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05 Jan 06

Haciendo memoria…

me recupero a mi misma


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J. Ramos rscj
La construcción del género: masculinidad y feminidad en mi vida

“Somos responsables no sólo de nuestros sueños
 sino también responsables de la realidad
que engendra nuestros pensamientos y esperanzas”  
                            (Watzlawick)


En el presente escrito trato de exponer mi experiencia, como una mujer entre tantas otras, en búsqueda de sí misma.  Comparto, entre muchas experiencias hondas vividas día a día, lo que representó en una época de mi vida emprender un camino de toma de conciencia de cómo se había construido socialmente las relaciones entre hombre y mujer.  Esta reflexión me llevó a querer saber de qué manera me había afectado la influencia patriarcal que viví en mi entorno familiar y comunitario por más de 25 años.

Al hacer memoria, al traer al hoy esta experiencia, me parece bien irla iluminando con algunos y algunas autores que han hecho un acercamiento al estudio del tema del género.  De esta manera, pretendo llegar a cómo me sitúo en el hoy en esta toma de conciencia de de lo que se va construyendo a nivel social sobre el género.

A continuación una historia, una vida, una esperanza:
No fue hasta mis 27 años que dejé de creer en la profecía – concepto que utiliza Watzlawick (2000) - promovida por mi entorno familiar y cultural sobre lo que yo debería de ser y hacer como mujer, y encima, como mujer religiosa.  El proceso de cambio mental que se generó en ese momento histórico, ha sido crucial en el modo de ser y hacer mi vida como persona porque pude emprender un camino de trascendencia.  Como plantea Watzlawick:
Con la mejor comprensión de la naturaleza de las profecías que se autocumplen aumenta nuestra capacidad de trascenderlas.  La profecía de la cual sabemos que es sólo una profecía, ya no puede autocumplirse.  Siempre está presente la posibilidad de elegir otra cosa y la posibilidad de infringirlas. (p. 95 ).
    
En julio de 1997 llegué a la ciudad de Guadalajara en México a dar inicio a un periodo de dos años de estudios en Filosofía y Ciencias Sociales en un Instituto Jesuita.  Me instalé en una comunidad de mi Congregación en una zona periférica de Guadalajara llamada Colonia Santa Cecilia.  

Comenzando la vida en comunidad, me informaron que se había pensando que mi apostolado podía ser acompañar a un grupo de mujeres jóvenes en un proceso educativo desde la Perspectiva de Género.  Esto me dejó con “la boca abierta”, pues desconocía a qué se referían con eso de Perspectiva de Género; sólo sabía que género tenía que ver algo con feminismo, porque en alguna ocasión había escuchado esa categoría.  Menos mal que mi ignorancia en ese momento no me limitó, al contrario, me lanzó a mucho estudio y acercamiento a lo que encerraba la Perspectiva de Género. Para ese entonces, tomaba una clase de Análisis Social y la profesora había incluido en su temática la Perspectiva de Género.  Ella me ayudó en la búsqueda de información y literatura al respecto.
 
El primer artículo que leí sobre Género era de Marta Lamas.  Con ella me inicié en esta temática sobre Género y verdaderamente lo que fui descubriendo cambió mi vida de forma radical.  Junto al grupo de mujeres, yo también fui haciendo un proceso educativo desde la Perspectiva de Género.

Lo primero que aprendimos como grupo fue a tomar conciencia que todo lo que habíamos aprendido sobre el ser mujer y el ser varón era producto de un proceso de socialización que definitivamente había influido en nuestra identidad personal.  Al leer a Baró (1985) me doy cuenta que en este proceso también descubrimos que nuestra percepción y visión del mundo había surgido como producto de unas relaciones sociales en cada país (pues yo era la única puertorriqueña, pero mi experiencia no era muy distinta a la de las mexicanas) haciendo nuestros unos esquemas cognoscitivos y un marco valorativo de las relaciones entre hombres y mujeres.
 
Con una metodología de ver, juzgar y actuar nos adentramos como grupo a recuperar toda la transmisión de ideas y expresiones que nos habían sido comunicadas por nuestro entorno familiar y cultural (escuela, iglesia, etc.) desde que éramos niñas.  Veíamos que “la identidad personal estaba referida a un contexto concreto, como a un mundo de relaciones sociales y a un universo de símbolos, valores y normas” (Martín-Baró, 1985, p.180).  La puesta en común del “entramado social” en el que estábamos envueltas, nos iba desvelando una realidad muy dura, pero que al compartirla se iba tornando en una experiencia de liberación y esperanza.  Dura en el sentido de sentir que el fruto de esa transmisión social era el papel de subordinación de la mujer frente al varón y el poder que se le había otorgado al varón en todas las esferas a lo largo de muchos momentos históricos.  Esto lo percibíamos y sentíamos como una imposición muy violenta de parte de la construcción social desde una influencia patriarcal  produciendo una discriminación muy marcada hacia la mujer en todos los ámbitos: biológico, economista, tecnicista, etc. (Mires, 1998).
 
