Ser sobre la tierra el Corazón de Dios Print E-mail
05 Jun 05

ser sobre la tierra el Corazón de Dios


photo: Clara Malo rscj

El Corazón de Dios

El Corazón de Cristo se nos ofrece a los cristianos y a toda la humanidad como el icono del Corazón de Dios: en sus afectos, sus sentimientos y sus deseos podemos conocer los afectos, sentimientos y deseos de Dios. En el Corazón de Cristo Dios nos revela su intimidad: su amor total, su humildad y su compasión. El amor de Dios se nos manifiesta como un amor que nos ama totalmente con todo lo que El es, y que nos ama completamente con todo lo que nosotros somos.  Dios se hace para nosotros fuente y manantial junto al que se puede crecer auténticamente, sin alienar, ni paralizar, ni mutilar, liberando de todos los temores (1Jn 4).

Y este amor también se nos ofrece como espacio de encuentro y  de reencuentro para acercarnos, como camino de reconciliación  para sacarnos del aislamiento. Puestos en el Corazón humilde de Dios podemos ser pacientes, bondadosos, comprensivos unos con otros; allí podemos no avergonzarnos de nuestras debilidades y de la necesidad de otros con la que todos andamos. La humildad con la que Dios se abaja y se despoja nos invita a perderle el miedo al abajamiento y al despojo propio, a la verdad, nos dispone a reconocer y llevar nuestra propia pequeñez y la de los demás, nos capacita para sostenernos y perdonarnos las faltas y defectos diarios. La humildad de Dios nos va haciendo humildes en el trato con los demás.

Así se nos ha manifestado Dios. Hemos conocido que nuestro Dios, el Dios de Abraham, el de Moisés, el de los profetas, el de María y el de Jesús es un Dios clemente y compasivo, rico en piedad y lento a la ira.  La actitud con la que el Corazón de Dios se vuelca hacia el mundo es la de la compasión. Podemos decir que nuestro Dios “padece con” nosotros nuestras heridas, que siente en sus entrañas el sufrimiento del pueblo. Es una experiencia maternal: la conmoción tiene lugar en el seno mismo de Dios y porque la siente se estremece y se abaja (cf. H. McLaughlin).  Dios nos ha amado poniendo en nosotros su mirada, se ha fijado en nuestros sufrimientos y en nuestra miseria y esa atención de Dios sobre nosotros le ha llevado a “renunciarse” a sí mismo para suscitar nuestra felicidad verdadera, una vida plena en nosotros, nuestra auténtica liberación. De todo esto estábamos privados y El, negándose a sí mismo, se hace uno con nosotros en la desolación para afirmarnos, afirmación que es  creadora (Simone Weil).  Este amor compasivo de Dios es redentor.

La compasión toca esencialmente al Corazón de ese Dios que, para salvar a la humanidad herida, tuvo la audacia de inclinarse tan profundamente sobre ella que llegó a encarnarse, a hacerse uno con ella. La compasión de Jesús es la de Dios. No es una simple reacción afectiva, es una reacción crítica, que tiene el valor de actuar contra la falta de sensibilidad, contra la indiferencia, contra el embotamiento social, contra todo lo que hiere a la humanidad. Dios se ha tomado en serio nuestras heridas, y no las acoge pasivamente. Jesús integra esta herida en su vida y en su cuerpo. Movido por la compasión, Jesús sale al encuentro del sufrimiento de la humanidad para curar, liberar, reconciliar. En El, sufrimiento y amor se unen y por El hallamos en el corazón de todo sufrimiento humano el Corazón de Dios (cf. H. McLaughlin).

Tengan ustedes los mismos sentimientos que Cristo Jesús

En Jesús se nos ha revelado Dios como amor total: habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo (Jn 13,1). Esta experiencia se prolonga en la vida de la Iglesia y a lo largo de todos los siglos en cada uno de nosotros. La totalidad del amor de Dios ha sido “depositado” en nuestros corazones. Los cristianos estamos llamados a vivir a la “altura” de esa gracia y ello requiere de nosotros también de la totalidad en el amor… Es la invitación que Jesús hace a amar a Dios y al prójimo con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (Mc12,30).  La práctica del amor unifica toda la vida, toma todas las dimensiones de nuestra afectividad y la lanza fuera de nosotros, hacia el Otro y hacia los otros. Esta unificación no puede entenderse ni  ser vivida sino desde la fe en la ternura y la fidelidad del Corazón de Dios, en la adhesión a la persona de Jesucristo y en la fidelidad al don y al llamado a amar como hemos sido amados por él (cf. C.Camacho).

