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Puerto Rico, Lolín Menéndez rscj
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Este tema fue pensado primitivamente para el tiempo de Cuaresma, en el cual se nos llama a conversión, pero es igualmente válido para el tiempo pascual, en el cual la liturgia nos pone frente a la predicación apostólica de los Hechos de los Apóstoles, con la presentación de Jesucristo y el llamado a seguirlo.
Es muy conocido al texto de la alianza nueva de Jeremías 31,31 – 34, pero tal vez es menos conocida la reiteración de Ezequiel en su llamado a recibir un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Ezequiel profetiza entre los años 593 – 571 A.C. a los desterrados en Babilonia y anuncia un futuro mesiánico, dando inicio a la corriente apocalíptica. Tiene capítulos que son fuertes reproches a Israel, como cuando lo llama “casa de rebeldes” (2,5 – 8; 20), gente que no escucha (2,12). Le echa en cara, por una parte su infidelidad a Yahvé: la idolatría, el erigir en su corazón a “ las basuras”, palabra con la cual designa a los ídolos 38 veces; y por otra parte su pecado en la relación humana, como cuando le reprocha la violencia (7,11.23; 8,17; 9,9), la inmoralidad (45,9), la injusticia ( capítulos 22 y 24). Tiene además dos grandes alegorías sobre la infidelidad de Israel en los capítulos 20 y 23.
Pero el Señor, por consideración de su Nombre, tiene piedad para no exterminar a su pueblo (20,10 – 12). Quiere que el pecador viva (18,23; 32).
Ya en el capítulo 6 empieza a llamar a la conversión: “Sus supervivientes se acordarán de mí en las naciones en que estén deportados, a aquéllos a los que yo haya quebrantado el corazón adúltero que se apartó de mí y los ojos que se prostituyeron tras sus basuras” (6,8 b – 9). Aquí “prostitución” tiene la connotación profética de idolatría.
Más conocido es el texto siguiente: 11, 17 – 20: “Así dice Yahvé: yo los recogeré de en medio de los pueblos; los congregaré de los países en los que han sido dispersados y les daré la tierra de Israel. Vendrán y quitarán de ella todos sus ídolos y abominaciones. Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así serán mi pueblo y yo seré su Dios”.
En el capítulo 36, que es un oráculo sobre los montes de Israel, dice al pueblo que ha sufrido el ultraje de sus enemigos:”Los tomaré de entre las naciones, los recogeré de todos los países y los llevaré a su suelo. Los rociaré con agua pura y quedarán purificados de todas sus inmundicias y de todas sus basuras los purificaré. Y les daré un corazón nuevo, infundiré en Uds. un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en Uds. y haré que se conduzcan según mis preceptos y observen y practiquen mis normas. Habitarán la tierra que yo di a sus padres. Uds. serán mi pueblo y yo seré su Dios” (36,24 – 28). En la visión de los huesos secos que reviven al llamar al espíritu, dice Yahvé:” Infundiré en Uds. mi espíritu y vivirán; los estableceré en su suelo y sabrán que yo, Yahvé, lo digo y lo hago, oráculo de Yahvé” (37,14). Esto se reitera al final del capítulo, agregando “concluiré con ellos una alianza de paz que será para ellos una alianza eterna…pondré mi santuario en medio de ellos para siempre. Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy Yahvé, que santifica a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para siempre” (cf. 37,23 – 28).
Desde el capítulo 40, Ezequiel, que además de profeta es sacerdote, presenta un plan detallado de reconstrucción religiosa y política de la nación israelita en Palestina. Sus promesas de restauración y alianza postulaban una organización nueva de la comunidad. Era una época en que todo tenía que reconstruirse, y Ezequiel describe un Templo ideal.
La visión culmina con la “fuente del Templo”, capítulo 47,1 – 12: él ve salir agua del umbral del Templo hacia el oriente. A medida que avanza, crece el torrente y ya no lo puede cruzar. Ve como las aguas engendran vida, simbolizada en los peces del agua y en los árboles frutales de sus orillas.
Esta visión es retomada en el Apocalipsis de Juan: “Luego me mostró un río de agua viva que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay un árbol de vida que da fruto doce veces, una vez cada mes, y sus hojas sirven de medicina para los gentiles” (22,1 – 2). En esta simbólica y hermosa descripción de la Trinidad, el Espíritu es el agua viva. Es este el don que pedimos al suplicar. “Danos señor un corazón y un espíritu nuevo”.
Si nosotras tenemos como una riqueza la Palabra de Dios que nos guía, el Espíritu la inspira en el corazón de quienes son personas de buena voluntad, aunque no pertenezcan explícitamente a la Iglesia. Digo esto recordando una estrofa de la canción de Ángel Parra:
“Yo pecador
Me acuso esperar que un día
se haga justicia en la tierra,
que de veras seamos de barro,
y no como hoy,
puras piedras.”
Margarita Hurtado rscj
Provincia de Chile
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