En torno a la espiritualidad del Sagrado Corazón: algunas reflexiones PDF Print E-mail
03 Jun 08
Marisol Chirosa rscj
Marisol Chirosa rscj

La Espiritualidad del Sagrado Corazón es una forma especial de relacionarnos con Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

Pero es bueno establecer su objeto, sus fundamentos, sus actos propios, para conocer qué es exactamente y qué es lo peculiar de esta espiritualidad.

El objeto de esta espiritualidad  es el Corazón de Cristo Jesús, del Hijo de Dios encarnado, de un Dios que asume la naturaleza humana.

La palabra corazón, despierta en nosotros, antes que nada, la idea del órgano que palpita en nuestro pecho y del que sabemos, aunque quizás vagamente, que está íntimamente conectado no sólo con nuestra vida física, sino también con nuestra vida moral y emocional.

Esta relación explica que, el corazón de carne, sea universalmente aceptado como emblema de nuestra vida moral y emocional y que, por asociación, la palabra corazón ocupe el sitio que tiene en el lenguaje simbólico y que esa palabra se aplique a las cosas mismas que son simbolizadas por el corazón.

Pensemos, por ejemplo, en expresiones como “abrir el corazón”, “entregar el corazón” etc. Llega a pasar que el símbolo se despoja de su significado material y en vez del signo se percibe sólo lo que es significado. La palabra corazón nos trae a la mente las ideas de valor o amor.

Utilizamos la palabra corazón como un símbolo, no como una metáfora, porque la metáfora es un signo verbal mientras que el símbolo es un signo real.

Por otra parte, en el lenguaje normal, nosotros pasamos continuamente de la parte al todo y por eso cuando usamos el término corazón, nos estamos refiriendo a la persona en su totalidad.

Estas ideas nos pueden ayudar a determinar el significado de la espiritualidad del Sagrado Corazón.

En la espiritualidad del Corazón de Jesús hay que distinguir:

  • un significado material: el corazón de carne, como tal;
  • un significado metafórico: el amor de Jesucristo, significado por la palabra corazón;
  • un significado simbólico: el corazón de carne en cuanto símbolo de la vida emocional y moral de Jesús, especialmente de su amor hacia nosotros.


Por eso afirmamos que en la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús damos culto al corazón de carne de Jesús, en cuanto este simboliza y recuerda el amor de Jesús y su vida emocional y moral. (Expresión del Papa Pío XII en la Encíclica “Haurietis Aquas”)

Es decir que, aunque la espiritualidad se dirige al corazón material, no se detiene ahí: incluye el amor, ese amor que constituye su objeto principal, pero que únicamente se alcanza a través del corazón de carne, símbolo y signo de ese amor.

Por eso en la Espiritualidad del Sagrado Corazón hay que considerar dos elementos:

  • uno sensible: el corazón de carne y
  • uno espiritual: el amor que es representado y traído a la mente por el corazón de carne.


De estos dos elementos, el principal es el amor, que es la causa y la razón de la existencia de la espiritualidad, así como el alma es el elemento principal en el hombre.

Consecuentemente, la espiritualidad del Sagrado Corazón puede ser definida como una espiritualidad que se refiere al corazón de Jesucristo en cuanto el representa y recuerda su amor.

Decimos que la espiritualidad del Sagrado Corazón está basada en el simbolismo del corazón. Por consiguiente, hablar del Sagrado Corazón de Jesús es hablar del Amor de la persona de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Esta fuerza simbólica queda admirablemente completada al representar ese  corazón herido la herida visible de su corazón nos recuerda la invisible herida de su amor.

El Evangelio de Juan Cap. 19 dice: “Uno de los soldados, le abrió el costado de una lanzada y al instante salió sangre y agua”… Y más adelante citando la escritura exclama: “Contemplarán al que traspasaron”

Es fácil pensar que Jesús nos quiere decir cosas con esta apertura. Un corazón abierto es lo más contrario a un corazón duro y cerrado. “Les cambiaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” dice el profeta Ezequiel anunciando la nueva Alianza que cambiará lo más íntimo y lo más externo de los hombres. Vale la pena mirar el Corazón de Cristo abierto por la lanza y comparar el grado de apertura que se da en el nuestro.

El Corazón de Jesús  abierto en la cruz, es la última demostración corporal del amor divino. Este amor revela a cada hombre lo querido que es por Dios y hasta donde puede llegar un amor verdadero.

Juan Pablo II ha escrito que “el hombre no puede vivir sin amor”. “Si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente, permanece incomprendido para sí mismo, su vida está privada de sentido”.

Pero este amor debe ser fuerte y fiel aún en medio del dolor.

El amor le llevó a Cristo a entregarse por los hombres. Caer en la indiferencia indica estar lleno de un amor muy pobre, que apenas sabe distinguir entre amar y buscar el propio interés.

Cristo vino a la tierra para manifestar al hombre que Dios es amor, y al asumir nuestra naturaleza humana expresa ese amor con un realismo inaudito. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma perdido, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata de meras palabras. Es la expresión de su propio ser y actuar…

Benedicto XVI en su reciente encíclica “Dios es amor” escribe: “Cristo, en su muerte en la Cruz realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Allí en la cruz, podemos contemplar la verdad del amor de Dios al hombre y, a partir de allí, podemos definir qué es el amor. Desde esa  mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”.

