Relatos desde la mesa compartida: En torno al cordero pascual Convertir en PDF Version imprimable Suggérer par mail
05-04-06
en torno al cordero pascual
Georgie Blaeser rscj
Aproximación bíblica y catequética a la eucaristía
Introducción
1. Como pan que se parte

2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte


7. En torno al cordero pascual

“¿Por qué esta noche no es igual a las demás noches?...”

En todas las familias judías, era el más pequeño de la casa el que hacía esta pregunta antes de comenzar la cena de Pascua. Yo esperaba todo el año con impaciencia que llegara aquel día fascinante, el más importante de nuestro pueblo, en el que cada familia reunida celebraba con solemnidad la memoria de la salida de nuestros padres de la esclavitud de Egipto.

Unos días antes, mi padre solía llevarme con él al mercado para comprar el cordero: tenía que ser macho, de un año y sin ningún defecto, y cuando lo escogíamos y lo traíamos a casa, yo me encargaba de darle de comer hasta que llegaba el día de sacrificarlo. Entonces comenzaban mis súplicas y mis protestas, porque me había encariñado con él y no quería que lo mataran; por eso me marchaba a jugar lejos de casa, o me tapaba los oídos para no oír sus balidos.

De todas maneras, cuando llegaba el momento de la cena pascual, yo me olvidaba de mis protestas y de mis lágrimas, porque aquel cordero que mi madre había preparado con hierbas aromáticas y lechugas amargas, nos convocaba a todos en torno a una mesa en la que todo era fiesta y alegría. Después de las oraciones, los salmos, las bendiciones y el circular solemne de la copa, empezaba el banquete, comíamos hasta saciarnos entre risas, chistes y, finalmente, canciones y adivinanzas destinadas a los niños.

Cuando empecé a asistir a la sinagoga, me impresionó mucho escuchar un lectura, tomada del rollo del profeta Isaías, en la que se hablaba de un servidor misterioso del Señor  que "era llevado al matadero como un cordero y enmudecía mientras lo trasquilaban" (Is 53,7) Y también otra del profeta Jeremías, quejándose de ser como un cordero manso camino del sacrificio (Jer 11,1).

Siendo aún muy joven, conocí en el Jordán al profeta Juan, y me sentí seducido por la fuerza de sus palabras y por la pasión con que anunciaba la llegada inminente del Mesías y la urgencia de convertirse y hacer penitencia. Me sumé a sus discípulos, y viví con ellos en las cuevas próximas al Jordán, ayunando y recibiendo a los que venían a bautizarse.

“Ahí va el cordero de Dios”

Un día en que yo había subido a Jerusalén, me dijeron que había venido a bautizarse desde Galilea un tal Jesús, pariente de Juan, y que éste estaba conmocionado por el encuentro. Al día siguiente, estando yo junto a Juan, hijo de Zebedeo, que era también discípulo del Bautista, vimos que nuestro maestro se ponía en pie, mirando hacia el camino que pasaba junto al río y decía dirigiéndose a nosotros y señalando con el dedo a alguien que se alejaba: "Ahí va el cordero de Dios..." Era tan desacostumbrado en él aquel tono de honda conmoción, que Juan y yo nos levantamos llenos de curiosidad para ver el aspecto de aquel hombre que tanto impresionaba a nuestro maestro. Y como ya se alejaba, y a paso rápido, miramos a Juan y vimos en sus ojos que aprobaba nuestra decisión de irnos detrás de él para conocerle.

Nos pusimos en camino creyendo que no se daría cuenta de que le seguíamos pero, de pronto, se volvió y nos miró de frente. También nosotros nos detuvimos con timidez, como sorprendidos en falta. –“¿A quién buscáis?", nos preguntó. No supimos contestarle, y yo traté de desviar la pregunta: "Maestro ¿dónde vives tú?" ,-"Venid conmigo y lo veréis".  Nos fuimos con él, y nos condujo a su casa, de una sencillez extrema. El mismo nos preparó la cena y, sentados los tres alrededor de la mesa, nos pusimos a hablar.

