Perdona nuestras defensas Print E-mail
01 Apr 04

“Les he dado a conocer quién eres y continuaré dándote a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo mismo esté en ellos” (Jn 17, 26)

Recuerdo una mujer muy pobre en Chile que recitando el Padre Nuestro, sin darse cuenta, hizo una petición maravillosa: “perdona nuestras defensas”. Perdona nuestras resistencias para acoger tanto amor. Necesitamos fe para creernos este amor, para dejar que su corriente tumbe nuestras falsas imágenes de Dios y de nosotros mismos.

Podemos mirar de reojo a los distintos personajes que están en torno a la cruz, creernos más o menos buenos como Pedro, y decir, “nosotros no somos como esos que rechazan tu cruz, mira, colaboramos con otros, trabajamos por la paz, no hacemos daño, ayudamos en lo que podemos y no te vamos a fallar...”; y desde esta posición nos quedamos sin conocer su Amor, sin adentrarnos en él. Y si diéramos un vuelco: “Señor, soy como todos, con la misma fragilidad, estoy ahí hiriéndote en el otro sin darme cuenta, ignorándote, sin ser consciente, reteniendo tu amor, viviendo estrechamente, juzgando a los demás; sin saber querer como conviene. Ten compasión de mí. No soy digna...” Y, entonces, cuando esperaríamos un reproche y una palabra que nos pusiera en nuestro sitio, recibimos un abrazo desmedido y una alegría inmerecida, el vestido de los hombres y mujeres libres y el banquete de todos los alimentos que necesita nuestro corazón cansado. Recibir tanto amor de golpe nos rompe el pecho de gratitud. Y, de pronto, descubrimos que si podemos amar mucho es porque nos ha perdonado mucho.

¿Cuáles son los mayores temores que surgen de nuestras heridas? ¿El temor a no ser queridos, a ser abandonados, a ser rechazados, a ser juzgados...? ¿El temor a no ser reconocidos, a ser criticados, a fracasar, a quedarnos sin amigos, a quedarnos sin tareas, a quedarnos vacíos? Son miedos que nos roban la libertad que él nos regala. Jesús ha pasado por todos ellos para que podamos atravesarlos con él, y nos dice ante nuestros temores: “Miradme, venid a mí. Al no querido, al rechazado, al abandonado de los hombres, al despreciado, al que se vació para llenaros; al que se dejó desnudar para vestiros, para rescataros de vuestros temores más profundos”.

Ha pasado el primero por todo para que nosotros podamos hacerlo unidos a él. Para que por miedo a la muerte no vivamos nuestra vida como esclavos (Gal 5, 1). Nos invita a despojarnos de la imagen que teníamos de nosotros mismos y a dejarnos acoger en nuestra vulnerabilidad.

Ir al único que puede amarnos hasta el fondo, el que no va a abandonarnos, el que va hacer fecunda nuestra vida independientemente del éxito o del fracaso. El único que puede abarcar nuestro vacío, pues está hecho a la medida de su Corazón. “Por todo el bien que nos ha hecho Dios sólo pide en compensación nuestro amor” (Nicolás Cabasilas).

Ha pasado por todo lo que puede pasar un ser humano y en la cruz, está desfigurado de tal manera, que por muy tremendo que sea el sufrimiento de una persona, y por mucho que se haya deshumanizado su vida, puede mirar el rostro de Jesús y encontrarse reflejado en él; puede mirarse en ese Rostro y reconocerse hijo amado, hija amada.

Sus heridas nos curan, sus heridas convierten y transforman las nuestras, no en lugares de murmuración y de desgracia, sino en el espacio a través del cual puede circular su vida. Solidarios en la debilidad con muchos otros y solidarios también en tanto amor recibido sin merecerlo. Y en medio del dolor por el dolor causado, y en medio del asombro, sentir una ternura inmensa por toda vida abierta definitivamente en la cruz de Jesús al ámbito de la relación con Dios y con los otros.

Mariola López Villanueva rscj
Provincia de España Centro-Sur
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