Relatos desde la mesa compartida: Un festín en el desierto
|
|
|
Egipto, Cecilia van Zon rscj espacio creativo - Creative Space - espace de la création |
Introducción
1. Como pan que se parte
2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte
8. Un festín en el desierto
Nací en Betsaida hace catorce años y desde pequeño me acostumbré a ver a mi madre enferma. Alguien me contó que había llevado mal el tiempo del embarazo, que tuvo un parto difícil cuando yo nací, y que desde entonces no había conseguido levantar cabeza. La muerte de mi padre la puso aún peor y por eso, cuando oí a nuestro vecino Andrés hablar de Jesús y escuché el testimonio de gente curada por él, decidí buscarle aunque fuera en el último rincón de la tierra, hasta conseguir que sanara a mi madre.
Desde Cafarnaúm me llegó el rumor de que andaba por allí y no lo dudé ni un momento: avisé a una vecina que se hiciera cargo de mi madre, y, como sospechaba que iba a pasar varios días fuera, eché en un hatillo cinco panes de cebada y un par de peces que yo mismo había pescado y secado junto al lago. Encontré pronto un reguero de gente que también le buscaba, y me uní a ellos mientras bordeábamos Tiberíades, hasta llegar a la orilla casi desértica donde acababa de llegar con los suyos. Éramos una muchedumbre enorme, y empecé a desalentarme al pensar que iba a serme imposible acceder al hombre del que quería arrancar el milagro.
Estaba cayendo la tarde, y la gente empezó a estar inquieta. Muchos habían salido de sus casas sin provisiones, estábamos en despoblado y ya no había tiempo de volverse antes de que se les echara encima la noche. Me alegré de haber sido previsor y acaricié mi zurrón una comida que, en medio de aquel desierto, valía más que el oro.
Traté de acercarme al círculo más cercano a Jesús para ver si, el conocer a Andrés, me facilitaba el acceso a él y conseguía arrebatarle la sanación que andaba buscando. Al aproximarme, me di cuenta de que había elegido el peor momento: sus discípulos daban muestras de mucha inquietud y hablaban entre ellos en corrillos. Encontré a Andrés, pero apenas dio muestras de interés por mí: estaba hablando con otro y le decía en tono impaciente: -"Te aseguro que este Jesús es imprevisible. Imagínate lo que se le ocurre decir ahora: ¡que demos de comer a toda esta gente! -¿Qué es lo que piensa?, dijo el otro, - ¿Que vamos a sacar de debajo de las piedras de este desierto, los doscientos denarios que harían falta para repartir pan a esta multitud?
Cuando se comparte lo que se tiene
Me asaltó, como un relámpago, la intuición de que mis reservas de alimento podían ser mi mejor baza para alcanzar mis propósitos, así que susurré por lo bajo a Andrés, mientras ponía mi zurrón en sus manos: - Ten, ahí van cinco panes y dos peces. Dile a tu maestro que se los doy para que, al menos, podáis comer él y vosotros. A Andrés se le iluminó el rostro y, sin decirme nada, me agarró por el brazo y se abrió camino hasta el sitio donde estaba Jesús. Cuando lo vi de cerca, tuve la sensación de que era el único tranquilo en medio de tanto nerviosismo. Estaba en medio de un grupo de niños contándoles una historia que les hacía reír, y también él sonrió cuando vio que Andrés vaciaba mi zurrón delante de él diciendo atropelladamente: - Este muchacho tiene cinco panes y dos peces, así que, al menos podremos comer nosotros; pero me temo que la gente que se ha empeñado en venirse hasta aquí, va a tener que ayunar por hoy. Y no es que yo no quiera repartirlo, pero tú me dirás qué es esto para todo este gentío..."
Y cuando yo ya me veía sentado junto a Jesús en el corrillo de sus amigos, comiendo con ellos y escuchándoles felicitarme por mi sensatez previsora, (un marco excelente para que hacer yo enseguida mi petición), vi que Jesús se ponía en pie con mis panes y peces en sus manos, se acercaba a un grupo de discípulos, se los daba y les decía que se los repartieran a la gente que esperaba sentada y resignada.
No me preguntéis lo que ocurrió a partir de ese momento porque jamás conseguiré explicármelo: sólo he entendido algo más tarde, cuando después de unos años, me junté al grupo de los que celebran a Jesús como el Viviente y, en la fracción del Pan de cada domingo, releemos juntos las antiguas tradiciones sobre el don del maná en el desierto y volvemos a escuchar: "Este es el pan que el Señor os da de comer..."(Ex 16,16.19) "A tu pueblo lo alimentaste con pan de ángeles (...)para que aprendan tus hijos queridos que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti..."(Sab 16,20.26).
Recordamos también lo que dicen que decía Jesús: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo, quien me come vivirá por mí...El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne..."(Jn 6,50.57) Y cómo se conmovía ante la miseria del pueblo que andaba maltrecho y derrengado, como ovejas sin pastor. Y experimentamos entonces lo que significan palabras como "compartir", "saciarse", "vida en abundancia", "banquete fraterno", "hacer lo que él hizo en recuerdo suyo..."
Algunos os estaréis preguntando qué ocurrió con mi madre: Jesús no hizo con ella ningún milagro y murió poco después. Pero yo ya no voy por la vida calculando, guardando y previniendo sino aprendiendo a compartir, a entregar y a ofrecer, como le vi hacer a él.
Y eso se ha convertido, para mí y para muchos, en el más asombroso de los milagros.