El amor es por esencia difusivo: si el amor no se da, no se prodiga … se extingue… deja de ser amor.

Jesús lo expresó diciendo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por el que ama”… Juan empieza el Cap. 13 de su Evangelio afirmando que “sabiendo Jesús que había llegado la hora de salir de este mundo al Padre, amó a los suyos que quedaban en el mundo y los amó hasta el extremo”.

Y en la Cruz, cuando ya había entregado su vida por amor a los hombres, quiere dejarnos el signo de ese amor, el simbolismo de esa entrega en el corazon traspasado por la lanza del soldado, del que sale lo último que queda: sangre y agua.

Simbolismo que es una realidad. El agua limpia y es necesaria para la vida. La sangre es tan propia de la existencia que en la Biblia es empleada como sinónimo de alma o de vida. Sin sangre no hay vida. Una transfusión de sangre puede salvar una vida.

La sangre de Cristo expresa la nueva situación del cristiano: tiene la misma vida de Cristo en sus venas. La Eucaristía nos hace comulgar el cuerpo de cristo, junto con su sangre, su alma, su divinidad… su mismo ser, su misma vida, su mismo amor…

El cristiano se convierte en miembro de Cristo, por consiguiente, seguidor de Cristo, discípulo de Cristo, llamado y enviado por Cristo para dar testimonio del amor y manifestar el amor.

El corazón traspasado deCcristo nos hace tomar conciencia del Amor de Dios hacia el hombre y a la vez suscita el amor en nosotros, nos hace capaces de amar. El amor es posible, y nosotros podemos ponerlo en práctica, somos capaces de amar, porque hemos sido creados a imagen de Dios.

Somos capaces de vivir el amor y así llevar la luz de Dios al mundo. El amor es una luz, la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro, y nos da la fuerza para vivir y actuar.

Pero, fijémonos bien, el Amor que tenemos que manifestar, es el Amor que Cristo ha depositado en nuestros corazones. Lo que significa, amar con el Corazón de Cristo, que es el Corazón de Dios.

Esto nos señala a quién tenemos que amar, y cómo tenemos que amar.

En el mensaje del Evangelio Jesús nos va mostrando las características del verdadero amor.  Vamos recorriendo sus enseñanzas.

Ante todo nos dice que el principal mandamiento de la Ley es: “amar a Dios, sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, por amor a Dios”. Parece poner en un mismo plano el amor a Dios, el amor al Prójimo y el amor a nosotros mismos.

Este amor, no es una teoría, no se da en el aire. Cristo Jesús vino al mundo para enseñarnos que Dios es nuestro padre, que todos los hombres somos hijos de Dios. Somos la familia de Dios en el mundo. En esta familia, todos tenemos los mismos derechos,  por consiguiente, no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario.

La parábola del Buen Samaritano es el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado “casualmente”… no importa quién… no importa dónde …

En Mateo 25 nos reitera que todo lo que hagamos “con alguno de estos más pequeños que son mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Y, la víspera de su pasión nos deja como testamento un mandamiento nuevo “ámense unos a otros como yo los he amado”.

Recogiendo estas enseñanzas el apóstol Juan llega a decir “el que dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso”.

Al ejemplo de Jesús, la manera concreta de manifestar y practicar este amor, es el SERVICIO. En la última Cena, lava los pies a sus discípulos, se pone a su servicio y les dice: “les he dado ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho”.

Ciertamente no se refería Jesús sólo a ese momento que lo veían lavarles y secarles los pies; actitud de servicio les mostró y enseñó todo el tiempo que vivió con ellos. Al curar a los enfermos, dando vista a los ciegos, oído a los sordos, limpieza a los leprosos; al perdonar los pecados; al liberar a los posesos… al enseñar, al predicar, al acoger, al perdonar… se ponía l servicio de todos los que se le acercaban y creían en El.

El Amor de Jesús tiene una expresión esencial, sin la cual no puede darse auténtico amor: el perdón. “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen”… es su oración en la Cruz y la dirige a sus enemigos y a sus verdugos.

El precepto del amor nos manda amar a nuestros enemigos y a los que nos ofenden… este amor ciertamente se manifiesta en el perdón.

Tal vez no hay mejor manera de expresar la generosidad y auténtica compasión y misericordia del Corazón de Cristo, que la parábola del Hijo Pródigo. La mejor expresión humana de la compasión divina. Nos revela el amor que no conoce límites… el amor sanador de Dios por nosotros, siempre disponible e incondicional, siempre dispuesto a sacarnos del mal.

Por nuestra parte, lo que tenemos que hacer es: abrirnos al amor, recibirlo. En esto radica la conversión.  A este propósito, Juan Pable II escribía: “La parábola del Hijo Pródigo expresa de manera sencilla pero profunda, la realidad de la conversión.  Esta es la expresión más concreta de la obra del amor y de la presencia de la misericordia en el mundo humano. El significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre”.

Rosa Miranda rscj
provincia de Perú


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