Y a lo largo de aquella larga sobremesa, viví la sensación de que el hombre al que habíamos seguido, poseía una extraña fuerza de atracción capaz de apiñarnos en torno a él, como lo hacíamos en torno al cordero que nos congregaba cada noche de Pascua.

Tiempo para la palabra

“En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y Aarón en Egipto:
- Este mes será para vosotros el principal, será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: El diez de este mes, cada uno procurará una res para su familia, una por casa. Si la familia es demasiado pequeña para terminarla, que se junte con el vecino de casa; según el número de comensales y lo que coma cada uno, se repartirá la res. Será un animal sin defecto, macho, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y entonces toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Con algo de la sangre, rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne asada al fuego, acompañada de pan sin fermentar y verduras amargas. (...)Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua del Señor.”
(Ex 12,1-11)

 “Maltratado, aguantaba,
no abría la boca;
como cordero llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
no abría la boca. (...)
Entregó su vida hasta la muerte
y fue contado entre los pecadores,
cargó con el pecado de todos
e intercedió por los pecadores.”
(Is 53, 7.12)

“Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos. Viendo pasar a Jesús, dice: - Ahí está el cordero de Dios. Se lo oyeron decir los discípulos y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían dice:- ¿Qué buscáis? Respondieron: - Rabí (que significa maestro), ¿dónde vives? Les dice: - Venid y ved. Fueron, pues, vieron dónde residía y se quedaron con él aquel día. Eran las cuatro de la tarde.”(Jn 1,35-40)

“Llegó el día de los ácimos en que había que sacrificar el cordero pascual. Entonces envió a Pedro y a Juan diciéndoles: Id a prepararnos la cena de pascual...”
¡Lc 22,8.13)

“Ha vencido el León de la tribu de Judá, el Retoño de David: el puede abrir el rollo de los siete sellos. Entre el trono y los cuatro vivientes, vi que estaba un Cordero herido de muerte (...), y los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero. Y cantaban un cántico nuevo: - Eres digno de recibir el rollo y soltar sus sellos porque fuiste herido de muerte y con tu sangre adquiriste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación e hiciste de ellos el reino de nuestro Dios y sus sacerdotes. Me fijé y escuché la voz de muchos ángeles que estaban alrededor del trono, de los vivientes y los ancianos: eran miles de miles, miriadas de miriadas, y decían con voz potente: - Digno es el Cordero que fue herido de muerte de recibir el poder, la riqueza, el saber, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Y escuché a todas las criaturas, cuanto hay en el cielo y en la tierra, bajo tierra y en el mar, que decían: - Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza y el honor y la gloria y el poder por los siglos de los siglos.” (Ap 5,5.9-14)

Tiempo para otras palabras

Para la tradición judía, la noche de Pascua concentra todas las noches de la historia iluminadas por la fuerza liberadora de YHWH:
La primera noche, cuando YHWH se manifestó en el mundo para crearlo. La segunda noche, cuando YHWH se apareció a Abraham que tenía cien años. La tercera noche , cuando YHWH se apareció a los egipcios en medio de la nube (...) y protegió a los hijos de Israel. La cuarta noche, cuando el mundo llegue a su fin para ser disuelto: los yugos de hierro serán quebrados, las generaciones perversas serán anonadadas, Moisés subirá en medio del desierto,  el rey Mesías vendrá al frente del rebaño y su palabra marchará entre ellos y yo y ellos marcharemos juntos.

