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15 de abril: Encuentro de Jesús con su madre
Cuando Jesús murió, María se sintió aliviada. Ya no sufre, pensaría como también pensó nuestra Sta. Madre un Viernes Santo al caer de la tarde. Y dejando el Calvario se fue camino de su casa acompañada de las mujeres que estuvieron con ella al pie de la cruz. Iba serena. En su corazón rumiaba el misterio de su Hijo: tanta sangre derramada, el costado abierto, roto el Corazón de tanto amor.
En el camino, el centurión que había dicho: verdaderamente éste era hijo de Dios, se acercó a ella y le dijo: “Señora, ¿usted es su madre? ¿Le gustaría guardar su túnica? Me tocó a mí pero creo que le pertenece más a usted”. Y se la dio. María la recogió con agradecimiento, la besó y, ya en casa, la lavó y la dejó tendida para que se secara.
Las mujeres le hicieron un rato de compañía. También Juan. Pero al fin se marcharon. Ella agradeció que la dejaran sola. Quería estar sola pero pronto se acostó y se durmió. Tenía la paz profunda que le daba la seguridad de algo. Una seguridad doble: Jesús ya no sufre. Jesús resucitará y su Reino no tendrá fin. Estaba segura.
Al día siguiente, sábado, se puso a arreglar la casa. Que Él la encuentre limpia cuando venga, porque vendrá. Dijo que resucitaría al tercer día. Y sentía en su corazón el gozo de un encuentro anticipado.
Apenas salía el sol, al amanecer vino Jesús, de puntillas. Descolgó su túnica. Se la puso y fue por detrás de María que preparaba el desayuno: ¡Madre! ¡qué abrazo se dieron! ¡Hijo mío, qué alegría! Y lo besaría… luego, le miró las manos, los pies, el costado... ¿Ya no te duele? Cuántas cosas de amor se dirían en silencio.
Y, seguro que no desayunaron, porque “más que la miel y que todas las cosas es Dulce su Presencia”.
Amparo Guerrero rscj
Provincia de España Sur
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