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05-03-04

C. Hornedo rscj | M.T. Alcón rscj | Email


Mis oídos escucharon…mis manos tocaron

Noche del 11 de Marzo en el Pabellón 6 de Ifema.

Una llamada fuerte, repetida y clara lanzaba la T.V.: "Se necesita más gente: adultos con capacidad de escucha, educadores, personas con algún conocimiento de psicología”. Esta llamada resonó en mí con la fuerza del viento, como la de aquella noche inolvidable en Filipinas, en la que se nos pedía a todos lanzarnos a la calle…Ahora veo una gran diferencia entre esas dos llamadas: la que escuchábamos la Comunidad de Manila era la voz del Cardenal, la de aquí, era la voz de los laicos. Propuse a la pequeña Comunidad de Aluche el irme a ayudar, puesto que sin duda soy “adulta”, creo saber “escuchar” sobre todo en el dolor, me han entrenado mucho como educadora y, aunque no tengo conocimientos psicológicos propiamente técnicos, tengo “manos” que podrían sanar.

Con este triple convencimiento y segura de que el Dios que “escucha el clamor de su pueblo”, siempre acompaña, me decidí a salir. La Comunidad me dijo que me cogiera un taxi, ya que Aluche está en el extremo opuesto de Madrid. Un poco turbada la digo al taxista: “Por favor, lléveme al parque Juan Pablo II”. El taxista, con fino sentido del humor y sabiendo lo que yo quería decir, me contesta: ”Aún no tiene parque el Papa pero la llevaré al parque Juan Carlos I, al pabellón 6 donde está el dolor…”

¿ Qué teníamos que hacer allí?. Nada y Mucho. “ESCUCHAR Y TOCAR” ¡qué fuerza de transformación tiene la “escucha” ¡y ¡ qué fuerza curadora y sanadora llevan las “manos”!

Dos breves experiencias nada más:
Un grupo de jóvenes filipinos quería reconocer el cuerpo (¿?) de su amigo, joven de 20 años, camarero en un hotel de Bilbao, y que se proponía venir a Madrid ese fin de semana con todo el grupo de jóvenes…Yo escuchaba la palabra que salía de ellos sin parar: “¡Qué guapo! ¡guapo, guapo!", me decían. Yo les escuchaba y trataba de recibir lo que sentían detrás de esa palabra… Al poco rato una jovencita del grupo, con gran valor, gritó a la gente: “No me gusta que echen la culpa a Dios. No es justo. Dios no lo ha hecho”. Se había dado una transformación en ellos… Y la gente escuchaba…

Cuando con mis manos tocaba el hombro, las manos o la cara de esos familiares sumidos en la angustia, el dolor y la desesperación, algo debía comunicarles puesto que de una manera u otra decían: "no dejes de tocarme sigue, sigue tocándome”, “por favor, agárrame”
La imagen más fuerte que permanece en mi retina, es la de una madre que buscaba a dos hijos: el chico ya estaba en el improvisado tanatorio, era cadáver… pero a la hija no se la encontraba en las listas. El hijo mayor, que no viajaba en el tren, iba de hospital en hospital para reconocer a su hermana entre los heridos. Al poco rato llega, se pone de rodillas a los pies de su madre, le agarra las manos y le dice con indescriptible dolor: “Madre, no está, no está, que no está…” La señora seguía con su cuerpo rígido por el dolor, los ojos como fuera de sus órbitas, sin pestañear y sin poder decir una sola palabra…

Cuando me acuerdo (que es sin parar) de esta escena, pienso "otra Pietá" pero esta vez entraba en el cuadro otro hijo, el que busca, el que se compadece, el que se queda junto a su madre. Xavier Quinzá dice en su libro ”Signos de Dios en lo cotidiano”:
“Hemos descubierto, no sin alto precio, que hay una íntima conexión entre los esfuerzos por hacer brotar la esperanza y la solidaridad con los que sufren. La solidaridad es el alfabeto mismo de la esperanza, su gramática. Nos estamos convenciendo de que debemos adecuar nuestra tarea evangelizadora al ritmo de las víctimas de la Historia. Una vez más Dios se nos hace presente en el dolor… Este mundo desolado también tiene derecho a experimentar el susurro de la salvación”.
“DESCUBRIR Y MANIFESTAR SU AMOR”… nos dicen las Constituciones. Tenemos una apremiante necesidad de vivirlo. Magdalena Sofía nos ayuda.
Una señora, el día del dolor grande en Madrid, tuvo experiencia de la cercanía de la Santa Madre. Espero que ella misma lo pueda contar.

