Relatos desde la mesa compartida: En los márgenes del camino
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| Peru |
Introducción
1. Como pan que se parte
2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte
10. En los márgenes del camino
Hace ya muchos años que no sé lo que es dormir bajo techo. Una racha de malas cosechas arruinó a mi familia, y yo me vine solo a Jerusalén, siendo aún joven, atraído por el lujo de la ciudad y esperando encontrar algún trabajo para sobrevivir. Las cosas me fueron mal también aquí, y ahora vivo pidiendo limosna y haciendo, de vez en cuando, algún trabajo duro y mal pagado. A pesar de ello no he perdido la fe en Dios, y hasta solía acudir el sábado a la sinagoga, asistiendo al culto desde un rincón, hasta que un día escuché estas palabras de un salmo:
"El Señor alza de la basura al pobre,
levanta del polvo al humilde
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo..."(Sal 113,7-8)
Ese día sonreí con amargo escepticismo, porque no es ése el Dios que yo conozco: a mí me deja seguir hundido en el estiércol de la pobreza, y creo que es así como voy a morir; por eso no he vuelto a pisar la sinagoga ni el templo, ni creo que haya nadie capaz de hacerme retornar a ellos.
Una tarde, oí revuelo en la Puerta Hermosa: había llegado a Jerusalén el rabí de Galilea que estaba dando tanto que hablar. Lleno de curiosidad, me mezclé con la multitud para ver cómo era y qué decía, y me senté entre los que escuchaban la historia que estaba contando: - "Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso celebrar un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus servidores a convidar a los invitados..."
(Como siempre, pensé yo. Otro que nos va a repetir la misma cantinela de que Dios premia ya en esta vida a los buenos colmándolos de agasajos y riquezas y deja en la cuneta a los pobres diablos como yo, llenos de pecados y miserias.)
Pero el cuento que él contaba empezó a interesarme cuando oí que la gente importante que había sido invitada (fariseos, escribas, sacerdotes y gente de dinero sin duda), se negaban a participar en el banquete y ponían pretextos para acudir. Y el anfitrión se encontró con la cena preparada y el comedor vacío. (¿Qué hará ahora el rey?, me pregunté. Seguramente aplazará el convite mientras convence a los invitados para que asistan. Suspiré con envidia y de nuevo me asaltó la rebeldía: ¿por qué mientras a unos les sobraba, otros pasábamos hambre? ¿Por qué más fiestas y banquetes para los que ya estaban saciados?...)
Un final sorprendente
Volví a prestar atención a la historia, y me quedé sorprendido ante el desenlace: el rey decidió sustituir a los convidados ausentes por los desconocidos de la calle, y envió a sus servidores a las plazas y calles de la ciudad para que trajeran al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos. Salieron los siervos a las encrucijadas de los caminos y veredas, reunieron a cuantos encontraron y la sala quedó llena de convidados. Y comenzó la mejor fiesta que el dueño hubiera podido soñar. (Cf. Mt 22,2-10; Lc 14,15-24)
En un sector de la multitud hubo un rumor de protesta, y muchos se levantaron del corro y se fueron indignados: eran fariseos que siempre proclamaban convencidos que eran ellos los primeros invitados al banquete del Reino, y que los demás no tendríamos derecho ni a las migas que cayeran de la mesa. Estaban indignados de que los invitados definitivos fueran gente de las encrucijadas de los caminos, y no les faltaba razón porque, de todos es sabido, el tipo de gente que deambulamos por esos lugares... Oí a uno decir: - "A este hombre habría que denunciarle y pararle los pies: su doctrina es peligrosa y contradice claramente lo que sabemos por la Ley..."
Sentados en torno al rey
Sólo nos quedamos con él un pequeño grupo, entre los que reconocí a los que pedían limosna conmigo, a algún ladronzuelo del mercado, y a los que cada noche se arrimaban como yo a la muralla, buscando protección del relente de la noche. Quizá se habían sentido también aludidos por la parábola, y estaban tan sorprendidos como yo al saberse destinatarios, al menos imaginarios, del banquete de un rey.