Tiempo para la palabra
Moisés y Aarón dijeron a los israelitas: - Esta tarde sabréis que es el Señor quien os ha sacado de Egipto, y mañana veréis la gloria del Señor"(...) Por la tarde, una bandada de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas preguntaron: - ¿Qué es esto?, pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: - Es el pan que el Señor os da para comer. Estas son las órdenes del Señor: que cada uno recoja lo que pueda comer, dos litros por cabeza para todas las personas que vivan en cada tienda. Así lo hicieron los israelitas: unos recogieron más, otros menos. Y al medirlo en el celemín, no sobraba al que había recogido más, ni faltaba al que había recogido menos: había recogido cada uno lo que podía comer.” (Ex 16)
Tiempo para otras palabras
“El cántaro de harina no se vació, ni la aceitera se agotó, como lo había dicho el Señor por Elías” (1Re 17,16)
Los opresores echan sus redes
en pantallas, contratos y razones,
y devoran los bienes del pueblo.
¿Cómo viven los pobres del barrio
con los restos de cosechas y mercados,
con escasas medicinas caducadas?
Un pobre comparte su pan
con el vecino que llegó a la puerta.
Prefiere no comer su bocado solo.
Luego se echa en la tierra desnuda
y hay en su gesto un aire de muerte.
Pero otro llega con su ración escasa,
se sienta a su lado y la reparte
en este suelo de Emáus inesperado.
La harina no se acaba en el saco
y el aceite no se agota en el jarro
porque siempre aparece un pobre que comparte.
Así no falta tu pan de cada día
ni cesa de fluir tu bondad
en el corazón del barrio marginado.
Aquí te llamas Solidaridad
y llegas en latas con tizne de fogón.
(B. González Buelta)1
Contar con Jesús
“Jesús sorprende a sus discípulos con la orden de que sean ellos quienes se ocupen de dar de comer a la muchedumbre; nada habían hecho por llegar a esa situación, fuera de advertirla, y tenían que responsabilizarse de encontrar una salida. Su pregunta deja ver la imposibilidad de la tarea encomendada la incapacidad para imaginarse el propósito de Jesús: mientras ellos piensan en lo mucho que les falta, Jesús está ya contando con lo poco que tienen. Así pretende el relator preparar al lector para que aprecie la magnitud del milagro y, al mismo tiempo, insistir de nuevo en la incomprensión de los discípulos que seguían sin contar con Jesús, por más que lo hubieran ya experimentado. Para ellos, sólo contaban sus carencias, no el tener a Jesús a su lado.” (J.J. Bartolome)Tiempo para orar
Adéntrate en la escena del signo de los panes (el evangelio no habla de “multiplicación”), desde la perspectiva de los discípulos. Como ellos, tú vas acompañando a Jesús y vives también su agobio al ver a tanta gente que no tiene qué comer; el mismo que hoy produce un mundo donde millones de seres humanos están privados del derecho a la vida y despojados injustamente de unos bienes que son de todos. Lo mismo que los discípulos, puedes tener la dificultad de no entrar en la lógica de Jesús y , como ellos, puedes hablar de “despedir a la gente”, como si fuera un problema ajeno a ellos; o de querer solucionarlo todo en términos económicos , comprando pan. Lo mismo que ellos, estás invitado a escuchar a Jesús que no habla de despedir o de comprar sino de compartir.
Ábrete a esa manera alternativa que tiene Jesús de enfrentarse con las carencias, y que es la que tenemos que aprender en la comunidad cristiana. Pídele que te la enseñe, y discurre algún paso concreto, aunque sea pequeño, que puedes a dar en esa dirección.
Tiempo para compartir y celebrar la fe
Con niños
Escribir en la pizarra las letras G R A y pedirles que las completen por delante y por detrás con otras letras o sílabas: (a-gra-decer, gra-cias, gra-tis, gra-tuito, a-gra-decimiento...). Hacer pegatinas en que aparezca alguna de esas palabras y evocar o representar con mimo situaciones, momentos, personas, gestos que vayan marcados por el signo de lo gratuito y, al final, leer el relato Un festín en el desierto.. Comentarlo, dibujar los panes y peces en un mural, e ir poniendo las pegatinas en torno al dibujo, terminando con una oración en la que pedimos a Jesús que nos enseñe a compartir gratuitamente y le damos gracias por los regalos que nos hace.
Con jóvenes o adultos
Comentar este texto:
“Jesús mandó vivir como él, hacer lo que él, ser fiel al designio de Dios como él. Así fue todo su cuerpo, su realidad de hombre en la historia, un cuerpo entregado, y toda su sangre, la misma realidad de su ser desde la raíz de su principio vital, un proyecto de vida derramada por amor. Esta es la vida de Jesús, esto celebra la Cena de despedida, así nace la vida eucarística de sus seguidores y así celebra la comunidad lo mismo que Jesús. Cuando se hace lo que él, porque se vive lo mismo que El, la misma realidad de Jesús está presente entre los suyos: “Donde dos o tres se reúnen porque se aman, como yo les he amado, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Los que participan y viven del único pan, forman un solo cuerpo cuya cabeza o principio vital es Jesús (1Cor 12, 12ss)”. ( J. Burgaleta) 2
Provincia de España Sur
- La transparencia del barro. Salmos en el camino del pobre, Santander 1989, p.4413 Marcos. Un manual de formación para el seguimiento, Madrid 1993, pp.75-76
- Tomad, comed y vivid en el amor, Cuadernos Alandar 1,p.14


Estimadas religiosas
Hemos estado siguiendo cada uno de los relatos de la mesa compartida, pero por alguna extraña razon desde el nº8 en adelante no se pueden leer completos, no se si es por falla de la página o de nuestro computador. ¿Me podrían ayudar?
Escribo desde el colegio del sagrado Corazób de Concepción, Chile.