Françoise Cassiers rscj, Provincia de Bélgica – Nederland Imprimir E-mail
03.12.07
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Le Conseil Général en 1974:
Mary Catherine McKay (Etats-Unis), Maria Luiza Saade (Brésil), Concha Camacho (Supérieure Générale), Doreen Boland (Ouganda-Kenya), Françoise Cassiers (Belgique)
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Françoise à Miami
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Si mi vida fuese un libro, lo hubiese titulado: “El amor en la encrucijada.”  Con frecuencia he experimentado el hallarme en el punto de encuentro de dos realidades divergentes, a veces, contradictorias: situación incómoda pero, a través de la cual, el Amor siempre me ha salido al encuentro.

Nací en Bruselas, la mayor de siete hermanos, en el lugar de confluencia,- o más bien de separación – geográfica entre el barrio más elegante y el más pobre de la ciudad.

En mi país, estábamos atravesando un período de prosperidad, al cual iba a seguir uno de guerra y de ocupación militar, con su corte de privaciones y hechos violentos, pero también de valentía y generosidad (mis padres escondían en casa a miembros de la resistencia y todos sabíamos perfectamente, que si nos traicionaban, seríamos condenados a muerte).

Mi infancia se nutrió de todas estas realidades, las cuales, sin lugar a duda, me dotaron de un sentido muy fuerte de la responsabilidad frente a un mundo en el cual la bondad y el odio, el egoísmo y la solidaridad caminaban siempre muy cerca el uno del otro.

Siendo muy pequeña, una noche, el esplendor de un cielo cuajado de estrellas, me llenó  con tanta intensidad, de la presencia de Dios, que me pareció lo más normal que mi vida le perteneciese sólo a EL. A partir de mi Primera Comunión - a la cual me preparó muy bien la Madre Dessain,  joven religiosa por aquel entonces, y tan excelente educadora – ese anhelo se convirtió en una experiencia real de amistad y contacto con la persona de Jesús (de manera que cuando mi madre, muy creyente, me indicaba que “mi acción de gracias, después de la comunión, era tan breve” que me dije a mí misma: qué importancia puede tener esto si Jesús está siempre conmigo? ). Esta experiencia, a mis 6 años, fue fundamental para mí, dándole a mi modo de ser, siempre exigente y ansioso  un talante positivo y confiado. Era feliz en el colegio del Sagrado Corazón, con mis amigas de verdad,  que siguen siéndolo en la actualidad. A los 10 años, el día de mi Confirmación (a la cual también me preparó la Madre Dessain) el Espíritu Santo se convirtió en “una persona“ que me salía al encuentro, sin necesidad de intermediarios. Esta nueva experiencia me dio fuerza y alegría en muchas ocasiones, a lo largo de los años de adolescencia, que llegaron después, y que, a veces, fueron un tanto penosos.

A los 17 años  mi entrada en la universidad, fue el comienzo de una nueva y apasionante etapa de mi vida: dos años de hallazgos intelectuales y afectivos: las amistades masculinas que hice en aquella época siguen siendo muy hondas hoy día. La perspectiva de una vida religiosa  vivida exclusivamente entre mujeres, me estremecía... a pesar de lo cual, tras una desgarradora lucha interior, entraba  en el noviciado – demasiado pronto - según la expresión de la Madre Dessain, y le doy la razón - pero, o entraba enseguida o no lo haría nunca.

Del noviciado (54-55), en aquella época muy cerrado, en el sentido estricto de la palabra, conservo una impresión de asfixia y, al mismo tiempo, la experiencia de una oportunidad única para llevar una vida en la cual la oración se convertía en lo esencial; había que seguir los consejos de San Francisco de Sales: “Hija mía, haga como el martín pescador ( alción ),  que sobrevuela las aguas, y  se mantiene  vivo  respirando tan sólo con la parte superior de su cuerpo “… La Hermana Napier, maestra de novicias, con su discreción y su “británico” sentido del humor, mucho me ayudó a llevarlo a la práctica; a ella tampoco le resultaba fácil su tarea en aquellos años anteriores al Concilio en los cuales los cambios se presentían pero no se podían concretar: la Iglesia de Bélgica avanzaba con más rapidez que Roma y que nuestros Capítulos.

