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27 de marzo: Una mujer transformada

Jn 20, 1- 9

¡María!

Corre de madrugada, cuando todavía está oscuro, el dolor por el que ama la mueve. No se resigna a la ausencia ni a la idea de la muerte, se levanta de noche a buscar. María Magdalena es buena compañera cuando atravesamos circunstancias de vida sepultada, cuando no sabemos qué hacer ante el dolor de los otros, cuando estamos cerca de gente que vive realidades de desesperanza, de no ver salida, de piedras que se van echando encima y dejan la vida paralizada; cuando ya estamos tentados de decir "no hay nada que hacer", "las cosas no van a cambiar"

“El primer día de la semana muy temprano, antes de salir el sol”,  María Magdalena se presentó en el sepulcro. Ve rodada la piedra que tapaba la entrada y se vuelve corriendo a la ciudad para contarlo a otros, es la primera carrera de María: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (18, 2). Dos hombres corren también hacia el sepulcro, lo que les dice esta mujer los saca fuera, uno ve pero no entra, el otro entra y al principio aún no ve. Son torpes los ojos, es lenta la mirada que busca un cuerpo conocido, que piensa encontrar lo ya sabido, lo ya visto, lo ya esperado.  Al final de la carrera, una tumba vacía y unas vendas, y un vuelco en el corazón. Pedro y Juan regresan a su casa,  María, en cambio, permaneció allí, junto al sepulcro, buscando su verdadera casa. Está llorando. Por la causa de este llanto le van a preguntar dos veces.  Ella pregunta, a su vez, dónde puede encontrar su cuerpo; dónde lo han puesto.

Se vuelve hacia atrás, ve a Jesús pero no lo reconoce, no sabe que es él. Jesús  vuelve a preguntarle: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién estás buscando?”  Ella busca desesperadamente un cuerpo sin vida, mientras busque así a Jesús no puede reconocerlo, él ya no está donde no hay vida, porque donde aparece él toda vida se levanta. Si él está en el centro hay vida hasta en lo hondo de los sepulcros.

Y es sólo cuando escucha su propio nombre en boca de Jesús: “María”,  que entra dentro de sí misma y puede  reconocerse y reconocerle. Ella oye su voz y cae en la cuenta que es él al oírlo; se abren sus ojos al oír la voz de Jesús pronunciado su nombre. Al llamarla por su nombre le señala el camino hacia sí misma y la saca de su tristeza. Es amada en la totalidad de su vida, todo es acogido en este amor, todo encuentra su sitio.  María se vuelve y su mirada está liberada ahora de lo que creía saber sobre él. Reconoce a Jesús vivo: experimenta la alegría de saber que él la ama de manera irrepetible y que nadie podrá ocupar su lugar en su corazón.

Cuando descubrimos nuestra propia verdad, cuando nos sentimos llamados por nuestro propio nombre, cuando nos sentimos aceptados en el hombre y la mujer que somos cada uno y no otro, entonces se produce el reconocimiento de quiénes somos y de quién es él para nosotros; y el descubrimiento del camino personal que nadie puede recorrer por nosotros. Ella lo llama “Rabboni”, “mi Maestro” y  necesitaría un tiempo de acostumbramiento para  aprender a estrenar esta Presencia. Jesús le propone lo que su nueva manera de estar presente provoca: “vete y dile a mis hermanos, que voy a mi Padre, que es vuestro Padre, a mi Dios que es vuestro Dios”. Ha habido una identificación cada vez mayor. Dejó de llamarnos siervos  para pasar a ser sus amigos porque nos daba a conocer lo que había recibido del Padre, (Jn 15, 14-15) y ahora, da un paso más, y nos reconoce como  sus hermanos. El Padre nos lo había entregado a él y, ahora, el Resucitado es el que nos da el Padre a  todos. Entramos a formar parte de manera directa en su comunicación de vida, en ese movimiento incesante de amor ofrecido que va de Uno a Otro. Ahora participamos plenamente, gracias a la acción de Jesús, en la vida de los Tres, en el misterio origen de todo amor, de toda vida y de toda fecundidad.

Sus palabras devuelven a María  a la comunidad no sólo como hija muy amada, sino como hermana de todos. Volvía con unos ojos, unos oídos y también unas manos nuevas. Se había bañado por unos momentos en la Luz. En la primera carrera, del sepulcro a la comunidad María va a contar una información, ahora emprende una segunda carrera, volvía de nuevo pero llevaba con ella toda su vida transformada.

Y esa es la noticia buena que anuncia. El gozo que nada ni nadie podrá arrebatarle (Jn 16, 22). La resurrección no es  para contarla es para vivirla, o dicho de otra manera,  no se puede contar sin haber quedado uno transformado, sin que algo delate que esa historia nos ha afectado profundamente

El Evangelio ya no nos lo cuenta, pero seguro que María lloraría también al final, ya no  lágrimas de dolor sino lágrimas de agradecimiento, que curan, las que conocen que la vida pasa por el sufrimiento pero que es, a causa del amor, más fuerte que la muerte.

El cuerpo María Magdalena y la transformación operada en su vida portaba la resurrección de Jesús mucho más que todas las palabras. “No es por la forma en que una persona habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas, como se puede discernir mejor si su alma ha permanecido en el fuego del amor de Dios. Ahí no es posible ningún engaño. Hay falsas imitaciones del amor a Dios, pero no de la transformación que él realiza en el alma, porque la persona no puede tener ninguna idea de esta transformación más que si ella misma pasa por ella[1].

 

Mariola López Villanueva rscj
Provincia de España Centro Sur

 


[1] S. Weil, Escritos Esenciales, Sal Terrae 1999, p. 133



 

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