Así, la disponibilidad de los cristianos para su misión en el mundo tiene sus raíces en la totalidad del amor, actitud en la que se unifica el amor de Dios y de los otros. Y el amor consiste en mirar al otro, detenerse un instante, esperar, escuchar.  Es un acto de atención y de consentimiento que nace del renunciamiento y que suscita una cadena de actos sucesivos  orientados a devolverle la existencia libre y plena al otro. El que ama, al negarse a sí mismo para acoger en él el dolor del otro, se ofrece como rescate por él, prolongando en la historia la entrega redentora de Cristo por nosotros. La Iglesia, uniéndose al acto extremo y supremo de amor de Jesús puede repetir con infinitas voces en todos los tiempos y lugares del mundo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes…”.

Las exigencias del amor a los demás y de la disponibilidad total a Dios y su plan de salvación, suponen esta conformidad con los sentimientos de Jesús. Podremos, pues, dar a nuestros hermanos una vida más plena en la que emerja lo mejor de cada uno y puedan vivir más abiertos a los otros y a Dios, en la medida que nuestros corazones se vayan asemejando al Corazón de Jesús. En el corazón de Jesús los cristianos encontramos a nuestro único Maestro de la vida.

Y así nos habla el Maestro: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón…”(Mt 11,29).   La humildad es la llave que nos abre al amor. Los cristianos estamos llamados fundamentalmente a ser hombres y mujeres que aman, que dan amor, un amor fuerte, verdadero, magnánimo.  En esto no podemos ser mediocres, no podemos ser débiles, no podemos vacilar. La novedad del mandamiento del amor que Jesús quiso llamar “mío”, consiste en que somos llamados a un amor universal, a salir de nuestro aislamiento, a entrar en comunión y vivir según el deseo de Dios (cf. C.Camacho). Un llamado que recibimos con nuestra afectividad a menudo complicada y herida, siempre limitada y frágil, una gracia que guardamos en vasijas de barro. Sin embargo, Jesús, conocedor de nuestro barro, no deja por eso de llamarnos a amar como El. La humildad nos ayuda a conocer juntamente nuestra miseria y nuestra grandeza, sin desprecios, con verdad. Al comprender que no valemos nada, que sin El no podemos hacer nada (Jn15,15) nos abrimos a la grandeza de Dios, que es nuestra grandeza, nuestra relación filial con Dios. Así como la inquietud y  la excesiva preocupación nos viene del deseo ansioso de la propia estima y del reconocimiento de los demás, en la humildad encontramos descanso, la paz y la  alegría del corazón.  La fuente de la humildad y la paz del corazón es el amor infinito de Dios, y esa es también la fuente de nuestra dignidad.

La humildad consiste, pues, en aceptar que no podemos existir fuera de Dios y vivir en consecuencia con esta verdad supone reconocer que ante su luz no podemos ocultar nuestras imperfecciones. La aceptación de nosotros mismos camina junto con el aprendizaje de la humildad. Aprendemos que la pobreza que nos acompaña sin cesar y que habita en nosotros es nuestra mayor riqueza, es una preciosa pobreza que nos ayuda a olvidarnos de nosotros mismos para fijar el corazón en Dios y en su voluntad con confianza.

Desde allí llegamos a conocer el amor de Dios por nosotros, nos hacemos capaces de él dejándolo habitar en nuestros corazones y al ocuparnos le permitimos actuar en nosotros, acción que tiene el poder de vencer la mezquindad, la indiferencia, la autocompasión, la envidia, el individualismo, las deslealtades. La fuerza de nuestro amor no viene de nosotros. Debemos decir con San Pablo: “¿qué tenemos que no lo hayamos recibido?” (1 Cor 4,7).  Es el mismo amor de Dios que desciende a nosotros el que nos hace capaces de descender a los demás para amarlos con un amor personal. Allí donde los desdichados son amados, Dios está presente (S. Weil). 

Sufrimiento redentor

Esta es la razón por la que Jesús se atreve a pedirnos que seamos compasivos como nuestro Padre es compasivo (Lc 6,36s). La compasión se manifiesta en la disposición a no juzgar ni condenar a los demás, en la facilidad para perdonar y en la generosidad para dar ¿Será mucho pedirnos?
Inclinarnos ante el dolor para contenerlo dentro de nosotros, sin caer en la tentación de extenderlo degradando y dañando a otros  por el odio, la envidia o el deseo de venganza que nos provoca, es algo que sólo puede venirnos de la gracia. El pecado que llevamos dentro de nosotros sale naturalmente de nosotros transformado en violencia y se propaga hiriendo nuestras relaciones y nuestro mundo. Pero en Jesús, el pecado no se transforma en ira sino en herida abierta, en sufrimiento y un sufrimiento redentor, porque en él se topó con un corazón lleno de bien y sólo de bien. En el Corazón de Jesús el odio se detiene transformándose en sufrimiento y porque Jesús lo contiene en el amor del Padre puede detener su círculo vicioso y contaminante. Únicamente en contacto con su Corazón  podemos hacer  que nuestro “barro no manche a otros”, que nuestro pecado no contamine. La paciencia y la esperanza con la que nos volvemos a El pueden hacer que el dolor de la humanidad que acogemos en nuestro corazón no se transforme en odio ni salga de nosotros convertido en violencia, sino que pueda ser acogido y contenido como sufrimiento en el que se prolonga el sufrimiento redentor de Cristo.

