La Casa de Sofia: El rio Version imprimable Suggérer par mail
06-04-05
L. Menéndez rscj

 

Para tiempos de oración

Hay en nosotras fibras íntimas de nuestro ser que han sido dañadas por nuestro pecado y el de los demás, pero Jesús tiene el poder para sanar esos "destrozos" (Lc 4,40-41; 7,21-23) y ejerce su acción liberadora frente al mal espíritu que se adueña de la psicología, de la afectividad, de nuestra interioridad... (Cf. Mc 5,1-20).
..."Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). 

"Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos del demonio (Hch 10,38). “ De su cuerpo salía un poder que curaba a todos”. (Mt 6,19).  “Con sólo tocar la orla de su manto, quedaré curada” (Mt 9,21).  Este poder de curación física y espiritual reside en las heridas y en la pasión de Jesús. 

“Con sus llagas hemos sido curados” (Is 53,5).

"Él sana los corazones destrozados y venda sus heridas” (Sal 147,3).  “Sostiene a todos los que caen, a todos los encorvados endereza” (Sal 145,14). 
“Está cerca de los que tienen roto el corazón” (Sal 34,19).

Contacta con esas fibras dañadas de tu ser que han sido más dañadas, con los aspectos de la luminosidad de tu infancia que quizá están ahora opacos: confianza, alegría, ilusión, creatividad, capacidad para admirarte o comunicarte. Quizá tus heridas te llevan a herir a los demás... Dialoga con el Señor sobre aquellas heridas que más estorban su obra en ti y a través de ti. Pregúntale qué es lo primero que él querría sanar en ti aunque quizá no coincida con lo primero de lo que tú querrías ser curada. Porque no todas tus heridas estorban a la gracia  y hay algunas que pueden ser decisivas en tu vida de relación y de misión (Cf. 2 Co 12,7-10).

Presenta todas estas heridas ante la mirada de Jesús, déjate tocar por él.

Hay a nuestro alrededor un mundo gravemente herido. Siéntete instrumento para que el amor de Jesús toque a través de ti a mis hermanos, hazte consciente de que el amor es lo único que puede curar. Acoge la acción sanadora y "reconstructora" de Jesús en ti. Ábrete a su perdón, tantas veces experimentado. Deja que esa fuerza de reconciliación fluya a través de ti en todas tus relaciones y en un mundo tan necesitado de "mujeres de reconciliación" y de "comunidades terapéuticas", capaz de acoger y sanar a hombres y mujeres golpeados por la vida.

Nuestra vida, como la de Jesús,  se despliega ante un rostro que se goza con nosotros y nos ama.  “Cuando Israel era niño yo lo amé.  Yo enseñé a Efraín a caminar tomándolo de los brazos...  Con cuerdas humanas les atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza un niño contra sus mejillas; me inclinaba ante él y le daba de comer” (Os 11,1-4).  “Eres preciosa ante mis ojos.  Eres estimada y yo te amo” (Is 43,4).  “Has encontrado gracia ante Dios” = Le gustas a Dios (Lc 1,30).

Acércate a Jesús en un rato de oración, desciende con él al Jordán, siéntete dentro de la escena, “pégate a él” y escucha como pronunciadas también sobre ti las palabras del Padre: Tú eres mi hijo querido, mi predilecto.. Deja que la seguridad de ser así amada  y elegida te llegue más hondo que cualquier sentimiento de culpabilidad, desconfianza o recelo. Y a partir de tu condición de hija amada y perdonada,  siéntete abrigada y a salvo, envuelta en la protección cálida de un amor que te acoge y te posibilita la existencia y el crecimiento.

Acepta el nombre nuevo que Dios ha soñado para ti desde toda la eternidad: Tú eres mi hija, te he llamado por tu nombre, tu eres mía. Estás bendecida, eres mi hija amada, tu nombre está tatuada en la palma de mis manos,  eres única y el Pastor te reconoce por tu nombre.

Haz tuyas las palabras del Salmo 103:
Como un padre siente ternura por sus hijos,
así el Señor siente ternura por sus fieles
porque él conoce de qué estamos hechos,
se acuerda de que somos de barro...”

Desde un punto de vista más existencial, el río evoca el transcurrir de la vida y del tiempo y la desembocadura final en el mar, atravesando la muerte.
Toma conciencia de tu manera de vivenciar el paso del tiempo: inconsciencia, temor, intento de trivializar ese dato de la caducidad humana...Acaricia la certeza de la muerte como el momento del encuentro:

“No sé lo que ocurrirá al final,
cuando el río de mi vida
desemboque en el mar de  la eternidad.
Lo que creo,
lo que  únicamente creo,
es que un amor me espera".

La fuerza de la corriente evoca la actitud de abandono, de dejarse llevar y conducir, frente al esfuerzo del nadador, y más si nada en dirección contraria:

“La imagen de una persona que flota en la corriente ha ido dominando progresivamente mi idea de lo que es la oración y, por lo tanto, la vida. El nadador está intensamente activo y se dirige a alguna parte; el que flota se deja llevar por la corriente y saborea el momento en que está. También él va a alguna parte, pero la dirección no es cosa suya, sino de la corriente que le lleva. Su principal decisión y actividad es confiarse a la marea. Si no lo hace, tiene que guiarse a sí mismo a través del movimiento de sus brazos; silo hace, puede confiarse, abandonarse a la marea y vivir intensamente el momento presente.”(T. H. Green, Cuando la fuente se seca)

 

"Dice Dios: Sois así, os conozco.
Haríais todo por mí, excepto ese pequeño abandono
que es todo para mí.
Por favor, sed como alguien
que está en un barco sobre un río
y que no rema constantemente sino que, a veces, se deja llevar por la corriente"

(Ch.Péguy)

Después de leer estos textos, siéntete flotando en la Corriente que te lleva y abandónate a ella...

“Cuando salto del trapecio necesito tener una absoluta confianza en el que va a cogerme. El público cree que la “estrella” soy yo pero, en realidad, el mérito es del otro, del que me coge cuando salto. El secreto está en no intentar agarrarle yo a él sino, sencillamente, extender mis brazos y manos y esperar a que sea él quien me agarre.-  Entonces ¿tú no haces nada?-   Absolutamente nada. Lo peor que un trapecista puede hacer es intentar coger al otro. Lo mío no es intentar cogerle, sino dejarme coger. Si fuera yo quien lo hiciera, podría romperle las muñecas a él o él a mí, y eso sería el final para ambos. El que vuela, debe volar y confiar en que el otro estará ahí, en el lugar y momento precisos para cogerle.

Me acordé de las palabras de Jesús: Padre, en tus manos pongo mi espíritu. Morir es confiarse en las manos de Otro, recordando que El estará ahí cuando demos el último salto. No intentemos agarrarle, será El quien lo haga. Lo nuestro es extender sencillamente nuestros brazos y nuestras manos y confiar”. (H. Nouwen)

  

Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Centro Sur

 


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