En este proceso educativo desde la Perspectiva de Género algo que fue muy significativo para nosotras fue lo referente al lenguaje y a todo el mundo simbólico que íbamos descubriendo (Lamas, 2002).  Lamas considera el lenguaje como un medio fundamental para estructurarnos culturalmente y para volvernos seres sociales.  En nuestro compartir íbamos descubriendo que el lenguaje definitivamente había estructurado la manera de relacionarnos como hombres y mujeres.  En nuestro entorno familiar había un discurso dominante que nos decía cómo debía ser el comportamiento de cada uno y una, y que ahora puedo comprender está enraizado en un discurso desde un estilo binario: Los hombres no lloran, son fuertes y trabajan; las mujeres son sensibles, lloran (Vale, 2005). Según este discurso las mujeres necesitan de la fuerza del hombre; están para agradar, servir al hombre, cuidar del hogar y sus hijos.
 
Recuerdo un momento que estábamos hablando del discurso eclesial sobre la imagen de María como Modelo de Mujer (perfecta, pura, blanca, etc.) y desde ahí como mantenemos un discurso para mantener a la mujer en una condición de coacción y discriminación.  Un ejemplo de cómo se ve un acto a partir de un discurso moral es el siguiente: El hombre cuando se busca a otra mujer es porque tiene necesidad de complacerse, por tanto, su mujer no le está dando lo que tendría que darle y ella es responsable de que él se busque a otra.  Sin embargo, si la mujer se busca a otro hombre no es precisamente para complacerse, sino que se le ve como un acto de prostitución y de abandono a su papel de esposa y madre abnegada.  El hombre sí tiene disculpa y excusa por su acto, a la mujer se le recrimina de una forma tajante.

Este proceso duró por espacio de año y medio.  En aquel entonces, para mí fue toda una novedad el descubrir cómo se habían ido construyendo socialmente las relaciones de género.  Esto me hizo echar una mirada a lo que había sido de mí y a lo que desde ese momento comenzaría a expresar con mi vida.

Mi reflexión en ese momento histórico se basó en la construcción del género desde la diferenciación (Lamas, 2002) y de una visión binaria de la vida.  Ahora estoy en un momento de volver a mirar mi camino y emprender un nuevo modo desde ese aprender a mirar la vida desde la unidad e igualdad humana.
 
Por ahí estoy, a dónde llegaré no sé, pero ese es el sabor nuevo que va quedando como inquietud para continuar en la reflexión de nuestras posibilidades humanas como seres relacionales creados para compartir y crear lazos de solidaridad, comprensión y colaboración mutua.

A raíz de toda la experiencia en México, he desarrollado junto a otras personas unos proyectos de Desarrollo y Crecimiento Humano en los que tenemos incorporados temas en relación al género.  El incluir este tema es parte de nuestra misión como Religiosas del Sagrado Corazón que queremos promover desde una línea educativa unas relaciones más equitativas e incluyentes en nuestra sociedad tan desigual y llena de injusticia y violencia.  Este sueño se va haciendo realidad en lo que hacemos y proponemos, por lo que una se va haciendo responsable de los procesos que genera en otros y otras (Watzlawick, 2000) y es lo que motiva a una a prepararse y formarse en toda.

Madeline Ortiz Rivera rscj
Provincia de Puerto Rico - Haiti


Bibliografía:
Lamas, M. (2002). Cuerpo, diferencia sexual y género. México: Alfaguara.

Martín-Baró, I. (1985). Los procesos de socialización. Sección 5: Socialización sexual.  En Acción e ideología (Cap. 4, Tomo 1, pp. 164-179). El Salvador: UCA Eds.

Mires, F. (1996). La revolución feminista: El nacimiento del patriarca.  En La revolución que nadie soñó: o la otra posmodernidad (pp. 64-71). Venezuela: Nueva Sociedad.

Vale, O. (2005).  La construcción del género; masculinidad y feminidad.  Curso para obtener el Certificado en Sexualidad Humana, Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, Río Piedras, Puerto Rico.

Watzlawick, P. (2000). Profecías que se autocumplen. En La realidad inventada: ¿Cómo sabemos lo que queremos saber? (pp. 82-91). Barcelona: Gedisa.

Last Updated ( 14 Oct 06 )
 

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