Tres metáforas de la vida religiosa Print E-mail
04 Oct 04

Hace tiempo participé en un seminario sobre Vida Religiosa, donde partimos en la reflexión de una situación de “crisis” y pregunta. Vuelve una y otra vez el término “re-fundación”, “re-creación”. Yo reconozco que ante tantos “re” algunas veces me siento confundida. ¿Qué es lo que hay que cambiar? ¿Hacia dónde debe ir el cambio? A veces me he sentido interpelada por un imperativo que viene desde fuera, no desde mi misma. Sin embargo, no se pueden cerrar los ojos ante signos que se pueden interpretar de diferentes maneras: falta de vocaciones, preguntas sobre el sentido e identidad de la vida religiosa, etc.  ¿Qué es a fin de cuentas lo que hace que la vida religiosa sea especial? ¿Hay algún elemento que podamos considerar específico de la vida religiosa? Esto me hizo preguntarme mucho acerca de lo esencial.

Y es que si repasamos los elementos que constituyen la vida religiosa, resulta que no son exclusivos: la experiencia de Dios, la misión, el seguimiento... Luego miramos aquello que parecería más específico, como la vida comunitaria, y encontramos hermanos y hermanas que viven solos... y se siguen considerando religiosos. ¿Qué sería lo más “nuestro”? ¿Los votos? ¿Y vividos cómo, cuando cada uno plantea interrogantes acerca de su comprensión y manera de vivirse?

Este contexto de crisis se me confirma en el contacto con otros religiosos y religiosas, aunque mi relación más cercana en los últimos años ha sido con congregaciones masculinas. He tenido la oportunidad (y el privilegio, y el desafío) de ver y escuchar experiencias muy lastimadas de vida comunitaria, de estructuras vacías, trampas en la comunicación, silencios y dobles vidas. Nosotras mismas entramos muchas veces en discusiones acerca de la misión, o el estilo de vida. Algunas veces, cabe preguntarse, ¿es esto la vida religiosa?

Al recoger mi propia experiencia, iluminada por las distintas lecturas y reflexiones que he escuchado, me he sentido invitada a volver a lo esencial, y quedarme con eso. Y creo que si la vida religiosa tiene un sentido, no es sino a partir de una profunda experiencia de Dios. Muchas veces he oído citar la frase de Karl Rahner: “los cristianos del siguiente siglo, o serán místicos o no serán”. Yo creo cada vez más firmemente que los religiosos, o son místicos, o sencillamente “no son”. Y no porque esta experiencia de Dios sea exclusiva de l@s religios@s, sino porque este es el eje alrededor del que gira todo lo demás: misión, comunidad, votos, etc. La palabra mística a veces despierta sospecha, como si se tratara de algo lejano, raro, desencarnado. No me refiero a eso, sino a una experiencia de profunda cercanía con Dios y con el mundo, que nos haga capaces de permanecer de pie y con los ojos abiertos junto a la herida del mundo, como las mujeres al pie de la cruz.

Creo que el hilo desde el que puedo compartir este intento de síntesis, es mi propia experiencia, expresada en tres metáforas que hacen relación con tres elementos que creo fundamentales: la experiencia de Dios, la misión, la comunidad. Son tres imágenes que me han acompañado muchos años, que se entrelazan entre sí y que cada vez me “dicen” más.

La piedra de sal

La imagen no es mía. Es un poema de León Felipe que conocí cuando estaba en secundaria, pero que con el paso del tiempo me ha servido para “explicar” ante mi misma cómo es esa experiencia de Dios que toca toda nuestra vida y la transforma.  Una experiencia que creo que va más allá del seguimiento (aunque esa categoría sea importante y exprese también el sentido de nuestra vida cristiana).  Porque la iniciativa es de Dios, es él quien nos “despierta” y nos pone en movimiento y de tal manera va impregnando nuestra vida que de alguna manera nos da su “sabor”: nuestra misma identidad se va conformando desde ahí.

Hay varios elementos simbólicos: el agua, la piedra, la sed.  Cada uno dice algo acerca de lo que somos y estamos invitad@s a ser.  La única en la que voy a profundizar ahora es en la que da título al poema: la piedra de sal.

Piedra de sal

Tú estabas dormida
como el agua que duerme en la alberca
y yo llegué a ti
como llega hasta el agua que duerme,
la piedra.

