|
|
Torpa, India, Lolín Menéndez rscj
|
“La Teología feminista, íntimamente relacionada y agradecida con la Teología de la Liberación, subraya la importancia de la espiritualidad. En medio de la diversidad –en su comprensión y en su práctica-, se da una honda convergencia en que la espiritualidad:
- Se da en la comunión fuerte y libre con la trascendencia
- Surge siempre referida a la realidad y a los signos de los tiempos.
- Genera una transformación interior.
- Se explicita en comportamientos éticos que promueven, alimentan y defienden la vida, sobre todo cuando se encuentra amenazada.
- Es profundamente relacional y vinculante con la historia, con la humanidad (propia, de las demás y los demás), con el cosmos.
Por eso, desde nuestra experiencia de género e inserción podemos hablar de ministerios de espiritualidad, al estilo del Espíritu que crea la vida y la habita gratuitamente y sin fronteras.
Porque Dios libremente nos creó a su imagen y decidió darse como amor para habitarnos, estamos llamadas al ministerio de la bondad, la belleza y santidad. Nuestro ser y quehacer, si así lo elegimos, puede:
- Ser expresión histórica y corporal de Dios creador y amante de la vida.
- Reconocer, dejarse atraer y vincularse solidariamente con toda realidad que exprese, simbolice y represente a Dios.
- Acoger y asumir los deseos, los dolores, las preocupaciones y las preferencias de Dios.
Porque fuimos construidas por la mano de Dios desde lo más profundo de lo humano y desde lo más fecundo de la tierra, estamos llamadas al ministerio de la comunión, la solidaridad y la armonía, para subsanar con el diálogo, la tolerancia y la riqueza de lo diferente, la solitariedad alienante y el egoísmo depredador. Nuestro cuerpo y nuestro espíritu pueden:
- Sentir, gozar y sufrir con los gozos y los dolores de la humanidad, de la iglesia, de la historia, del universo.
- Apasionarse y consagrarse a la defensa de la vida, a la solidaridad con lo humano, a la armonía con la creación.
- Incorporarse e incorporar todo, todas, todo en la comunión con Dios.
Por el lenguaje receptivo de nuestro cuerpo estamos llamadas a vivir el ministerio de la interioridad, la apertura, el discernimiento y la verdad. Nuestro cuerpo entero puede:
- Ser expresión histórica del Espíritu de Dios que nos habita, nos fecunda y nos recrea permanentemente.
- Escuchar, acoger y discernir los clamores de la creación en sus trabajos de parto.
- Desear, proyectar y proponer actos creadores de plenitud de vida en comunión.
- Recibir, reconciliar y amar con ternura los intentos de la humanidad que anhela un cielo nuevo y una nueva tierra en la que vivamos relaciones equitativas, dignas y libres.
Porque en el interior de nuestro cuerpo guardamos una semilla de vida, las mujeres podemos vivir el ministerio de la transformación y la transfiguración. Nuestra espiritualidad nos permite:
- Transformar cada gesto, cada palabra, cada hecho, en germen de vida y esperanza.
- Transfigurar los dolores en tiempos de dar a luz vida nueva, relaciones hermanadas, realidades solidarias.
- Convertir nuestra pasión en compasión por cualquier vida amenazada.
Porque en nuestro cuerpo está inscrita la dimensión eucarística de la existencia, podemos vivir el ministerio de la entrega, la gratuidad y la fiesta. La espiritualidad de nuestros cuerpos nos permite:
- Alimentar, cuidar y defender la vida con afecto, calidez y entrega desinteresada.
- Elegir gastar nuestra vida en favor de la vida, a la manera de Jesús.
- Celebrar, cantar y compartir la fiesta de Dios en cualquier signo de vida resucitada.
Porque nuestro cuerpo está hecho para conservar y dejar crecer en nuestro “centro” la vida, nuestro ministerio será el de la memoria del corazón. Nuestra memoria afectiva, sensual y sensorial nos permite:
- Hacer de nuestros sentidos las puertas que vinculan la historia con el corazón de Dios.
- Orientar nuestros placeres y nuestros poderes en la dirección de los amores y las preocupaciones de Dios.
- Amar totalizantemente los deseos que Dios ha mostrado en la historia.
Por toda la estructura de nuestro ser como espacio de acogida, comunión y comunicación de vida, las mujeres podemos vivir el ministerio de la mostración del Misterio Trinitario abierto y derramado sobre el mundo. Por la espiritualidad que posibilita la estructura de nuestro ser, podemos:
- Reconocer que Dios Trinidad ha escuchado entrañablemente el llanto de los inocentes.
- Agradecer su decisión de transformar la historia a través de mujeres y hombres de fe llenos de su Espíritu de amor.
- Confesar y proclamar que, en Jesús, nos muestra el camino para la comunión de vida en plenitud.
Por la convergencia de nuestro ser y quehacer con la Sabiduría, las mujeres tenemos un ministerio sapiencial, lúdico, pedagógico y acogedor. Por nuestra espiritualidad sapiencial las mujeres podemos:
- Convocar, preparar y participar en el banquete del mundo, con una “mesa abierta en la que se comparten el pan y la palabra y en la que Dios mismo enjuga las lágrimas que surgieron de tanta opresión, injusticia, violencia y división”.1
- Gozar con los gozos de Dios que se recrea con los gozos de la humanidad y la risa alegre de la creación.
- Orientar, acompañar y explorar las posibilidades de lo humano para colaborar con Dios en la administración de su creación.
- Contemplar, descansar y disfrutar todo signo amoroso y entrañable de Dios.
Por nuestra familiaridad con el Espíritu podemos vivir el ministerio de la profecía. Como amantes apasionadas de Dios, las mujeres podemos:
- Anunciar su amor, cantar sus preferencias, celebrar sus victorias.
- Denunciar las violaciones de su proyecto, los ultrajes a sus deseos, los rechazos a su amor.
- Consolar al mundo herido, vivir en libertad, saber con certeza que acompaña nuestra soledad.
Basado en la reflexión que ofrece Ma. Teresa Porcile en “La mujer, espacio de salvación”. Montevideo: Trilce, 1991, p 286.
Adaptado por Georgina Zubiría M. rscj.
provincia de México – Nicaragua
-
SSCJ. Capítulo General 1994.
|