El poder de la compasion

La compasión es, pues, un sentimiento que duele y que deja en nosotros la marca de la herida abierta. Sufrir con el otro hasta el punto de conmoverse hasta las entrañas altera toda nuestra vida cómoda, egoísta, nuestra indiferencia y nuestro individualismo. Y porque nos altera intentamos adormecerla, reducirla a una “compasión de sillón”, la que se puede sentir momentáneamente frente a la televisión al ver el sufrimiento de tantas personas. Buscamos instintivamente evitar el sufrimiento, a lo más nos atrevemos a dejarnos ocupar de manera selectiva por la compasión.  Somos compasivos pero no cualquier sufrimiento  nos conmueve  hasta las entrañas.  Dentro de nosotros conviven todos los personajes de la parábola del buen samaritano: somos capaces de ser duros de corazón ante algunos y compasivos ante otros.  A menudo los cristianos hemos bloqueado el poder de compasión al no dejarnos afectar por los heridos, al  querer “disimular” y ocultar la herida de la humanidad que llevamos. De esta manera nos hacemos cómplices de los mecanismos que hieren  y siguen engendrando dolor, dolor que se expresa en múltiples formas de pobreza, opresión e injusticia a nuestro alrededor.  Pasar a vivir la compasión incondicional y universalmente y ser capaz de obrar en consecuencia supone aceptar una revolución dentro de nosotros y en nuestros ambientes. Dejar actuar en nosotros el poder de la compasión con toda su fuerza transformadora es una gracia que nos hace inclinarnos, como Cristo, hacia el sufrimiento de la humanidad para contenerlo y así liberarla de él. La práctica de la compasión es redentora al desencadenar una auténtica dinámica de humanización que salva al que la practica y al que la recibe.

Es, pues, misión de los cristianos despertar la compasión en el mundo y lo haremos en la medida que la encarnemos haciéndola pasar del corazón a la boca, a los pies, a las manos, a los ojos, a la inteligencia (cf. H. McLaughlin).

El valor de lo sencillo

Ser en la Tierra el Corazón de Dios es participar del don y la misión de Cristo, en quien nuestra dignidad de creaturas hechas a imagen de Dios queda restaurada. Esta, misión que es privilegio y deber a la vez,  supone “revestirse de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia; conllevarse mutuamente y perdonarse…”(Col 3,12s).  Sabernos partícipes del pecado del mundo, abrirnos a la necesidad de perdón y reconciliación que llevamos todos, significa aceptar la verdad de nuestro corazón: vamos heridos, nuestra vida está traspasada por una herida siempre abierta. En nuestra herida nos podemos reconocer todos hermanos, ella es un lenguaje universal que unifica a la humanidad entera.  El dolor nos pide detenernos, hacer silencio, esperar, escuchar y mirar. En ese momento es cuando permitimos a Dios entrar para que despierte en nosotros la necesidad de reparar, el deseo de reencontrarnos para volver a entendernos. En este gesto de detenerse y ponerse mutuamente atención consiste el amor. 

Nuestras heridas reconocidas y acogidas como algo real, guardan la promesa de hacer posible en nosotros una vida nueva.  Abrirnos a la compasión de Dios y de los demás nos hará pasar de la ansiedad de nuestras inagotables demandas y exigencias para aprender a vivir recibiendo; volver de nuestros deslumbramientos ante lo grandioso a lo hermoso y perfecto de lo pequeño y lo liberador de lo sencillo; completar nuestra torpe y limitada racionalidad con la sabiduría de la intuición y de los afectos; liberarnos de la esclavitud de los miedos, los apuros y las fatigas para permitirnos el tiempo, la paciencia, el camino inacabado; sacarnos el maquillaje de lo accesorio para poder afirmarnos en la seguridad que nos ofrece lo esencial.

Ser en la Tierra el Corazón de Dios significa andar por ella agradecidos:  “Te agradezco Padre porque has revelado estas cosas a los pequeños y sencillos  (Mt 11,25). Para vivir según el Corazón de Dios debemos ser contados entre los pequeños y sencillos que pueden decir, sin sentirse inferiores a los demás, que su felicidad proviene de Otro. El saberse objeto de la compasión de Dios llena el corazón de los humildes de gratitud y dignidad.  Si nos empeñamos en ser considerados sabios e inteligentes, nunca caeremos en la cuenta que el Corazón de Jesús contiene toda la riqueza y grandeza de nuestro corazón y que se nos ofrece como nuestro único y mayor tesoro  (Lc 12,33-34).

             Sofía Baranda F. rscj
                                                               Provincia de Chile

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