Toña Monzón rscj |  |
Si la mujer samaritana agarrara nuestra mano ¿qué nos diría y hacia dónde nos llevaría ?
Seguramente nos propondría que la acompañáramos hasta el pozo de Jacob y nos contaría cómo llegó allí con el cántaro vacío de sus carencias y dispersiones, pero que ello no supuso ningún obstáculo para que el hombre que la esperaba realizara en ella su obra. Y que, si algo aprendió allí de Jesús, es que él no se detiene ante nuestras resistencias y aferramientos sino que, como Hijo que actúa como ha visto hacer a su Padre (Cf.Jn 5,19) busca en nosotros ese "punto de fractura" en el que emerge nuestra sed más honda, como si estuviera convencido de que sólo un deseo mayor puede relativizar los pequeños deseos. Quizá por eso dejó que ella fuera expresando ante él sus prejuicios, sus resistencias y sus recelos, hasta que emergió el anhelo de vida que se escondía en su corazón, y entonces él "tiró" de aquel deseo: "Si conocieras el don de Dios..." Sin lo primero, ella no habría llegado a reconocer sus insatisfacciones; sin lo segundo, la habría dejado marchar con su cántaro lleno de un agua que no calmaba la sed.
Si le preguntamos nosotros por la transformación de su deseo, nos invitaría a no dejar nunca que nada ni nadie sofoque o entretenga los que estuvieron en el origen de nuestra opción de seguimiento de Jesús en la Vida Religiosa, sino a mantenerlos siempre despiertos e insatisfechos porque en ellos se esconde nuestra mejor "reserva de humanidad" y lo que nos permite continuar abiertos y expectantes ante ese Don que nunca acabamos de conocer por completo.
Y sobre su experiencia misionera con los de su pueblo, podría hablarnos de cuáles fueron sus estrategias para llevarlos hacia Jesús: había aprendido también de Él a hacerse experta en humanidad, a conectar con los deseos dormidos en el fondo de cada uno y a buscar esos "puntos de fractura" que pueden dejar paso a la gracia, porque es ahí donde está ya trabajando el Señor. Pero que para esa misión es mejor que se retiren las "individualidades-realizadas-profesionalmente y ocupadas-en-compromisos-espiritualmente-inofensivos" porque sólo los "buscadores de pozos" capaces de aproximarse y "tocar", de perder tiempo y perforar apariencias, pueden ayudar a otros a alumbrar el manantial que los habita.
Trataría de convencernos de la importancia de acompañarnos y sostenernos en la fe unos a otros, aprendiendo a releer la vida juntos y a posibilitar que cada uno pueda compartir el agua de su experiencia; posiblemente manifestaría su curiosidad por saber por dónde encauzamos el agua de
nuestro torrente afectivo y si los votos van dando a nuestras energías profundas la orientación apostólica que tuvieron en la existencia de Jesús. Y a lo mejor hasta se atrevería a preguntarnos los nombres de nuestros maridos, de esas realidades con las que pactamos y que nos apartan de nuestro Centro:
- el marido de la "necedad desinformada y conformista" que nos hace creer que la situación del mundo no tiene remedio ("son las leyes de una economía de mercado...", "es el precio a pagar por el avance tecnológico...") y que lo más sensato que podemos hacer es acomodarnos a lo que hay.
- el "marido neoliberal y consumista" que nos arrastra hacia un engañoso modo de ser "como todo el mundo", nos crea necesidades crecientes de confort y consigue que nos parezca lo normal estar situarnos en un cómodo centro, alejados de cualquier riesgo y camuflando como "prudencia" la resistencia a todo lo que amenace desinstalarnos. A fuerza de vivir así, la "chispa de locura" que movilizó nuestras vidas hacia el seguimiento de Jesús se apaga, nuestra mirada se enturbia y los lugares de abajo que estamos llamados a frecuentar, terminan por sernos invisibles.
- el "marido individualista" que nos ciega las fuentes de la alteridad, nos seduce con la facilidad de una vida trivial y distraída en la que no nos alcanzan el dolor de los otros, la gravedad de la presencia de Dios o el recuerdo peligroso de su Evangelio.
- el "marido pseudoterapeuta" que impone el psicologismo como explicación última de todo, sospecha siempre de nuestros deseos, les niega sistemáticamente un origen trascendente y nos instala en un nivel de positivismo hermético: todo tiene una razón en el más acá de nuestra psyche y el resto son proyecciones ilusorias. Y con eso nos niega la posibilidad de que nuestra libertad sea estirada más allá de nosotros mismos.
- el "marido secularista" que nos aleja del pozo, del encuentro profundo con el Señor y de la experiencia mística, nos hace vivir solamente desde imperativos éticos, "seculariza" nuestro corazón y nos incapacita para expresar la experiencia espiritual. De ahí nace ese "despalabramiento" para lo sublime, ese pavor ante el misterio y el símbolo, esas liturgias fosilizadas y ese activismo apostólico donde no hay tiempo ni espacio para una oración jugosa, silenciosa, "ociosa" y constante.
- el "marido espiritualista" que nos impulsa a seguir levantando santuarios y a escapar hacia los montes de nuevas sacralizaciones y restauracionismos con rasgos de new age vaporoso, sin relación con lo tangible de la vida real y cotidiana.
- el "marido idolátrico" que nos hace dar culto a los medios y a los instrumentos, a las instituciones, los ritos y las leyes, haciendo cada vez más difícil esa adoración que el Padre busca de nosotros y que no tiene nada que ver con el "retorno" a lo religioso.
