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6 de enero: Epifan?a
Mt 2, 1-12
¿Pero c?mo, el rey de los jud?os recién nacido es éste?, ¿tan normal? ¿Est? solo con su madre, en ésta casa? Y ¿naci? aqu?, en este pueblo y no en la capital? Las interrogantes que podr?an asaltar a un buen jud?o habitante de Jerusalén, bien podr?an ser también nuestras.
Las actuales Jerusalenes no tienen tiempo para atender a los que preguntan. Est?n demasiado distra?das para escuchar historias sobre nuevos astros que gu?an. La indiferencia que provoca el desencanto constante, lo atrofiada que tienen la capacidad de sorprenderse, la rutina, la desesperanza, cierran los o?dos y endurecen el coraz?n.
Los nuevos Herodes ni siquiera tienen que molestarse enviando legiones para eliminar supuestas amenazas a su status quo. La indiferencia a la pobreza de millones, la lentitud para asistir suficientemente y a tiempo a los damnificados de desastres naturales, el pretexto de combatir el terrorismo o las estrategias para detener las migraciones masivas, bastan para acabar con la vida de inocentes.
Hoy, a través de las palabras de un cristiano del primer siglo, un legendario Esp?ritu insiste en que le abramos el coraz?n, poniéndonos como ejemplo a unos hombres de Oriente que, en la oscuridad de la noche, fueron capaces de fijar los ojos en las estrellas, buscando signos que anunciaran una vida nueva. Aquellos dejaron su tierra y sus seguridades, y se pusieron en camino tras una esperanza que no siempre aparec?a tan clara.
Quiz? nosotros no tengamos que trasladarnos m?s que unos cuantos pasos. Ni tengamos que llevar oro ni incienso, sino el gesto o la palabra oportuna; ni preguntar a expertos y poderosos, sino a la vida que tenemos alrededor, para que una inmensa alegr?a nos tome al reconocer en ésa, en ése, tan normal, al Dios que se hizo carne humana... uno de tantos.
¡Parece mentira que tengan que venir extraños, para que aflore en nosotros el deseo de honrar la vida que ya tenemos en casa!
Ana Morales Pruneda
?rea de Cuba
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