Las mujeres pasaron en vela la noche del sábado al domingo, oraban y recordaban, esperaban ansiosas la madrugada para salir corriendo al lugar donde habían puesto a su amigo, maestro y señor.
María, la de Magdala, María de Santiago y Salomé se adelantaron. Estaban impacientes por ungir a Jesús. Cuando llegaron encontraron que habían quitado la piedra que tapaba la entrada y el sepulcro vacío. Ante la sorpresa fueron a buscar a los demás pero, al ver lo sucedido, regresaron a casa. En cambio, María Magdalena, permaneció ahí. Como la mujer sirofenicia, ella no quería regresar hasta conseguir lo que quería: tocar el cuerpo de Jesús.
Desconcertada, María lloraba por el hombre que cariñosamente la había acompañado en su proceso de ser mujer, en su búsqueda de ser persona humana. Jesús, como lo había hecho hasta entonces, se acercó a ella con profundo respeto ante su dolor y ante sus necesidades y le preguntó “¿Por qué lloras? ¿A quién andas buscando?” Su intenso dolor la mantenía confundida pero valiente: “dime dónde lo has puesto y yo misma iré a recogerlo”.
Fue entonces cuando Jesús le regaló la primera experiencia de la resurreción: él la llamó por su nombre: “María”. Nombre que encierra una historia, unas raíces, una vida que Jesús ama y acoge. María pudo entonces ver y reconocer la Vida que andaba buscando.
María se acercó a Jesús, lo tocó y le llamó “!Rabbuní!”. Su cuerpo, abierto al otro y al Otro, lo acogió, lo estrechó, lo abrazó. En su cuerpo ella ya conocía lo que es la comunión y lo que es la diferencia. Desde sus entrañas ha percibido lo que es el gozo y el dolor del Otro o del otro que la habita. En su seno ella ha abrigado sueños y promesas y ha sentido el gozo y el dolor de respetar la libertad del Otro. Entonces Jesús le pidió que no lo retuviera y, al mismo tiempo, le ofreció un proyecto de vida nueva.
Junto al sepulcro, justo ahí donde parecía que ya no había remedio, Jesús presentó nuevas alternativas capaces de totalizar la persona entera de María: le ofreció la posibilidad de relacionarse con Dios como hija, la oportunidad de relacionarse con las demás personas como hermana y el derecho a realizarse humanamente como mujer plena, portadora responsable y testigo agradecido de una gran noticia.
En un mundo que no acepta el testimonio de las mujeres, Jesús no sólo lo aceptó sino que le entregó la misión de anunciar que está vivo, que ha resucitado. María Magdalena, digna de toda la confianza de su Maestro, se realizó como Apóstol de la primitiva iglesia, mensajera incondicional del Resucitado.
También ahora podemos recordar a numerosas “Marías Magdalenas” no por la fama de lloronas que se les ha hecho, sino por su terca insistencia en anunciar con sus vidas que Jesús está vivo en nuestra historia. En ellas podemos tocar a Jesús cuando comparten su techo y su pan con el hermano, cuando tienen su puerta abierta de par en par, cuando trabajan por hacer de su casa y de su ciudad un hogar habitable, digno para la vida, cuando en la liturgia incorporan el canto y el color, la vela y la Palabra.
Es cierto que muchas veces se dice que estas “Marías Magdalenas” sólo hablan desatinos y que no se cree en su capacidad para dar testimonio de la verdad. Ellas, sin embargo, insisten tercamente en lo que creen, y buscan con creatividad caminos alternativos para cumplir con la misión que se les encomienda de anunciar que Jesús está vivo en cada una de ellas, en la comunidad y en cada intento por recrear las realidades y las relaciones de acuerdo a la Buena Nueva.
Gracias a tantas “Marías Magdalenas” muchas niñas y niños saben que Jesús vive en nosotras y entre nosotras. Con su palabra evangelizadora recuerdan lo que aquellas mujeres recordaban el Sábado Santo y con su alegría pascual anuncian que Jesús es Buena Noticia siempre.
Georgina Zubiría M., rscj
Provincia de México-Nicaragua
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