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Beth Rondon Amarante en la aldea Myky donde vive.
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Convivencia y respeto: una experiencia de vida entre los Myky
Los Myky eran 23 personas cuando fueron encontrados en la selva en 1971, en noroeste del Estado de Mato Grosso, Brasil. Eran 28, cuándo, en el 1977, yo, Elizabeth Aracy Rondon Amarante, religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, miembro del Consejo Indigenista Missiónario (CIMI) vine a vivir entre los indígenas. Hoy, los Myky son 103, más de la mitad tienen menos de 12 años.
En el año 1972 se fundó el Consejo Indigenista Misionero. Desde su comienzo, la mística que impulsa y anima su actuar fue el respecto a la alteridad y pluralidad de los Pueblos Indígenas y, en consecuencia, el dialogo intercultural e interreligioso. El nuevo paradigma de pastoral indigenista del CIMI se explicita en la presencia discreta, dialogal, de testimonio y de profecía orientada hacia el protagonismo de los pueblos indígenas. Toda esa reflexión hizo camino en mi vocación y me hizo optar por una vida inculturada entre los Myky. Una opción-exigencia de convivencia y respeto.
Mi primera constatación fue que, ellos, los Myky, eran especialistas en convivencia, grandes maestros de respeto al otro. El idioma, incluso, es claro: no existe el verbo vivir, solo el verbo convivir. Convivir con la naturaleza, consigo mismo, con los otros y otras, y con lo sagrado. Un con-vivir que es com-partir. También el idioma me ha explicado que el otro/ la otra son tan profundamente dignos/as de respeto que no se puede afirmar algo de otra persona. No se puede acercarse a uno y decirle “Tu estás hilando algodón”. Se tiene que hacer la pregunta: ¿Estás hilando algodón? Entonces, la persona misma es la que confirma lo que hace. ¿Sutilezas lingüísticas? Más que eso: expresión de todo un sistema de relaciones.
Me encontré, por lo tanto, con un nuevo lenguaje, otra “gramática” de relaciones humanas. Relaciones que no son de dominación o individualismo, pero siempre relaciones de alteridad, de reciprocidad. Lo importante era aprender a comprometerme con la vida de un pueblo descubriendo y valorar su alteridad, intentando leer su interpretación de la realidad, su concepto de mundo y de la persona, su proyecto de vida. Al mismo tiempo, hacia la relectura de mi manera de ser y pensar, de mi manera de ubicarme en la realidad, de mi manera, incluso, de contemplar y descubrir la acción de Dios, el Amor de Dios actuando. Cargamos en nosotros/as un sistema de referencias, de estructuras culturales que se traducen en juicios, muchas veces en superioridad y poder...Pero, la propuesta de inculturación es un cambio de lugar social, de lugar cultural, una apertura de mente y de corazón: aprendizaje de acogida.
Los Myky tienen una noción tan fuerte de respeto, que les impide posicionarse frente al otro, hasta, a veces, contra actitudes nocivas al bien de la comunidad. Nos encontramos con situaciones complejas, con discernimientos nada fáciles ... ¿Como encontrar dinámicas de asesoría que logren respetar actitudes culturales que pero ayuden a que ellos mismos descubran los contra-valores de su propia cultura?
No es fácil ir más allá de esas limitaciones, de esas fronteras... Tenemos que pasar ( y aún no se termina de pasar!) por una experiencia existencial, espiritual, que se llama conversión. Desde otra lógica, desde otros símbolos.
Fue la lógica de los espacios lo que me facilitó ese cambio de visión, la lógica del “espacio-casa” Entre los Myky, la casa es un símbolo, un nicho cultural. La casa es un gran espacio, pero un espacio habitado. Un espacio que respira vida, que traduce convivencia, desde donde se vive lo sagrado, desde donde se transmite el proceso educativo. Es un modelo que simboliza la organización social del pueblo. En la casa no hay mesas, no hay sillas, no hay más que hamacas dispuestas en todas las direcciones. Hoy, la casa ya no está hecha de paja; la forma exterior, los materiales de construcción han cambiado. Son casas aparentemente modernas, pero lo fundamental es como la casa es experimentada en su interior. Eso es lo que no cambia. También hoy, en su interior, las casa permanecen un espacio-sacramento de esa nueva relación de “amorización” según la utopia de Teilhard de Chardin.