Turbé tu remanso
y en ondas de amor te quebraste
como en ondas el agua que duerme se quiebra
cuando llega a turbar su remanso dormido
la piedra.

Piedra fui para ti,
piedra soy
y piedra quiero ser;
pero piedra blanda, de sal
que al llegar a ti se disuelva
y en tu cuerpo quede, y sea
como la levadura de tu carne
y como el hierro de la sangre de tus venas
y en tu alma deje
una sed infinita de amarlo todo
y una sed de belleza insaciable,
eterna.

León Felipe

Piedra puede hablar de firmeza, de algo duro y que lo mismo puede servir como sostén que como causa de tropiezo. Aquí es más bien el elemento que “llega” a modificar la vida, que agita nuestras aguas. Es también el elemento que permanece en nuestra vida:  Dios es y ha sido piedra, eso quiere ser.  Pero piedra disuelta en nuestra vida, en nuestra carne; hay también un elemento de corporalidad.  Y esa sal es la que nos llena de sed.

Creo que hay pocas imágenes tan fuertes como la de la sed para hablar de una necesidad apremiante, insistente, impostergable.  La sed es una fuerza que nos hace caminar hasta encontrar el agua, aunque sea en mitad de la noche. Por eso, con toda razón, San Juan de la Cruz decía que podemos caminar de noche, porque “para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra”. Porque la sed es cuestión de vida o muerte.

¿De qué es la sed? El poema habla de sed de belleza y sed de amarlo todo. Me parece que en nuestra vida, la “sed” está referida también a la misión. Ese es también el trabajo del Espíritu en nosotros: llenarnos de “sed de  justicia”, sed de reconstruir las relaciones rotas, sed de descubrir y compartir la voluntad y el amor de Dios en medio del mundo.

Hay un número de las Constituciones de la Sociedad del Sagrado Corazón que me parece que expresan esto con mucha fuerza:

Allí donde seamos enviadas, el amor del Corazón de Jesús y el deseo de darlo a conocer impulsarán cualquier trabajo que realicemos. Lo expresaremos por medio de:

  • la búsqueda del crecimiento integral de la persona
  • la sed de construir un mundo de justicia y de paz en respuesta al grito de los pobres
  • la pasión por anunciar el evangelio[1].

Deseo, búsqueda, sed, grito, pasión. Son términos muy fuertes, que me hacen pensar en ese “nuevo lenguaje” del que hemos hablado tantas veces. Y esto es lo que despierta en nosotr@s la experiencia de Dios, si nos dejamos tocar y transformar por ella. Si dejamos que la vida y el soplo de Dios no sólo nos empuje, sino se teja con nuestra carne y sangre.

La montaña

En el fondo, esta imagen también está tomada en parte de la literatura, junto con mi experiencia de haber vivido en Nicaragua. La novela de “La mujer habitada”, de Gioconda Belli, narra la experiencia de tantas mujeres que en tiempos de la revolución se fueron a la montaña como parte de la guerrilla, más por estar enamoradas de su compañero que por convicciones políticas, al menos al principio. Finalmente, participaron en la lucha hasta las últimas consecuencias, una vez asumida como propia la “causa”.

Aunque sé que la experiencia personal es intransferible y cada un@ va encontrando la propia parábola de su vida, esta imagen retrata bastante bien mi proceso de compromiso en la causa del Reino: abrir los ojos a la realidad, escuchar y entender un lenguaje que no reconocía como “mío”, ir entendiendo que “hacer el Reino” pasa también por aprender a elaborar proyectos, caminar por lugares desconocidos, asumir responsabilidades.  No se trata aquí de hacer pura biografía, creo que este proceso de “subir a la montaña” es también parte fundamental de la vida religiosa y es quizás una manera distinta de hablar del seguimiento. Hablar de “guerrilla” en estos tiempos suena desfasado y “setentero”. El término no sirve más que como parábola, pero me gusta por la connotación que tiene de lucha y riesgo. Creo que nuestra vida, si la tomamos en serio, también debe incluir esos elementos.

Esta imagen me recuerda un artículo de D. Aleixandre que expresa muy bien los llamados que tiene hoy la vida religiosa: estamos llamad@s, dice, a estar más cerca, ir más allá, más abajo, más adentro. Más cerca, compartiendo la cotidianidad con los jóvenes, los pobres, todas aquellas personas con quienes queremos compartir la vida. Más allá de los círculos en los que nos movemos normalmente, con la “gente de toda la vida”. Más abajo y más adentro de nosotr@s mism@s, del misterio de Dios, del misterio del mundo. “Remar mar adentro” es también remar barrio adentro, mundo adentro... (y desde mi trabajo con jóvenes me pregunto ¿antro adentro? ¿Hasta dónde y cómo llevar ese “más cerca” y “más allá”?)