- el "marido de los mil quehaceres" que esconde dentro el viejo dinamismo de buscar la justificación por las obras, nos configura como dadores más que como receptores y convierte los fracasos apostólicos o la vejez en verdaderos traumas, porque en esos momentos el trabajo pierde su pretensión de absoluto.
Pero ella, que fue liberada de todas sus idolatrías, nos diría sobre todo:
"- Sed pacientes con la lentitud de vuestros procesos a la hora de romper con esos maridos, estad seguros de que en cada una de vuestras vidas existe un pozo y el Maestro os está esperando sentado en su brocal. Confiaos a su poder de seducción, a su paciencia a la hora de perforar vuestras defensas, a su deseo de conduciros hasta lo profundo de vuestra vida, a sus fuentes interiores y secretas, porque Él sabe acompañar ese descenso sin impaciencia ni prisa. Cuando yo le escuché decir dos veces: “el agua que yo quiero dar”, supe que estaba habitado por el deseo violento de anegarnos a todos en su corriente.
No os quedéis únicamente en lo que ya sabéis de Él: recorred el proceso de intimidad al que también tenéis la dicha de estar invitados. Al principio yo no vi en Él más que a un judío, pero él me fue conduciendo hasta descubrirle como Señor, Profeta y Mesías, como Aquel a quien siempre había estado esperando sin saberlo. Tened vosotros la osadía de nombrarle con nombres nuevos, con esos que no aparecerán nunca en los resecos manuales de vuestras estanterías.
No tengáis miedo de reconocer la sed que os habita, ni os engañéis creyendo que vuestra condición de consagrados os exime de la precariedad y la vulnerabilidad que laten en cada ser humano: cambiad vuestra actitud de perpetuos "donantes" y sentíos caminantes con los que caminan y buscadores con los que buscan. Porque sólo entonces viviréis la alegre sorpresa de ser evangelizados por aquellos a quienes queréis anunciar el Evangelio. Aprended a escuchar mejor y, en vez de predicar y dirigir tanto, haceos expertos en preguntar, dialogar y compartir con otros esa pobreza que nos iguala a todos. Porque sólo si tocáis vuestra sed podréis entrar en el juego que yo aprendí junto al pozo: el hombre sediento que me pidió agua resultó ser el que calmó la mía y eso me decidió después a hablar de él a los de mi pueblo. Y precisamente porque yo me sabía necesitada de salvación, podía anunciar a otros que me había encontrado con alguien que me había acogido sin juzgarme ni condenarme. Venid a celebrar conmigo junto al brocal del pozo que la propia pobreza reconocida y puesta en relación con Jesús, no es un obstáculo para recibir el don del agua viva, sino la mejor ocasión para acogerla y dejarla saltar hasta la Vida eterna.
Pero os lo aviso, estad prevenidos: Él os puede estar esperando en cualquier lugar, en cualquier mediodía de vuestra vida cotidiana, precisamente cuando andabais enredados en pequeñas preocupaciones, en rencillas mutuas o en rancias ortodoxias en torno a rúbricas o privilegios. Si os detenéis a escucharle, estáis perdidos para siempre: Él al principio os pedirá algo sencillo (“dame de beber”, “llama a tu marido”)... , pero al final, volveréis a vuestra casa sin agua, sin cántaro y con la sed, antes desconocida, de atraer hacia él a la ciudad entera.
Acoged la noticia sorprendente de que es el Padre quien os busca y quien desea la respuesta de vuestra adoración. No tengáis miedo de esa palabra, tan extraña a los oídos del mundo porque es "la tierra otra" a la que, como Abraham, habéis sido convocados. Dejad atrás los viejos suelos que os sustentaban y adentraos en esa relación de apasionamiento por el Señor y su Reino en la que, como deseaba Benito de Nursia, nada se antepone a su amor. Y que convierte en una forma de existencia lo que proclamaba el orante del salmo: ¡Tu amor vale más que la vida!" (Sal 63,4).
(Tomado de la conferencia ”Buscadores de pozos y caminos: dos iconos para una vida religiosa samaritana”. Congreso Mundial de Vida Consagrada, Roma, Noviembre 23-27, 2004)
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1 Podemos hacer memoria de los " pozos" en los que hemos vivido encuentros profundos con el Señor y en los que hemos recibido de Él "agua viva" y contactar con nuestra sed y con los "puntos de fractura" propios y ajenos, reconociéndolos como ocasión de gracia.
3 Con lenguaje de S.Juan de la Cruz, reconocer las "menudencias que nos reparten la voluntad" (Subida Libro I, Cap 10,1) o el "hilo delgado que tiene asido al pájaro"(Subida, Libro I, Cap. 11,4). Y nuestra experiencia de un Dios que "no consiente a otra cosa morar consigo en uno"(Subida, Libro I, Cap. 5,8), poniendo nombre a los mil ajetreos que nos distraen, a las prisas que nos anestesian, a las ocultas adquisiciones que nos satisfacen, a las pequeñas seguridades que nos tranquilizan.
Pero como no siempre vamos a estar serios y trascendentes, podemos recordar el cuento de "Los siete cabritos" de nuestra infancia en el que, cuando llamaba a su puerta el lobo diciendo: “Abridme hijitos míos, que soy vuestra mamá”, ellos contestaban: “Enseñanos la patita...” Y el perverso lobo se la untaba de harina para engañarlos.
Sacar la moraleja de que hay que andar despiertos y vigilantes porque esos "pretendientes a maridos" nos cortejan constantemente llamando a nuestra puerta y necesitamos ayudarnos unos a otros a detectar algunos de sus trucos y disfraces.
i. La expresión es de Miguel Matos SJ en apuntes inéditos sobre formación.
pp. 334-335