|
|
|
Marisol Chirosa rscj, España
|
Habían pasado ya varias décadas de la muerte de Jesús. Los cristianos estábamos siendo perseguidos por los judíos, quienes además de expulsarnos de la comunidad, querían acabar con nosotros. Estaban convencidos de que atentábamos contra lo esencial de la fe: un solo Dios verdadero, un sólo pueblo elegido. Nosotros, en cambio, cada vez estábamos más convencidos de que el Dios que es todo amor, no podía ser solitario, sino un Dios-relación: Padre, Hijo y Espíritu. Por eso aceptábamos en nuestra comunidad a gente muy diversa: griegos, gnósticos, samaritanos, como si hoy dijeran vascos, ecuatorianos, catalanes, marroquíes, cubanos, refugiados pobres, gente de derecha y de izquierda.
Habían matado a varios de los nuestros, porque no quisieron negar su experiencia: que Jesús era el mismísimo Dios que se había hecho uno de nosotros, para enseñarnos cómo se crea comunión siendo totalmente diferentes; tanto como se identificaba Dios con un hombre galileo.
Al anochecer estábamos todos encerrados, muertos de miedo, con las puertas bien atrancadas. A la luz de una pequeña lámpara de aceite, alguien comenzó a leer el pasaje del Deuteronomio: “No les tengas miedo, que está en medio de ti el Señor, tu Dios...”. El que leía había sido torturado. Sus manos estaban heridas y la cicatriz de su pecho aún estaba abierta. Su voz y su presencia trajeron a nuestra memoria las promesas hechas por Jesús: “Nadie los arrancará de mi mano... de sus entrañas manarán ríos de agua viva”, era el Espíritu que se nos daba.
Súbitamente comenzamos a sentir la misma alegría de ver al Señor. La paz iba llenando nuestros corazones. Saber, porque lo había dicho Magdalena, que Jesús había resucitado, era nada comparado con la experiencia de sentirlo resucitado, en medio de nosotros y dándonos la paz. De la pequeña lámpara y de la Escritura, salía ahora una gran luz que nos sacaba del letargo y de la angustia. El Aliento divino nos estaba impulsando a ir más allá.
No estamos invitados a permanecer vacilantes, ni encerrados ni anónimos. La comunidad cristiana con el Espíritu de Jesús, que viene a nuestro encuentro, es enviada a perdonar y a perdonarse, las tantas veces que creyó que las diferencias de cultura y mentalidad eran un obstáculo para la unidad, y no el más claro testimonio de una comunidad Cristiana.
Ana Morales Pruneda rscj
área de Cuba
|