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11 de julio: Domingo XV del tiempo ordinario: Lc 10, 25-37

¿Convertir bandoleros en samaritanos?

Alguna vez he pensado que sólo al ingenuo Jesús se le podría ocurrir una locura así: donde una persona sensata ve a alguien a quién quitar del camino, Jesús mira a un yo bueno oculto al que hay que liberar, a un potencial colaborador del Reino, a una potencial discípula.

Un día, un jurista se le acercó para ponerlo a prueba y preguntó: ¿Qué debo hacer para ganar la vida eterna? Jesús le contó una parábola que llevaría al jurista a responderse por sí mismo: Acercarse a los heridos y tratarlos con misericordia es vivir el amar al próximo como a sí mismo. Buena alternativa para una persona que se conforma con cumplir la ley.

Otro día, una mujer que había oído hablar de él, se le acercó deseando conocerlo y preguntó: ¿Que puedo hacer para amar con todo el corazón, para amar más, mejor? Jesús no respondió, la invitó a caminar junto a él. Años después, Magdalena contaría la respuesta a su pregunta:

Poniendo la mirada en los heridos, Jesús descubrió la voluntad del Padre. Se acercó a ellos, les trató con misericordia, vendó sus heridas, nos pidió a muchos que le ayudáramos con ellos hasta que sanaran, y pagó con Cruz los gastos de su recuperación.

Jesús fue más allá en el amor. Miré en su buena noticia también una indignación: no puede seguir habiendo bandoleros que atacan impunemente a los que bajan de la gran Jerusalén, y sólo respetan a los varones de primera, como sacerdotes y levitas. Con su vida me enseñó que lo re-ligioso, lo que nos liga a Dios, no es el título, sino la actitud: ver a los heridos del camino y no pasar de largo, sino ver y sentir compasión, ver y tratar con misericordia; importaba poco si era samaritano, laico o mujer.

Jesús desenmascaró las acciones abusivas de los bandoleros y hombres “rectos” de su tiempo. Quiso hacerles ver que estaban produciendo heridas y desnudez en hombres y mujeres inocentes y, locamente, tercamente, esperanzadamente, les invitó a cambiar, a liberar al “samaritano” que tenían dentro, reprimido. Quiso enseñarles a ganar respetando a todo caminante, a disfrutar de la amistad que surgía espontánea y agradecida de los heridos acompañados, a gozar dejando que emergiera el mejor yo de su corazón. Pero ellos se negaron a cambiar.

Entonces me pregunté: ¿Y nosotros, los que lo seguimos? ¿Aprendimos a amar con todo el corazón? ¿Nos contagió su locura?

Ana Morales Pruneda
Provincia de México-Nicaragua



 

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