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14 de noviembre
Lc 17, 11-19
Celebrar la salvación
Agradecer es una doble fuente de salvación, o mejor dicho, una fuente constante de salvación...¡Y de alegría!
Nueve leprosos quedaron sanados, se presentaron a los sacerdotes y éstos testificaron su limpieza. Oficialmente quedaban reintegrados a la sociedad, luego de hacer una serie de rituales según su capacidad económica. Pero a un leproso le sucedió distinto; quizá gracias a su condición de extranjero. Las cuestiones de sacerdotes y rituales judíos le eran un tanto extraños, le quedaban lejos. Quizá por esto, terminar con esos fastidiosos trámites le pareció poco y complicado para su alegría. Alguien, un profeta judío, había tenido compasión de él sin importarle su religión. Sufría, y eso era para Jesús motivo suficiente para revelarle un rostro nuevo de Dios: el que libera, sana y recrea continuamente.
¿Cómo podría guardarse la alegría? ¿Cómo podrían, aquellos hombres de Jerusalén, ajenos completamente a su corazón, celebrar por él que había recibido un regalo de Dios? Los sacerdotes del Templo le quedaban cortos. ¿Quién podría alegrarse con él, festejar con él, además de su salud, el rostro nuevo de Dios que le había sido revelado? ¡Quien había tenido compasión!
Tarde se le hacía para regresar al lugar de donde había partido. Ese lugar, el que había sido lugar de desolación, se convertía ahora en un lugar sagrado, de memoria agradecida. Pasar por ese lugar, era volver a vivir la alegría de la vida, recuperada y nueva. La alegría de que Alguien se le había acercado en la desgracia. El profeta galileo dejó de ser un desconocido para convertirse en un amigo.
Es cierto que primero cayó a sus pies, gritando de alegría y alabando a Dios, pero luego siguieron los abrazos, las risas, los relatos de desgracias anteriores de él y sus amigos, la sorpresa de ir de camino, y de pronto, verse sano, limpio, completo. La acción de Jesús y la fe del hombre quedaron ligados para siempre en su recuperación, pero el compartir la alegría de aquellos dos hombres, uno por haber sido curado, y el otro porque alguien más había reconocido el verdadero rostro de su Padre, los unió para siempre. Esa fue la salvación mayor, desde aquél día.
(En agradecimiento a Lupe, compañero de Jesús).
Ana Morales Pruneda rscj
Area de Cuba
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