Esta es la noche de pascua para el nombre de YHWH, noche reservada y fijada para la liberación de todo Israel a lo largo de generaciones.” (Targum del Pentateuco)

“En todas las generaciones, cada uno de nosotros tiene el deber de considerarse como si él mismo hubiera salido de Egipto, según está escrito: “Ese día dirás a tu hijo: Esto es por lo que el Señor hizo en mi favor cuando salí de Egipto”(Ex 13,8). No fue solamente a nuestros antepasados a los que el Señor rescató, sino que también a nosotros nos rescató con ellos” (Liturgia judía de la cena pascual).

Tiempo para orar

El relato de la vocación de los dos primeros discípulos en el evangelio de Juan, señala dos detalle preciosos sobre el dónde  y el cuándo  de su experiencia de encuentro con Jesús. Dedica un tiempo a hacer memoria de tu propia “geografía y calendario de gracia”, de los lugares y momentos en los que has tenido algún encuentro con el Señor. Vuelve mentalmente a alguno de ellos y haz, desde ahí,  un rato de oración, reviviendo la gracia que allí te alcanzó.Puedes también poner nombres evangélicos a tus experiencias de gracia: ¿cuál es tu Belén, Nazaret, Galilea, Tiberiades, Jerusalén, Getsemaní, Calvario...? ¿Cuál es tu momento de “cuatro de la tarde”?

Tiempo para compartir y celebrar la fe

Con adultos.
Cada uno puede exponer lo que significa para él ese extraño título de Jesús: “Cordero de Dios”, y expresar su atracción o su  resistencia ante ese lenguaje. Como el tema sacrificial se presta a interpretaciones equivocadas, se puede leer o repartir uno de estos  textos y profundizarlo entre todos:

De la ruptura al encuentro.
  “El primer “enfermo de fraternidad”, el ser más comprometido en la transformación de las relaciones humanas, el más constante y exclusivamente consagrado a “hacer comunión” es Cristo Jesús. No podemos decir que tenemos sus mismos sentimientos mientras no participemos en su fiebre de comunión. Esta pasión por la comunión, esta fiebre eucarística cuesta cara: supone una derrota permanente del propio egoísmo y un difícil avanzar contra corriente. El sacrificio de Cristo es el paso del mundo de la desunión al de la comunión, de la ruptura al encuentro, de una relación deteriorada a una relación renovada.

Una cierta teología del sacrificio ha ensombrecido toda la belleza, la positividad y la universalidad de la Eucaristía. Nuestro auténtico y único drama es nuestra incapacidad de relación, de “hacernos uno”. El último deseo de Jesús es una demanda dolorosa e insistente de que la pluralidad se convierta en unidad. Aquí está todo el sentido de su misión: Jesús ha venido a hacer comunión, única y exclusivamente”. (A. PAOLI)

¿Sacrificio o comunión? “Las categorías de holocausto y sacrificio no son las que explican mejor la Eucaristía. En Ex 24 aparecen las nociones de alianza, sangre y sacrificio, pero se trata de un banquete que es sacrificio de comunión. A éste nos remite la cena. Lo que importa es saber si el acto esencial del sacrificio es la inmolación o si es el banquete mismo, signo de la vida del grupo, vivificado por la fuerza de donde procede la vida.
 El concepto de sacrificio no es el de inmolación de víctimas, sino de ofrenda personal,  por la que se consagra toda la existencia y se hace de ella una donación amorosa a Dios y a los hombres. En esta concepción, el oferente y la víctima se identifican, y lo que se subraya no es el  dolor y la muerte, sino la donación y la vida incondicionalmente entregada.  No se trata de un rito sino de la vida; no de víctima, sino de ofrenda de todo el ser; no de momentos, sino de toda la existencia. Se trata de responder con el mismo amor con que Dios nos ha amado, comprometiéndonos con el mismo proyecto de salvación, de vida y de comunión”. (M.DIAZ MATEOS) 2

  1. Pan y vino. Tierra. Del exilio a la comunión, Santander 1980, pp.29-36 
  2. El sacramento del pan, Lima 1996, pp.186-192 
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Dernière mise à jour : ( 18-10-06 )
 

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