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Página 1 de 4 7 de septiembre: ¡Sorprendentemente felices! Lc 6, 17; 20-26 “Entonces Jesús, mirando a sus discípulos, se puso a decirles: dichosos los pobres” Es la mirada de Jesús sobre nuestras vidas la que toca y desvela el nivel más profundo de nuestros deseos. Vamos, más o menos conscientes, en búsqueda de una felicidad de la que no acabamos de encontrar el centro y a la que nos empeñamos en situar en un camino hacia arriba de posesión y de saciedad. Jesús, paradójicamente, va a situar su horizonte allí donde para nosotros la realidad se reduce a frustración y desánimo, y en medio de situaciones humanas límite él apuesta por un futuro sorprendente y dichoso. Podemos pasar por las bienaventuranzas de puntillas, casi sin enterarnos, porque desde nuestras posiciones nos son escándalo. Podemos interpretarlas y traducirlas, y se nos va a escapar la realidad más honda de Jesús: Él las proclama desde su experiencia de Bienaventurado, no habla de oídas. Felices aquellos a quienes se les ha negado la posibilidad de un presente digno: pobres, hambrientos, sufrientes, odiados y expulsados... Jesús mismo es su rey, su pan, su dicha. En cambio, los que están dentro, los bien situados, aquellos que tienen su realidad controlada, que pueden vivir tranquilamente saciados ante la indigencia de otros, ricos por la pobreza de otros, contentos y adulados, con el futuro aparentemente asegurado por medios propios, a esos se les anuncia que se les va a truncar la vida. Las bienaventuranzas descolocan nuestra manera de estar con los otros y nos abren a una fraternidad en la que no podemos buscar la felicidad solos. No es un "proyecto de hermano" para después, sino para hoy, en el cada día monótono y opaco, sólo ellas pueden atravesar los acontecimientos transfigurándolos. Para aquellos que han perdido todo y no les queda más que esperar, para esos viene Alguien y él mismo es su Bienaventuranza que nada podrá arrebatarles. Mariola López Villanueva rscj Provincia de España Centro – Sur
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