Carmen Hornedo rscj


12/03/2004

Madrid, 12 de Marzo del 2004


Queridas hermanas:
Hace 24 horas estaba en Atocha camino de Pamplona para coincidir en la visita de Clare y Mariado al Noviciado.

Mi tren salía a las 7,15 y el metro a esas horas iba lleno de trabajadores la mayoría de ellos de apariencia emigrante. La llegada a Atocha-Renfe fue, como casi siempre, una inmersión en un río de personas que nos repartíamos hacia los diferentes andenes.

Llegué a Pamplona un poco antes de las 11 y hasta ese momento no me enteré de la tragedia. Mientras yo viajaba en un Talgo cómodamente y dormitando un rato, quizá alguno de mis “compañeros” de Metro estaba sufriendo o muriendo de esa forma tan brutal…

En el Noviciado igualmente la conmoción, el dolor, la impotencia…empezamos con un rato de oración. El clamor, la súplica por la PAZ marcó nuestros silencios.
Enseguida me vino la inquietud de buscar al Señor en esta circunstancia con la pena de que saldría mal parado porque en las desgracias se le echa la culpa de lo ocurrido.
Y me vino aquello que quizá recordareis de un campo de concentración en el que se estaba asesinando a uno de los muchos inocentes y entre los prisioneros se oyó un grito:
“Dónde está Dios?” y alguno de entre ellos contestó:
“Dios está ahí, en el que está siendo ajusticiado”. Y viví con fuerza esa convicción de que Dios Padre estaba allí en esos vagones destrozados, en los muertos y sus familiares, en las personas que ayudaron y atendieron, en los mil gestos de solidaridad y cercanía que se generaron, en la impotencia que todos sentimos…Pero El está ahí donde cualquier ser humano sufre, como lo estuvo con Jesús en la cruz.

Y otro sentimiento fuerte: a través de las largas horas de escucha de la radio en el autobús de vuelta y ya en casa, entre tanto comentario…la ausencia de una referencia explícita a la fe en Jesús como consuelo, fortaleza, esperanza. Y eso también duele y llama porque muchos de esos emigrantes y otras gentes sencillas sienten su fe de una manera muy viva. Y en esta sociedad nuestra tan descristianizada tendremos que aprender a nombrar al Dios de Jesús de una manera nueva como el que está ahí, con nosotros, y le da un sentido nuevo a nuestros sufrimientos y a nuestras esperanzas, a nuestras víctimas...a todos los verdugos “que no sabes lo que hacen” como en el calvario y en tantos calvarios de nuestro mundo.

Al despedirme de Clare, Mariado, Montse Riu, me encargan os transmita a todas su solidaridad en este dolor que nos resulta más cercano físicamente a nosotras pero que tanto nos afecta y que nos renueva a todas en la apuesta y la búsqueda por la paz.
Ante esta enorme tragedia y lo que representa me digo…, ¿cómo relativizar nuestras pequeñas tragedias cotidianas que quizá frenan nuestra capacidad de solidaridad?.

Me dice Viky y las de la Casa Provincial que los teléfonos y los correos no han parado interesándose por las que podíamos estar implicadas y expresando cercanía, oración, silencio quizá porque no cabe otra postura. Gracias hondas a todas.

Acabo con algo de las Constituciones que pone palabras a lo que yo no sabría y da pleno sentido a esta situación:
“El Corazón traspasado de Jesús nos abre a la profundidad del misterio de Dios y al dolor de la humanidad y nos hace entrar en su único movimiento: adoración al Padre y amor a todos, especialmente a los pobres” (Const nº 8)

Con un abrazo especialmente cercano,

María Teresa Alcón rscj, Provincial Espana Centro-Sur


12/03/2004

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