Esperar a que Dios hable: el riesgo del discernimiento comunitario
Llevamos siete días en discernimiento comunitario para buscar a la nueva Superiora General y sugerirle las personas que mejor podrían ayudarle en su consejo. Ha sido una experiencia profunda, inquietante, y por momentos, difícil y ardua. Se nos proponía arriesgarnos por el camino de construir consensos desde la escucha del Espíritu, confiando que, poco a poco, El nos llevaría a lo que fuera el mayor bien para la Sociedad.
El discernimiento fue preparado por varias semanas en las que nos conocimos unas a otras, conocimos nuestras realidades provinciales, contextos culturales, eclesiales y políticos, compartimos nuestra experiencia del Corazón de Jesús, nuestras búsquedas para manifestarlo a través de nuestra misión. Acogimos con honestidad nuestras diferencias, nuestras fragilidades, los deseos y la sed que nos movilizan. Desde esta verdad, acogida con gran paz, buscamos lo que Dios nos pedía como Sociedad para estos 8 años y qué tipo de gobierno necesitábamos para que nos animara a dar respuesta a estos llamados. Así entramos en el discernimiento de la Superiora General y su Consejo.
La invitación que nos hizo Mary Cavanagh fue la de iniciar y sostener este discernimiento desde dos actitudes: confianza y silencio.
Confianza en el Espíritu que nos conduce, seguras de que lo que buscamos está ya presente como regalo entre nosotras, aunque escondido en nuestra realidad limitada. Esto nos ha permitido presentarnos unas a otras con verdad y sencillez, sin avergonzarnos de nuestras fragilidades, conscientes de que ninguna de nosotras agota los deseos de Dios ni el carisma de la Sociedad. Así hemos discernido el futuro pensando siempre en que necesitamos completarnos mutuamente, en los equipos de servicio, entre las provincias y regiones, en nuestras mismas comunidades.
Silencio para escucharnos a nosotras mismas y unas a otras, sin apuro, sin interferencias de prejuicios ni proyecciones, “ayunando” en palabras, desapegándonos de opiniones, permitiéndonos tiempos y plazos largos y vacíos. Saber callar para que la palabra del otro, y del Otro, ocupe su espacio y para saber decir lo justo y lo necesario, de la manera adecuada y en el momento oportuno.
La confianza y el silencio nos han obligado a esperar que sea el Espíritu de Jesús el que atraviese nuestras impaciencias e inseguridades. El ha llenado nuestro espacio y nos ha enseñado, nuevamente a ponernos a disposición de la comunidad y, a través de ella, a disposición de El. Hemos hecho este camino seguras de que Dios está actuando discretamente entre nosotras.
Sofía Baranda F. rscj
Provincia de chile
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