En todo caso, creo que lo importante en esta imagen de “ir a la montaña” no es tanto el puro riesgo, sino la certeza de que el Señor nos precede y no vamos allá si no es por él y con él. Desde esa certeza es que podemos correr la aventura de recorrer caminos que quizás no hubiéramos soñado.

 Mary Schumacher rscj
Province of the United States

El río y el árbol

Aunque todo lo dicho hasta ahora puede hacer pensar que las comunidades y congregaciones religiosas se forman con la suma de vocaciones personales, creo que esto no es así. Hay una llamada y un camino personal, pero creo también que hay una vocación “congregacional”, por decirlo así, y es esto lo que da una identidad como grupo. Cada miembro da “rostro” al cuerpo, pero también toma del cuerpo parte de su identidad. También esta pertenencia congregacional es constitutiva de la vida religiosa.

Es una pertenencia que tiene que ver en primer término con el carisma compartido, como la savia que corre por el árbol y alimenta cada hoja. También tiene qué ver con el “río de la historia”, que se va construyendo en la medida en que cada persona se involucra conscientemente en la construcción de un proyecto colectivo. Este sentido de ser parte de una historia nos hace tomar conciencia de nuestras posibilidades y limitaciones. Nos hace admirarnos del trabajo del Espíritu a través de las búsquedas, ensayos o errores de las hermanas y hermanos que nos precedieron. Creo que puede darnos también un realismo, humilde y arriesgado a la vez, de lo que nuestras propias búsquedas y ensayos pueden contribuir al caminar del conjunto.

Pero pienso que no se puede hablar de pertenencia si ésta no se teje a través de relaciones concretas, de gestos de solidaridad, de un ir “dando la cara” unas por otras. Creo que esta es la dimensión más profunda de “cuerpo” o “comunidad”: el sentirnos corresponsables unas de otras, sabiendo que la construcción de la comunidad es también misión.

Algunas “piedritas en el zapato”

Ya en otro tono, y usando una última imagen, simplemente menciono algunas “piedritas en el zapato” que tenemos actualmente en la vida religiosa. Una no puede quedarse parada sobre guijarros: molestan, lastiman y nos detienen. Una de dos: o nos detenemos a revisar qué es lo que está estorbando, o se camina aunque sea a saltitos. Claro que si se camina así, a la larga se crean heridas que nos impiden caminar del todo.

Algunas de las que veo son:

  • El paso de la inserción a una cierta instalación en la “clase media”. Esta es una discusión que va y viene, que se asume como parte del cambio de época, y aunque no tiene una única respuesta, me parece importante mantener la tensión y la pregunta. ¿Podemos desde cualquier lugar donde estemos seguir siendo buena noticia para los pobres? ¿Cómo?
  • La relación con la Iglesia institucional,  especialmente los párrocos y la jerarquía. Este es todo un tema a profundizar, dado que la vida religiosa tiene una dimensión eclesial, pero esto se ha ido entendiendo en términos de dependencia y sumisión. ¿Cómo vivirlo de otro modo? ¿Se puede “descanonizar” la vida religiosa? ¿Cómo hacer proceso al interior de la Iglesia? Me parece que en parte se juega aquí el que la vida religiosa pueda seguir siendo presencia profética para la misma Iglesia.
  • El tema del diálogo con el mundo, de una real “inculturación” con el mundo de hoy... pero al mismo tiempo el mantenernos contraculturales, sin adquirir los criterios y necesidades que nos impone la sociedad de consumo. ¿Podemos encontrar signos que realmente sacudan? ¿Podemos ser como cuerpo, un signo?

Esta síntesis no agota todos los elementos de la vida religiosa, pero creo que es la manera en que puedo dar “razón de mi fe” y mi esperanza en esta opción. En medio de las preguntas, afirmo que la vida religiosa está viva, que seguirá teniendo validez en la medida en que el Señor nos siga sacudiendo y sigamos buscando con otros y otras caminos para seguir sus pasos.

Clara Malo Castrillón
Provincia de México-Nicaragua



[1] Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. Constituciones, No. 13. Los subrayados son míos.

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