3 de agosto: La conversión de Jesús
Mt 15, 21-28
Ella es una mujer cualquiera de origen extranjero, sin papeles que la identifiquen ni protejan, y busca desesperadamente a Jesús porque tiene enferma a su pequeña. Su historia me recuerda a la de Sol. La conocí una tarde, cuando venía caminando más de 3 kilómetros bajo una fuerte lluvia, con su niña de cuatro años sobre los hombros, buscaba un lugar donde pudieran darle alimentos. Era la primera vez que tenía que pedir para poder comer. “Si no fuera por mis hijas- decía- no vendría a pedirles”. Sol es extranjera, y está sin papeles porque no cumplió los requisitos de la última regularización. Pero ella sigue aquí, trabajando, sin un solo día de descanso a la semana a pesar del dolor cada vez mayor de sus rodillas; porque no quiere que a sus hijas les falte la comida, ni un techo.
También la mujer del relato pide a Jesús que cure a su hija. La respuesta que le da Jesús nos sorprende, pues estamos acostumbrados a creer que él lo tenía todo claro y resuelto en su corazón...Y vemos cómo aplaza lo que le solicita la mujer. A Jairo, que era un distinguido jefe de la sinagoga, sí que va Jesús a curarle a su hija, mientras que con esta mujer pagana no siente que tenga nada que ver; también él tenía prejuicios culturales y étnicos: “Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas de Israel”...Le dice para disuadirla. “Cuando los de aquí tengamos trabajo y casa, entonces que vengan los de fuera”, solemos decir o pensar nosotros.
La mujer es tenaz y sabia, y no se da por vencida. Viene a decirle algo así: “Eso que tú traes es tan bueno, que sólo con las migajas nos bastará”. Jesús aún no la ha reconocido en su dignidad mientras que ella lo llama “Señor”, y lo invita a abrirse a un Dios mayor; a Aquel que está ahí para todos.
Ella le descubre a Jesús una buena noticia: hasta donde iba a dilatarse la fecundidad de su vida entregada; y seguramente él la recordó la última vez que compartió noche y cena con sus amigos y les dijo: “Este es mi cuerpo que se entrega por todos”. Pues había sido esta mujer cananea la que se lo había dado a entender.
Jesús aprendió ese día no sólo el gusto de poder ayudar a una mujer necesitada, y a su pequeña, sino la alegría de experimentar hasta el fondo de su vida el don que ellas, en su pobreza, le daban a él. Esta extranjera - ¡quién lo diría! - había enseñado a Jesús a volverse un poco más hacia Dios, y hacia los otros.
Mariola López Villanueva rscj
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