Espiritualidad, género e inserción Convertir en PDF Version imprimable Suggérer par mail
01-02-08
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Torpa, India, Lolín Menéndez rscj

“La Teología feminista, íntimamente relacionada y agradecida con la Teología de la Liberación, subraya la importancia de la espiritualidad. En medio de la diversidad –en su comprensión y en su práctica-, se da una honda convergencia en que la espiritualidad:

  • Se da en la comunión fuerte y libre con la trascendencia
  • Surge siempre referida a la realidad y a los signos de los tiempos.
  • Genera una transformación interior.
  • Se explicita en comportamientos éticos que promueven, alimentan y defienden la vida, sobre todo cuando se encuentra amenazada.
  • Es profundamente relacional y vinculante con la historia, con la humanidad (propia, de las demás y los demás), con el cosmos.


Por eso, desde nuestra experiencia de género e inserción podemos hablar de ministerios de espiritualidad, al estilo del Espíritu que crea la vida y la habita gratuitamente y sin fronteras.

Porque Dios libremente nos creó a su imagen y decidió darse como amor para habitarnos, estamos llamadas al ministerio de la bondad, la belleza y santidad. Nuestro ser y quehacer, si así lo elegimos, puede:

  • Ser expresión histórica y corporal de Dios creador y amante de la vida.
  • Reconocer, dejarse atraer y vincularse solidariamente con toda realidad que exprese, simbolice y represente a Dios.
  • Acoger y asumir los deseos, los dolores, las preocupaciones y las preferencias de Dios.


Porque fuimos construidas por la mano de Dios desde lo más profundo de lo humano y desde lo más fecundo de la tierra, estamos llamadas al ministerio de la comunión, la solidaridad y la armonía, para subsanar con el diálogo, la tolerancia y la riqueza de lo diferente, la solitariedad alienante y el egoísmo depredador. Nuestro cuerpo y nuestro espíritu pueden:

  • Sentir, gozar y sufrir con los gozos y los dolores de la humanidad, de la iglesia, de la historia, del universo.
  • Apasionarse y consagrarse a la defensa de la vida, a la solidaridad con lo humano, a la armonía con la creación.
  • Incorporarse e incorporar todo, todas, todo en la comunión con Dios.


Por el lenguaje receptivo de nuestro cuerpo estamos llamadas a vivir el ministerio de la interioridad, la apertura, el discernimiento y la verdad. Nuestro cuerpo entero puede:

  • Ser expresión histórica del Espíritu de Dios que nos habita, nos fecunda y nos recrea permanentemente.
  • Escuchar, acoger y discernir los clamores de la creación en sus trabajos de parto.
  • Desear, proyectar y proponer actos creadores de plenitud de vida en comunión.
  • Recibir, reconciliar y amar con ternura los intentos de la humanidad que anhela un cielo nuevo y una nueva tierra en la que vivamos relaciones equitativas, dignas y libres.


Porque en el interior de nuestro cuerpo guardamos una semilla de vida, las mujeres podemos vivir el ministerio de la transformación y la transfiguración. Nuestra espiritualidad nos permite:

  • Transformar cada gesto, cada palabra, cada hecho, en germen de vida y esperanza.
  • Transfigurar los dolores en tiempos de dar a luz vida nueva, relaciones hermanadas, realidades solidarias.
  • Convertir nuestra pasión en compasión por cualquier vida amenazada.


Porque en nuestro cuerpo está inscrita la dimensión eucarística de la existencia, podemos vivir el ministerio de la entrega, la gratuidad y la fiesta. La espiritualidad de nuestros cuerpos nos permite:

  • Alimentar, cuidar y defender la vida con afecto, calidez y entrega desinteresada.
  • Elegir gastar nuestra vida en favor de la vida, a la manera de Jesús.
  • Celebrar, cantar y compartir la fiesta de Dios en cualquier signo de vida resucitada.


Porque nuestro cuerpo está hecho para conservar y dejar crecer en nuestro “centro” la vida, nuestro ministerio será el de la memoria del corazón. Nuestra memoria afectiva, sensual y sensorial nos permite:

  • Hacer de nuestros sentidos las puertas que vinculan la historia con el corazón de Dios.
  • Orientar nuestros placeres y nuestros poderes en la dirección de los amores y las preocupaciones de Dios.
  • Amar totalizantemente los deseos que Dios ha mostrado en la historia.


Por toda la estructura de nuestro ser como espacio de acogida, comunión y comunicación de vida, las mujeres podemos vivir el ministerio de la mostración del Misterio Trinitario abierto y derramado sobre el mundo. Por la espiritualidad que posibilita la estructura de nuestro ser, podemos:

  • Reconocer que Dios Trinidad ha escuchado entrañablemente el llanto de los inocentes.
  • Agradecer su decisión de transformar la historia a través de mujeres y hombres de fe llenos de su Espíritu de amor.
  • Confesar y proclamar que, en Jesús, nos muestra el camino para la comunión de vida en plenitud.


Por la convergencia de nuestro ser y quehacer con la Sabiduría, las mujeres tenemos un ministerio sapiencial, lúdico, pedagógico y acogedor. Por nuestra espiritualidad sapiencial las mujeres podemos:

  • Convocar, preparar y participar en el banquete del mundo, con una “mesa abierta en la que se comparten el pan y la palabra y en la que Dios mismo enjuga las lágrimas que surgieron de tanta opresión, injusticia, violencia y división”.1
  • Gozar con los gozos de Dios que se recrea con los gozos de la humanidad y la risa alegre de la creación.
  • Orientar, acompañar y explorar las posibilidades de lo humano para colaborar con Dios en la administración de su creación.
  • Contemplar, descansar y disfrutar todo signo amoroso y entrañable de Dios.


Por nuestra familiaridad con el Espíritu podemos vivir el ministerio de la profecía. Como amantes apasionadas de Dios, las mujeres podemos:

  • Anunciar su amor, cantar sus preferencias, celebrar sus victorias.
  • Denunciar las violaciones de su proyecto, los ultrajes a sus deseos, los rechazos a su amor.
  • Consolar al mundo herido, vivir en libertad, saber con certeza que acompaña nuestra soledad.


Basado en la reflexión que ofrece Ma. Teresa Porcile en “La mujer, espacio de salvación”. Montevideo: Trilce, 1991, p 286.

Adaptado por Georgina Zubiría M. rscj.
provincia de México – Nicaragua


  1.   SSCJ. Capítulo General 1994.

 



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