Jesús siguió hablando, ahora más relajado porque sólo le rodeábamos hombres y mujeres sin importancia, gente de los caminos, sin más posesiones que la túnica vieja y el par de sandalias que llevábamos puestas, y quizá con sólo un mendrugo de pan en la alforja.
A medida que le escuchaba, algo iba cambiando dentro de mí, como si aquellas palabras me enderezaran y tuvieran el poder de devolverme mi dignidad. Todo lo que yo creía que era valioso y que daba categoría e importancia a un hombre: el dinero, la fama, el poder, la ciencia..., aparecía de pronto hueco y sin brillo, y Jesús nos lo hacía ver con la misma facilidad con que hasta el más ignorante sabe descubrir si una calabaza está vacía o un árbol sin savia.
"Dios no le da importancia a nada de eso", decía, -"es el corazón lo que cuenta para él, y la verdadera dicha está en que vuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos. Porque el Padre se revela a los que son humildes, los sienta a su mesa y les confía sus secretos..."
Y yo me iba sintiendo libre, humano, digno, como el hombre abatido del salmo, alzado de la basura e invitado a sentarse entre príncipes.
Había anochecido y los hombres y mujeres que acompañaban a Jesús trajeron panes y aceitunas, y los repartieron entre todos. También nosotros sacamos las provisiones que llevábamos en nuestros zurrones y lo compartimos todo.
Era un extraño festín con unos extraños invitados. Pero aquel anochecer al raso, mientras salían las primeras estrellas, los que rodeábamos a Jesús nos sabíamos huéspedes de un rey.
Un rey sentado entre nosotros, que llevaba unas sandalias tan polvorientas como las nuestras, dormía también a la intemperie y, cuando hablaba, tenía el acento inconfundible de los campesinos de Galilea.
Tiempo para la palabra
“¡Atención, sedientos!
Acudid por agua,
también los que no tenéis dinero;
venid, comprad trigo, comed sin pagar
vino y leche de balde.
¿Por qué gastáis dinero
en lo que no alimenta,
y el salario en lo que no da hartura?
Escuchadme atentos y comeréis bien,
saborearéis platos sustanciosos.
Prestad oído, venid a mí,
escuchadme y viviréis.” (Is 55,1-3)
“Venid a mí los que me amáis
y saciaos de mis frutos;
mi nombre es más dulce que la miel
y mi herencia mejor que los panales.
El que me come tendrá más hambre,
el que me bebe tendrá más sed.” (Eclo 24,18-21)
“Os aseguro que vendrán muchos de oriente y de occidente a sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de Dios “(Mt 8,11)
“Yo preparo a favor vuestro, como dispuso a mi favor mi Padre, un reino para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino” (Lc 22,29-30)
Tiempo para otras palabras
“Hijo mío, Jacob, recuerda mis palabras y guarda los mandamientos de tu padre Abraham. Apártate de los gentiles, no comas con ellos..., pues sus acciones son impuras y todos sus caminos inmundicia, abominación y horror” (Libro de los Jubileos, 22,16)“Estos son los hombres famosos, los convocados a la asamblea. Que ningún hombre contaminado por alguna de las impurezas humanas entre en la asamblea. Y todo el que esté contaminado en su carne, paralizado en sus pies o en sus manos, cojo, ciego, sordo, mudo o contaminado en su carne con una mancha visible a los ojos (...), estos no podrán ocupar su puesto en medio de la congregación de los hombres famosos”(Texto de Qumran)
Habitantes de los márgenes. “En la ciudad preindustrial, el centro estaba ocupado por los palacios, el templo y los lugares de residencia de la elite que suponía una pequeña parte de la población. Diversos grupos, diferenciados en función de su etnia o de su ocupación, tenían sus propios barrios, netamente separados a veces incluso amurallados. A medida que se acercaban a la muralla externa, normalmente las calles y casas eran mucho más modestas. Había gentes que durante el día podían entrar en la ciudad, pero que por la noche debían abandonarla y permanecían en torno a las murallas. Se trataba de gentes que desempeñaban oficios o profesiones de escaso prestigio, cuando no de mala reputación (...).
