Aprendiendo de Sofía Version imprimable Suggérer par mail
01-05-05
India, Léonie Work Luterman
La oración del 25 de mayo nos dice: “Oh Dios, que en tu infinita misericordia te dignaste adornar a Santa Magdalena Sofía con las virtudes de  la humildad y de la caridad que aprendió del Corazón de tu Hijo…”
Sabemos que nuestra fundadora fue verdaderamente humilde: lo mostró desde su infancia y en la vida religiosa hablaba mucho de esta virtud. De entre las muchas máximas que se han extraído de sus palabras, leemos entre otras: “ Si la caridad y la humildad no reinan en la Sociedad del Sagrado Corazón, pronto o tarde, se perderá para siempre”. “Jamás nos uniremos al Corazón de Jesús en plenitud y en el grado que él lo desea, si no tenemos profundamente arraigado en nuestro corazón el amor, el atractivo y la práctica de la humildad”.

Las Constituciones de 1815  tienen innumerables citas bíblicas implícitas, pero sólo 7 textuales: entre éstas leemos dos veces “ Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”  (Mateo 11,29): la primera vez es para exhortar a la novicia a aficionarse a estas virtudes ( Nº 72); la segunda culmina las cualidades que se le piden a la Superiora General ( Nº 266). Parece que con esto se nos quiere decir que toda nuestra vida, donde quiera que estemos, debe llevar como sello  la mansedumbre y la humildad.
La importancia de esta cita bíblica se reafirma en las Constituciones de 1982  en la cual se nos dice: “Volvemos una y otra vez a estas palabras de Jesús, como a una luz que poco a poco nos transfigura a su imagen: “ Aprenda de mi que soy mando y humilde de corazón”.

Los pobres de Yahweh

El llamado de Jesús a la humildad se inscribe en una rica tradición bíblica de “ los anawim”: humildes o pobres, los israelitas sumisos a la Voluntad Divina.
De entre muchos textos que tratan de ellos queremos citar a Isaías: “ En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu  de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados” ( Isaías 57,15).
         “Así dice Yahveh: los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Pues ¿ qué casa me van a edificar o qué lugar de reposo si el universo lo hizo mi mano y todo vino al ser? – oráculo de Yahveh – Pues en esto he de fijarme: en el mísero, pobre de espíritu y en el que tiembla  a mi Palabra” (Isaías 66,1-2).
Con Sofonías el vocabulario de la pobreza toma un colorido moral y escatológico: “Busquen a Yahveh Uds., humildes de la tierra que cumplen sus mandatos; busquen la justicia, busquen la humildad; quizá encuentren cobijo el Día de la ira de Yahveh” ( Sof.2,3).
         “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, se cobijará al amparo de Yahveh el Resto de Israel”  ( Sofonías 3, 12-13 a).
En Zacarías se anuncia al Mesías humilde; humildad, la cualidad que Sofonías atribuía al pueblo futuro:” ¡Exulta sin freno Sión, grita de alegría Jerusalén¡ Que viene a ti tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un asno, en una cría de asna. Se suprimirán los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de guerra, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio alcanzará de mar a mar, desde el Río al confín de la tierra” (Zacarías 9, 9-10).

Jesús manso y humilde de corazón

Mateo recoge, de un modo especial, la profecía de Sofonías en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra” (5,3-4).
En la alegoría de juicio final, Jesús, como juez supremo, se identifica con “ estos hermanos míos más pequeños”, los que sufren y carecen de los bienes de este mundo ( 25,40). Es Mateo quien trae el texto que ilumina nuestras Constituciones: “Tomen sobre Uds. mi yugo y aprendan de mi que soy mando y humilde de corazón y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (11, 29-30).

Lucas, como buen escriba de la “mansedumbre de Cristo” (Dante), subraya la misericordia del Maestro con los pecadores. Insiste en su ternura con los humildes y los pobres, y todo esto, en un clima de alegría espiritual, del gozo mesiánico del Mesías de los pobres.
En el Magnifica María canta a Dios que “exaltó a los humildes y a los hambrientos colmó de bienes” ( 1,52 b – 53 a). Jesús, en la sinagoga de Nazareth, declara cumplida la profecía de Isaías: “ El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido para anuncia a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de la gracia del Señor”
(4,18-19).
Las bienaventuranzas de Lucas muestran el plan de Dios de invertir la situación de esta vida, en que dominan los poderosos; como Mateo, alaba al Padre que ha ocultado estas cosas a los sabios  para revelarlas a los pequeños (cf. 10,21-22). Y lo subraya en su parábola del fariseo y le publicano:
“Porque todo el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado”(18,14).

En la vida cristiana

Muchos son los textos de las Cartas que insisten en la necesidad de la humildad y mansedumbre para vivir la vocación cristiana; pero hay dos textos de San Pablo que le dan la dimensión esencial que ellas representan para poder vivir la caridad, que es el mandamiento de Jesús, y la comunión de los cristianos a imagen y semejanza de la Trinidad.
El himno de Filipenses sobre el anonadamiento y exaltación de Cristo, una de cuyas frases también es citada textualmente en las Constituciones de 1815, empieza con una apremiante exhortación a la unidad: “Si hay una exhortación en nombre de Cristo, un estímulo de amor, una comunión en el Espíritu, una entrañable misericordia, colmen mi alegría, teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo y buscando todos lo mismo. Nada hagan por ambición, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás  como superiores a uno mismo, sin buscar el propio interés sino el de los demás. Tenga entre Uds. los mismos sentimientos de Cristo…” (2,1-5).
Muy semejante es el llamado de Efesios: “ Los exhorto, pues, yo, prisionero por el Señor, a que vivan de una manera digna de la vocación a que han ido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándose unos a otros por amor, teniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” ( 4,1-3).
En ambas exhortaciones, la humildad y la mansedumbre están en la base de la unidad y la comunión.

En nuestra Sociedad tenemos como divisa  Cor unum et anima una in Corde Jesu: volviendo a las máximas que se citaban al comienzo, la humildad está en la raíz misma de esta comunión a la cual somos llamadas como cristianas y como religiosas.

Margarita Hurtado rscj
Provincia de Chile

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Dernière mise à jour : ( 08-05-06 )
 

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