono...?. Si Jesús fue acusado de “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores Mt 11,19, no fue precisamente porque tuviera un estilo de vida ascético, tampoco promovió el ayuno entre sus discípulos. Prometió a quien lo dejara todo por seguirlo, el “ciento por uno en hermanos, hermanas, casas, campos” Mt 19,29, junto con persecuciones. Invita a la misión itinerante llevando lo mínimo, pero contando con ser recibidos en casas y con “que el obrero merece su salario” Mt 10,10.
Al exponer el Reinado de Dios por medio de parábolas, mirando con ojos nuevos, descubrimos que Jesús nos invita a emplear los recursos propios y hasta ajenos para hacer amigos (parábola del administrador astuto Lc 16, 1-13), a derrochar los bienes en beneficio de los que sin tener nada, siguen firmes, esperando (los trabajadores de la hora undécima Mt 20, 1-16); a confiar los bienes a otros para compartir el poder y la responsabilidad con ellos (el amo que sería convertido en rey y reparte minas para confiar la administración de ciudades Lc 19, 12-17), a derrochar las propiedades que nos quedan haciendo una fiesta para todos, porque recuperamos a la persona amada (el padre misericordioso Lc 15, 11-32); a arriesgarnos invirtiendo nuestros talentos para producir bienes (los talentos Mt 25, 14-30).
Jesús disfrutó de las fiestas, participó en banquetes, durmió en la barca de los amigos, disfrutó de ser anfitrión, al amanecer, a la orilla del mar, con sencillos panes y pescados a las brasas. Se dejó acariciar y perfumar por mujeres que se convirtieron en sus amigas, pero su conducta incomodó a muchos y causó escándalo. Pero no escándalo estéril: para muchos, para muchas, su postura de hombre que sabe disfrutar de la vida, significó la recuperación de su dignidad y la oportunidad de reincorporarse a la sociedad. ¿Podrá nuestra relación con ricos y pobres, con personas mal vistas, haciendo uso de los bienes de la vida, engendrar felicidad y dignidad para quienes se les han negado?

UN CAMINO DE DESPOSESIÓN

Jesús empleó su experiencia de Dios, su sabiduría de la vida, su capacidad de hacer rupturas, sus relaciones, su cuerpo, su tiempo y sus sueños, su afectividad-sexualidad, su mirada crítica, su poder, todo su ser, al servicio del proyecto de su Padre. Pasó desapercibido mucho tiempo y comenzó poco a poco su misión. Su manera de vivir le ganó la aclamación y el poder sobre multitudes, y la posibilidad de tener acceso a círculos de élite. Pero las consecuencias de una vida a contra corriente le condujeron por un camino de despojo, de conflicto, persecución, soledad y muerte, tanto que le convirtió en “uno más de los destinatarios del Reino ”. ¿No tendrá nuestra decisión de seguirLo, llevando adelante su proyecto, la capacidad de conducirnos por un camino similar, que nos lleve a ser una más entre los titulares del Reino?

PARA TERMINAR SIN ACABAR...

Vivir coherentemente el voto llamado de pobreza es complicado, como hemos visto. Hay que empezar aceptando nuestra pobreza, nuestra incapacidad para hacerlo si no viene El en ayuda de nuestra debilidad. La única razón para arriesgarnos en esta empresa es la pasión por Jesús, el haber sido alcanzadas por su Amor y el impulso por descubrirlo y manifestarlo vivo, en medio de un mundo herido por el pecado , en el mundo de los pobres, los olvidados, los rechazados, los perseguidos.
Estoy convencida de que no es pobreza lo que queremos vivir, creo que es justicia: vivir con lo justo, ser justas, comprometer nuestra vida en la creación de una sociedad equitativa y justa, que viva los valores del Evangelio ; expresar con nuestra vida que Dios todavía está empeñado en que el mundo, y cada ser en él, tenga vida en abundancia.
No podremos hacerlo solas, necesitamos de la ayuda de Dios a través de los demás: de los pobres, los laicos, de la Iglesia, de la comunidad, de las amigas y amigos compañeros de camino. Necesitamos arriesgarnos a ser verdaderas, a confesar ante nosotras mismas de lo que no podemos prescindir, a pedir la ayuda que necesitemos de quien lo necesitemos, a confrontar y ser confrontadas. Arriesgarnos a recibir inmerecidamente la generosidad de Dios, pero también a entregar aún lo necesario, para vivir la misma alegría de Jesús que se vació de sí porque amó hasta el extremo.
Vivir el voto de ¿justicia?, será vivir atentas al viento del Espíritu que sopla dónde y como quiere. Cada una tenemos que buscar en qué contexto vivir, con que personas compartir la vida, a través de cuales servicios, produciendo o entregando cuales bienes, al servicio de quienes, asumiendo qué riesgos, careciendo de qué; para que nuestra manera de vivir vuelva a expresar la alegría de haberlo vendido todo porque encontramos un Tesoro; que hemos arriesgado todo nuestro ser, como tantos otros, en la búsqueda del Reinado de Dios, confiada la existencia en el maternal corazón de Abbá.
¿Será justicia?

Ana Morales Pruneda rscj
México, D.F. Diciembre, 2003

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