En Lucas se llama a los pobres, lisiados, a los ciegos y cojos, es decir, a los pobres e impuros, y la llamada se realiza en los barrios de la ciudad donde vive la gente pobre, donde se cruzan las callejuelas, normalmente estrechísimas y llenas de lodo y piedras, que llevan a las partes periféricas de la ciudad. La invitación se dirige a los que no pertenecen a la elite urbana. Y se les invita a entrar justamente en el momento en que lo tienen más prohibido (de noche), y en la zona reservada a la elite, pero no para realizar sus trabajos serviles, sino como invitados a una cena.
Pero la cosa no acaba ahí: los siervos tienen que volver a salir y esta vez para pregonar la invitación en los caminos y cercas, es decir, en el ámbito próximo a la muralla, donde pernoctaban forasteros y personas dedicadas a trabajos de mala reputación, que durante la noche tenían prohibida su permanencia en la ciudad. Jamás se hubieran atrevido a entrar en la ciudad una vez cerrada la puerta por la noche y menos aún introducirse en el barrio residencial de la elite. (...)
La comunidad cristiana no es cerrada y excluyente, sino abierta e inclusiva. En ella y en torno a la mesa, se congregan gentes de procedencias sociales muy diversas y esto crea dificultades muy serias para los ricos y los socialmente honorables. Participar en la comunidad cristiana implica romper con los valores establecidos , pertenecer a ella no contribuía a incrementar el prestigio y el honor, sino todo lo contrario.” (R.Aguirre) 1
Tiempo para orar
Dedica un tiempo de oración a contemplar algún encuentro de Jesús con alguna de las personas o grupos que estaban en los márgenes de la sociedad de su tiempo: los no judíos (extranjeros, cananeos, samaritanos, romanos..) por no pertenecer a Israel, el pueblo elegido; los enfermos, porque la enfermedad se consideraba efecto del pecado; los que no conocían ni cumplían los 613 mandamientos de la Ley, porque eran vistos como pecadores, en especial los publicanos; las mujeres y los niños, porque el modelo era ser varón y adulto. Mírale curando enfermos e imponiéndoles las manos; entrando en relación con extranjeros (la cananea, la samaritana, el centurión...); sentado a la mesa de Leví o de Zaqueo; llevando mujeres en su seguimiento y reconociendo en ellas su plena dignidad...Mira después en dirección a los márgenes de nuestro mundo y pregunta a Jesús cómo puedes ser presencia suya ahí, cómo puedes poner todo lo que eres y tienes al servicio de la gente que hoy vive en condiciones de sufrimiento y pobreza.
Tiempo para compartir y celebrar la fe
Con niños.Con una cuerda de saltar se puede hacer un círculo, unos están dentro y otros fuera. Se reparten papeles en los que pone: "soy rico", "soy blanco", "como todos los días varias veces", "voy a la escuela", "tengo casa"; o : "soy emigrante africano", "no tengo casa", "no puedo ir a la escuela", "vivo en la calle", "soy un parado", "tengo sida", "soy de raza gitana"...etc. Cada uno, al coger el papel, se coloca dentro o fuera del círculo y estando ahí se cuenta la parábola del banquete y se dialoga sobre el proyecto de Dios de una mesa para todos y que incluya a todos los que están en los márgenes.
Esta misma actividad se puede adaptar también a adultos o jóvenes.
Provincia de España Sur
- La mesa compartida. Estudios del NT desde las ciencias sociales, Santander 1994, pp. 84-87)

