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Palabra y vida: marzo
2: domingo IV de Cuaresma Jn 9,1-41
Resulta sorprendente que sea el barro el medio empleado por Jesús para hacer su obra, que es la de Dios, de devolver la vista al ciego y para manifestarse él mismo como luz. El barro aparece en la escena siempre en manos de Jesús, como una clara alusión al barro de la creación del Adam. Y nos dice también algo de las extrañas costumbres de Dios: es precisamente algo opaco y oscuro el instrumento para que el ciego recupere la vista y para que la luz vuelva a sus ojos.
4: Jn 5, 1-3, 5-16
¡Tantos años esperando inútilmente ser introducido en el agua de aquel estanque! Podemos reconocernos con facilidad en aquel hombre, impotente por sus propias fuerzas para encontrar remedio para su parálisis. De pronto llega Jesús y el agua del estanque se revela como lo que era: un agua muerta, incapaz de sanar. En cambio, la presencia de Jesús se convierte en la verdadera agua viva y el “no tengo a nadie” se quedaba atrás: alguien había transformado su inmovilidad en danza.
9: V domingo de Cuaresma Jn 11,1-45
Jesús va a realizar la obra por excelencia del Padre que es comunicar vida, y una vida que ya estaba en posesión de la muerte. Pero no es esa señal la que obtiene la fe de Marta, porque ella proclama su fe antes de ver resucitado a su hermano. Y es que si no ya no sería fe, porque lo propio de ésta es adelantarse y preceder a los signos. Y su verdadero apoyo está solamente en la afirmación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”.
10: Jn 8, 1-11
El miedo parece ser el dueño de todos los personajes: domina a la mujer, sitiada en medio de un círculo amenazante; se apodera después de los que acusaban al principio, y que se vuelven temerosos de ser juzgados por los demás si tiraban una piedra; proyecta su sombra sobre el propio Jesús, que es a quien en realidad están hostigando y acorralando. Le vemos inclinado sobre la tierra, lo mismo que en la oración del huerto, pero al final se endereza y pronuncia palabras de perdón. Y es el perdón el que logra la victoria sobre el miedo.
17: Jn 12, 1-11
Frente al gesto de María, los comensales reaccionan de dos maneras diferentes: unos, representados por Judas Iscariote, reacciona desde la lógica de la economía y la reserva, mientras que la respuesta de Jesús parte de la lógica de la gratuidad. Él mismo debió experimentar su vida como aquel frasco lleno de perfume que iba a romperse para inundar el mundo con la fragancia de su amor. Nosotros podemos hoy seguir reaccionando de una de esas dos maneras ¿cuál escogeremos?
18: Jn 13,21-33, 36-38
En ese momento en que Jesús está profundamente conmovido ante la perspectiva de la traición de uno de sus discípulos, el evangelista Juan hace presente a otro de ellos: el discípulo a quien Jesús tanto quería. Este discípulo que goza de una especial amistad e intimidad con Jesús, aparece como el confidente de sus secretos y no sentirá vergüenza de identificarse con él en la hora de su humillación, permaneciendo fiel al pie de la cruz. Cada uno de nosotros podemos ser ese discípulo: su lugar “no está reservado” .
20: Jueves Santo Jn 13, 1-15
Podemos entrar en el cenáculo en el que Jesús está reunido con sus discípulos para comer juntos la cena de Pascua y contemplar el gesto de Jesús de ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos para lavarles los pies. El Maestro está enseñando cuál es la manera acertada de estar ante "lo sucio" de los otros, ante sus defectos, sus fallos, sus pecados y nos invita a ponernos de rodillas para lavarlo y devolverles la posibilidad de continuar caminando. Estamos llamados a seguir haciendo eso “en memoria suya”.
22: Sábado Santo Mt 28, 1-10
Dos mujeres echan a andar cuando todavía está amaneciendo y se acercan a los lugares de muerte para intentar arrebatarle a la muerte algo de su victoria, para intentar borrar algo de su rastro a fuerza de perfumes. Saben que no pueden mover la piedra pero eso no detiene a esas “buscadoras del Crucificado” y la respuesta a su amor obstinado es el encuentro con el Señor Resucitado. De ellas recibimos la buena noticia: el Viviente sale siempre al encuentro de los que le buscan y los inunda con su alegría.
26: Lc 24, 13-35
Lo mismo que los de Emaús, podemos hacer en nuestra vida cristiana la experiencia de reconocer al Resucitado: también Él se nos acerca en los hermanos que caminan junto a nosotros; también nos sigue dirigiendo su Palabra, también parte para nosotros el Pan en cada celebración de la Eucaristía. Aquellos dos discípulos no fueron más afortunados que nosotros: el Señor se nos sigue haciendo el encontradizo en las encrucijadas de nuestros caminos.
30: II domingo de Pascua Jn 20, 19-31
“Les mostró las manos y el costado”. El Señor resucitado conserva, sorprendentemente, las huellas de la pasión y es así como podemos seguirle reconociendo vivo entre nosotros. Todos aquellos hombres y mujeres que llevan en sus vidas las marcas del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión, son, sabiéndolo o no, los testigos de que Dios está de su parte y de que ocupan un lugar preferencial en su corazón. Al Viviente no lo encontramos “rondando tumbas” sino entrando en contacto con aquellos que hoy son portadores de sus llagas. Ahí se nos manifiesta.
Dolores Aleixandre rscj
provincia de España Sur
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