La casa retrata la importancia y el valor de la presencia del otro, de la otra lo más cerca posible, una presencia que se hace encuentro: encuentro de cuerpos, de afectividades, de personas en su diversidad y originalidad. Un espacio que habla de otra manera de vivir, una manera en que nadie se opone al otro, pero lo encuentra, lo toca, lo complementa. Una manera de vivir otro mundo posible en que nadie se considera superior, pero todos se igualan , se intercambian.
Mi necesidad de privacidad, mis deseos de silencio, toda mi manera de ser y de estar fueran cuestionadas por ese nuevo estilo de comportarse en grupo, en sociedad. Mi primera reacción fue aceptar lo inevitable, en seguida he sentido la urgencia de analizar los símbolos, respetar los valores y al final, me dejé llevar por la contemplación de esa otra lógica de vida. A lo largo de los años, intento aún asimilar en mi vida esa lección de convivencia. Poco a poco se va percibiendo lo que eso significa de alternativas de humanización ante nuestro mundo deshumanizado.
Muchos momentos, muchos acontecimientos me hicieron aprender de ellos más que traer algo, enseñar algo. Me acuerdo, cuando recién llegada, escribía en mi diario, y algunos se acercaran curiosos. Les dice entonces : “Si quieren, puedo enseñarles.” En seguida, una mujer me contestó: “¿Que dices? ¡No hablas bien! Tienes que decir: “Tu me enseñas y yo te enseño. Así es bueno.” No me olvido de esa primera lección de cómo relacionarme de igual a igual, respetando la sabiduría, los valores, la capacidad del otro, sin ninguna pretensión de ser más o saber más. Puedo decir también que mi experiencia de aprendiz se concretó más haciéndome mujer con las mujeres. Fueron ellas las que me situaron en el contexto cultural Myky, ya que ellas en su rol especifico hacen acontecer la vida, hacen acontecer la historia, hacen acontecer la fiesta.
La interculturalidad es un desafío. Desafío de escuchar. Escuchar las palabras y los silencios. Muchas horas he pasado a solamente escuchar. No tanto el lenguaje hablado (pues no domino totalmente el idioma) pero, sobretodo, el lenguaje de las miradas, de las sonrisas, de todo un compartir las cosas, los saberes, los afectos.
Y, más que todo – el compartir la fe. Ese es el punto fundamental, creo, del más hondo respecto frente a otra cultura, otras expresiones religiosas. Varios teólogos nos dicen que lo que se expresa de una forma en una tradición se puede expresar de otra forma en otra tradición, en otra cosmovisión. Eso se hizo evidente para mi cuándo me pidieron contar historias de Jesús. Les dije que a Jesús lo mató la rabia de los poderosos pero que, siendo Dios volvió a vivir. Les dije que para mostrar que estaba vivo se fue a pescar, asó los peces y los repartió. Una mujer no se cansaba de repetir: ” El mismo, El mismo ha pescado, ha asado los peces, El mismo los ha dado, para mostrar que estaba vivo”. Creo que, a partir de su vivencia religiosa esa mujer había entendido perfectamente: la señal más grande de la Vida es compartir. Jesús estaba vivo y por lo tanto su gesto más significativo fue compartir los peces. Lecturas y relecturas de un mismo Dios.
El diálogo Inter-religioso se basa en la conciencia del valor de la alteridad, en la riqueza de la diversidad de expresiones de fe. Pero, que interpelación para nuestra vida! Vivir es compartir! Por cierto, hablar explícitamente de Jesús es más fácil que dar testimonio de su Vida en nuestra vida! Lo fundamental en la propuesta misionera sigue siendo “dar razón de nuestra Esperanza” (1Pd.3,16). Hacerlo en lo cotidiano, hacerlo en la propuesta política que concreta toda misión de generar vida, cuidar la vida. En eso como en todo, la medida de nuestra coherencia es la medida de nuestra gratuidad. Gratuidad que he vivido en el gozo, pero muchas veces también en el dolor frente a la travesía histórica de los Myky. Dolor e impotencia al constatar como el sistema opresor alcanza, ahoga y llega por veces a destrozar valores, culturas y sabidurías ancestrales.
Pero creo que nuestra espiritualidad brota y madura en esa experiencia de encuentro con lo diferente, el otro, como momento concreto de contemplación del Corazón abierto!
(Adaptado de la revista Testimonio)
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Elizabeth Aracy Rondon Amarante rscj
Aldea Myky, Estado de Mato Grosso, Brasil
provincia de Brasil
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