Los años de enseñanza que vinieron después, en Jette y, en especial, en Lindthout fueron años felices: quería a las alumnas, y, con los profesores, formábamos un equipo unido y muy dinámico. Cuando el Concilio abrió puertas y ventanas, yo, aprovechando ese tiempo de espera, había completado mis estudios universitarios con la ayuda de profesores que habían participado activamente en el Vaticano II  y a quienes interesaba la teología de la liberación (en aquel momento había en Lovaina muchos estudiantes de América Latina, como Camilo Torres, cuya foto se podía ver en muchos lugares). Fue un gran  soplo de aire fresco! Pero no era fácil de llevar a la práctica en nuestra vida religiosa y comunitaria: las que se lanzaban a seguir este camino, debían prepararse a enfrentamientos y críticas, a veces, muy duros.

Llegó después la época de nuestros Capítulos generales que nos trajeron cambios tan significativos. Enviada como delegada a los capítulos de los años 67 y 70 y al encontrar en éstos, en medio de muchas marejadillas, a tantas hermanas valientes y con mentalidad abierta  volví a confiar en la posibilidad, para nuestra congregación, de vivir el hoy con la misma audacia que lo hizo Magdalena Sofía en sus comienzos. El encuentro y tres años de poder convivir con Concha Camacho, fueron una gracia que me hizo mirar de otro modo a la realidad: personal, comunitaria, mundial. El descubrir tantas culturas diversas en las visitas del Equipo general, revivió el sentimiento de mi niñez: Según el cual, la injusticia se hace presente en todo el mundo pero que lo que importa es nuestra reacción frente a ella.

Yo había pedido que me enviasen a un país del “Tercer Mundo “de manera que fue una gracia, para mí, el pertenecer durante 4 años a la provincia de Egipto. A pesar de no tener buena salud, lo cual creo que hizo que yo fuese poco útil para la misión, la delicadeza y la generosidad de corazón del pueblo egipcio, especialmente en los pueblos y aldeas más remotas, el contacto con las mujeres humildes, todo ello,  me impactó  profundamente y,al mismo tiempo me hizo cambiar. Gracias a estos “pobres” y cuando volví a Bélgica por motivos de salud, pude hacer verdadera amistad con el mundo de la Emigración en Bruselas. Al mismo tiempo daba clases de religión en nuestro colegio de Jette, con una mayoría de alumnas belgas que formaban parte de la burguesía, y en una escuela de barrio, en la cual jóvenes marroquíes y turcos, se codeaban con ortodoxos griegos y con portugueses católicos, era la gran oportunidad de lanzar puentes entre contextos tan diversos: las alumnas de Jette llegaron a organizar una gran fiesta en los locales de la escuela del barrio! De toda esta mezcla de culturas surgió también un grupo de oración del cual, años más tarde, saldría nuestra primera novicia belga, después de 17 años sin haber tenido ninguna novicia…. ( ésta, ya  profesa, está trabajando en nuestras comunidades del Chad!).

Como la intención de estas líneas que comparto con vosotras no es la de ser  “noticia”  antes de tiempo, voy a pasar de largo los años que siguieron y que me han ayudado, de diversas formas, a vivir en esa encrucijada de culturas, ambientes  sociales, religiones y edades tan diversas. Ahora vivo con las hermanas mayores de nuestra provincia, entre las de más edad, que experimentan la soledad, heridas por una vida a la cual no le ven ya mucho sentido. Es un reto  en lo más profundo de mi ser, es también una alegría,  porque  esa misteriosa Presencia se halla en el corazón de la humanidad, la más abandonada e ignorada, y se nos revela, a través de ella,  con la fuerza de un amor para el que no existen fronteras…

Françoise Cassiers rscj
Provincia de Bélgica – Nederland

 


Última modificación ( 03.12.07 )