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Palabra y Vida: enero
11: Lc 5, 12-16
Si quieres.... Las palabras del leproso necesitan hoy una corrección porque, desde la muerte de Jesús y su entrega por nosotros, ya no puede quedarnos ninguna duda de que, en efecto, el quiere limpiarnos de nuestras enfermedades. Y es en lo más hondo de nuestro corazón donde experimentamos el poder de su perdón, que borra todo lo que nos separa de él y nos hace escuchar de nuevo sus palabras: Quiero, queda limpio.
13: Mt 3, 13-17 Bautismo de Jesús
El cielo abierto habla de desaparición de todo lo que impedía la comunicación con un Dios que ahora ha pronunciado en Jesús su Palabra definitiva. La expresión “mi hijo amado” revela la especial relación que existe entre él y el Padre: Jesús se sabe bendecido, agraciado e incondicionalmente querido. A partir de ese momento, su relación con Dios estará hecha de deslumbramiento, asombro, pura receptividad y dependencia filial. Estamos llamados a acoger con asombro agradecido el ser nosotros también “hijos amados del Padre”.
16: Mc 1, 29-39
Es mediodía y en casa de Pedro asistimos a una escena en tres cuadros. Primero, una mujer separada de la comunidad yace en postura de muertos poseída por la fiebre. Al final, la vemos de nuevo en al comunidad, puesta en pie, liberada de su enfermedad y en actitud de servicio, la misma que tomará Jesús, el Siervo. En medio, hemos contemplado a el haciendo lo mismo que continúa queriendo hacer con nosotros: acerarse, tomarnos de la mano, ponernos en pie.
17: Mc 1, 40-45
Para curar al leproso a Jesús le hubiera bastado una palabra pronunciada desde lejos. Su decisión de tocarlo es una expresión de su compasión infinita y de una ternura que necesita expresarse también por el contacto. Al hacerlo, está quebrantando una de las prescripciones de la Ley que declaraba impuro al que tocara a un hombre aquejado de lepra. No parece importarle: las personas son para él antes que cualquier ley. Nada le alejará de nosotros, de nuestras lepras, manchas o pecados, Hoy mismo podemos experimentar en nosotros su fuerza sanadora.
21: Mc 2. 18-22
El verdadero sentido del ayuno no es el “hacer penitencia”, sino simbolizar el deseo de Dios y crear un espacio vacío para acogerle. Jesús es consciente de que su presencia entre los suyos es lo que les está alegrando, nutriendo y haciendo fuertes, mucho más que cualquier alimento. ¡Por eso no ayunan! Están estrenando una nueva situación en la que Dios ha hecho presente su Reino y hay que celebrarlo. Pero esa noticia es tan novedosa que hay que volver a nacer, hay que revestirse de un vestido nuevo para recibirla.
24: Mc 3, 7-12
El rumor de lo que estaba pasando había debido circular de boca en boca: ha aparecido un hombre que nos se guarda nada, que no se reserva nada, que está abierto a todos. Es como un pan que se deja devorar y sus palabras son un bálsamo que acaricia y cura. Y una multitud hambrienta de ser tenida en cuenta, de encontrara a alguien que los aceptase como eran y no como deberían ser, se echaba encima de él para tocarlo. Estaba empezando la Eucaristía.
29: Mc 3, 31-35
La reacción de Jesús ante ela viso de que su familia está fuera resulta sorprendente, Sus palabras derriban cualquier muro que pretenda apoderarse de él y encerrarle en un ámbito privado y estrecho. Por eso abre ventanas y puertas e invita a todos a vivir la experiencia de una relación con él tan estrecha como la de madre con hijo, o como al que se tiene con un hermano. ¿Estamos dispuestos a dar el paso y a adentrarnos en esta relación?
(tomado de Palabra y Vida 2008, Publicaciones Claretianas )
Dolores Aleixandre rsc
provincia de España Sur
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