Casa Madre, Roma  | | En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. “ “Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.” Mateo 11, 25 - 30 Nuestra vida, nuestras comunidades, nuestro servicio apostólico, encuentran su vitalidad en la unión y conformidad con el Corazón de Jesucristo. Esta gracia de nuestra vocación es un camino de conversión y de fecundidad apostólica. El Corazón traspasado de Jesús nos abre a la profundidad del misterio de Dios y al dolor de la humanidad y nos hace entrar en su único movimiento: adoración al Padre y amor a todos, especialmente a los pobres. Volvemos una y otra vez a estas palabras de Jesús como a una luz que, poco a poco, nos transfigura a su imagen: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». (Mat 11, 29) Constituciones de la Sociedad del Sagrado Corazón, 1982, par. 8 |