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Hace
tres años que trabajo en el Colegio Sagrado Corazón de Godella y la
vida en el aula siempre me sorprende. De casualidad empecé a trabajar
en el mundo escolar, y desde entonces, mi vida y el sentido de misión
han dado un giro inesperado: he descubierto talentos escondidos,
capacidades desconocidas, nuevos caminos por recorrer.
Todos
los días aprendo de mis alumnos, y más de una vez, me he descubierto
mirándolos con ternura, como adivinando su futuro, su vida, y
sintiéndome feliz de colaborar, modestamente, en su crecimiento humano.
Procuro
mirarlos como creo que Dios nos mira: con amor. ?Le miró y le amó?,
dicen de Jesús. Y cuando esa mirada no me es posible, pido al Señor la
conversión del corazón para acoger a todos por igual, sin
distinciones, sin preferencias.
Ella era una alumna ya
conocida. Empezamos el curso con dificultades: llegaba tarde, no
trabajaba lo que debía? y noté como mi corazón se endurecía con ella.
No la miraba con esa bondad que yo deseaba. Tomé conciencia de su
situación: sin padre, ni madre, viviendo con unos parientes,
adolescente, buscando el sentido de su vida, tan dura ya desde tan
joven?. Y vi claro lo que tenía que hacer: si con alguien tenía que ser
especialmente cariñosa, si a alguien tenía que mirar con amor, era a
ella. Mirarla como Dios lo hacía, sin más
Y el cambio se
produjo. Cambió mi actitud y la suya. Ella trabajó más, se volvió más
responsable. Yo me pude acercar a su ser y a su historia. Pude percibir
el amor de Dios en esa criatura indefensa y frágil. Y, superando mis
dudas, aprendí que los milagros existen.
Teresa Gomà rscj
Provincia de España Norte
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