Dibujo hecho por una niña en la clase de catecismo de Urszula Ciolek rscj en Moscú
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Ya llevo un año y medio trabajando en una pequeña consulta de pediatría. Y realmente, nunca pensé que me dedicaría a ella.
No es mi especialidad pero me he dado cuenta que los niños me encantan
y disfruto mucho con ellos al jugar y al contarles algún cuento. Me
parece una maravilla el ser espectadora de lo que pueden llegar a idear
en sus pequeñas cabecitas. Pero me pongo mala cuando tengo entre manos un pequeño enfermo grave. Me deja bastante impotente.
Al
comenzar el trabajo me invadieron gran cantidad de inseguridades y
temores por no ser mi trabajo más específico. ?Es mucho lo que puede
ocurrirle a un niño? me decía, pero comencé a adentrarme en este mundo
con ayuda de mi querida enfermera, Paqui. Empecé a conocer a los
niños, a sus padres, los problemas que tienen los niños y lo que les
afectan los cambios en el domicilio y no digamos las separaciones o los
divorcios de los padres. Es impresionante todo lo que se llegan a
plantear.
Y de esta forma conocí a un chiquitín de
3 años de edad llamado Elías. Este muchachito se llevaba más o menos
bien con la anterior pediatra que ocupaba la plaza. Y para él fue un
golpe el cambiar de médico, según comentaba la madre. Total que un buen
día lo conocí en la consulta. No recuerdo por qué llegó pero sí que
estaba llorando como un loco y sin posibilidad de agarrarlo bien. Ya os
podéis imaginar lo que era aquello, más parecía un aforo de lucha libre
que una consulta de pediatría. Terminamos como pudimos. La madre
sudando al igual que el chiquitín y yo exhausta. Digno de ver.
Tuvimos
varias consultas a lo largo de los meses que iban trascurriendo. Al
cabo de un tiempo el muchachito empezaba a regalarme alguna sonrisa
cuando venía con su madre o con su hermana. Y tuve la gran suerte
de aprenderme su nombre. El niño lo oía y se sentía diferente, parecía
como si fuera más importante. O eso me parecía a mí.
No
sé muy bien lo que le produjo el escuchar su nombre de mí pero a partir
de ahí la relación empezó a cambiar. No recuerdo al cabo de cuánto
tiempo pero de repente Elías empezó a entrar a la consulta sin llorar,
se sentaba solo en la silla de la consulta. Otro día me dejaba
auscultarlo sin rechistar. Notaba que la confianza iba aumentando.
Un
día se portó fenomenal y le regalé un cuento de los de publicidad.
Comencé a leerle el relato con voz infantil e intentando
caricaturizarlo, contándole los animalitos que allí se presentaban.
Bueno sólo le leí un par de paginitas pues el tiempo corría y la gente
esperaba, pero notaba al niño que estaba muy ilusionado con el
cuentecito. Era lindo escucharlo pasar las páginas con la cara
iluminada por la emoción preguntándome qué era esto o aquello. Habían
piratas y le maravillaban los pájaros y los barcos. El chaval se marchó
contento y pletórico. Creo que aquello fue un buen día en nuestra
relación.
En otra ocasión comenzó a decirme lo que le
trajeron los Reyes Magos. Empezó a describirme unos juguetes que se
notaba le gustaban. Y me decían cuáles eran sus amigos. Me regaló el
escucharle decir mi nombre y hasta me dio un beso. Casi nada fue
aquello.
Pero lo que más me dejó perpleja de lo que
son los niños es que a todo el mundo le decía mi nombre. La madre me
decía al entrar ?aquí viene su fan número uno?. El chaval entraba más
ancho que nadie y sonriendo.
Ahora entra en el
ambulatorio y va a pediatría tranquilo y contento de ver a alguien
amigable para él. Deja que se le explore con tranquilidad e incluso no
se queja al ponerle las vacunas. Me trae algún dibujo a la consulta
digno de imaginación. Y es que creo es importante intentar ponernos los
médicos a nivel del enfermo y sobre todo de los niños. Pues puede
llegar a ser una auténtica tortura la consulta, pero si nos la tomamos
con paciencia y tranquilidad será una gozada.
Así terminaba esta pequeña reflexión que he hecho para una revista médica. Os la comparto por todo lo que siento voy intentando aprender de nuestra labor como educadoras y como integradoras de la persona.
No sé si realmente esto que os comparto es o no educación y crecimiento
integral pero sí siento que esos niños me van ayudando a ver el rostro
de Jesús. Que la gente está muy perdida en el saber cómo se educa a un
hijo, cómo se debe alimentar y cómo se debe escuchar a un chiquitín. Al
igual que en otros lugares más específicos de educación, debemos
orientar a la gente a ser más felices y más integrados en todo lo que
hacen. Ayudarlos a ver el norte de su existencia. Tarea muy
difícil pero no imposible por lo que le he visto hacer a hermanas
nuestras.
En fin, agradezco todo lo que los
chicos sacan de mí misma. Creo que me han hecho volver a mi infancia, a
disfrutar con cosas sencillas y a sacar lo positivo y bueno de cada
situación. También me ha conllevado muchos resfriados, gripes,
diarreas, herpes, etc. Es increíble ver que tú te enfermas al igual que
ellos, que adquieres las mismas enfermedades. Y no es que estés mal
sino que estás en contacto permanente con la exposición al germen.
Agradezco mucho todo lo que me ha conllevado la consulta y sobre todo
las relaciones tan joviales. Me hacen recordar aquella frase de Jesús ?dejad a los niños se acerquen a mí?. Realmente
te enseñan a encontrar el reino en una sonrisa, en una caricia o en un
llanto, su sinceridad y su franqueza te pueden dejar fulminada. Para mí
está siendo una trasformación desde y por su amor.
Valle Adame RSCJ
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