Ocho sugerencias para orar Convertir en PDF Version imprimable Suggérer par mail
04-08-07
0708_reflections3
Sophie Maille rscj

1. Dedica un tiempo de oración a hacerte consciente de esa presencia que te habita, mucho mas allá de lo que tú mismo puedes sentir o experimentar. Puede ayudarte respirar sosegada y profundamente, tratando de situarte desde esa zona de tu cuerpo que los orientales llaman hará o plexo solar en el que sentimos que acontece la respiración y que ayuda a descender del nivel de los pensamientos y las ideas hacia otra zona más silenciosa y receptiva de nuestro ser. Y desde ahí, únete a la voz inaudible pero real del Espíritu que en ti esta ya en comunicación con Dios, Padre y Madre nuestra, y le habla con el lenguaje familiar de los hijos.

Recuérdale a Jesús su promesa: "el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os dije" (Jn 14,16).. Pídele que te "recuerde" el Padre Nuestro.

2. Quizá en algunos momentos sientas con mas fuerza tus carencias y tu pobreza y tengas la tentación de pensar que no hay en ti nado digno de amor; es la ocasión de recordar que, mucho más allá de ese vacío que experimentas , estas habitado por un amor que te ha sido concedido como don y por una Presencia que, desde el fondo de ese abismo, esta orando al Padre y "consiguiendo" que te mire con ternura porque ve en ti la imagen de Jesús.

Durante un tiempo de oración, trata de aceptar esta propuesta de pensar en el Espíritu como presencia incondicional a tu lado, ensancha tu imaginación y sobre todo tu fe en que está ahí haciéndose cargo de tus limitaciones y tu pobreza, ofreciéndote la autenticidad y la fuerza de su oración para que apoyes en ella la tuya y se avive en ti el deseo del encuentro con Jesús.

3. Dedica un tiempo de lectura orante a encontrar tu "denominación de origen", es decir, tu condición filial en el primer capítulo de Efesios. Haz una pausa en aquellas palabras que expresen mejor para ti la gracia a la que estás llamado y pídele al Espíritu que te la recuerde y no deje que la "adulteres" o perviertas.

4. Existe en cada uno de nosotros una zona incomunicable y a la que casi no tenemos acceso ni nosotros mismos, pero que es transparente para el Espíritu que desde ahí enseña, atrae, conduce y mueve. Y esa conducción va siempre en la dirección de los grandes deseos del Padre nuestro; El Reino, es decir, el sueño del Padre sobre el mundo como humanidad reconciliada en la que todos tengan acceso a la mesa del banquete. Pide al Espíritu dirección y consejo para todo ello, háblale de tu deseo de empeñar tu vida, allí donde estés, en la construcción del Reino, o favor de los desposeídos del mundo y a su servicio.

5. Casi siempre nuestra mayor dificultad para llamar a Dios "Padre" o "Madre" está en que, al sentir el dolor y la injusticia en el mundo, no comprendemos cómo Dios que es Padre puede permitirlo. En la oración no podemos evadirnos de la conflictividad de la vida; es precisamente en ella donde podemos aprender a vivir todo eso como Jesús.

Elige alguna situación de sufrimiento que te afecte especialmente, no rehuyas el contemplarlo, escucha la resistencia que nace en ti al enfrentarte con esos "gemidos de parto" de la humanidad. No rechaces tus sentimientos de queja, oscuridad, preguntas, rebeldía...Acude con todo ello a Jesús, apóyate con fuerza en la roca de su confianza inquebrantable en el Padre, entra en sus sentimientos y exprésale tu deseo de fiarte más de El que de tus impresiones.

Hazte consciente de que tienes dentro de ti el manantial inagotable de la experiencia filial de Jesús. Escúchale repetirte que la realidad última es acogedora, que la misericordia es mayor que el mal, que la esperanza es mayor que la frustración.

6. Uno de los adjetivos bíblicos para describir la conducta de Dios con su pueblo es rajum que pertenece a la misma raíz que rejem (útero, seno materno). Nos transmite la experiencia de un Dios que es ternura entrañable y la convicción de que en El encontramos la cercanía cálida del amor de una madre por su hijo.

En un rato de oración visualiza la situación de un niño aún no nacido en el seno de la madre.  Obsérvalo protegido, a salvo, recibiendo alimento, vida, crecimiento...Identifícate con él, revive esas sensaciones que también tú has experimentado aunque no tengas conciencia de ellas. "En Dios vivimos, nos movemos y existimos' (He 17,28) Siéntete "en El", acogiendo su amor creador, su acción en ti, su proyecto ilusionado que hoy sigue rehaciéndote y recreándote. Lee después el Salmo 138 (139) deteniéndote en las expresiones que más coincidan con tus sentimientos.

7. Haz memoria de lo que puede haber en tu vida de rebeldía, resistencias, rechazo a lo que consideras "voluntad de Dios". Quizá la tienes asociada a algunos acontecimientos de tu pasado o circunstancias personales que no acabas de integrar: salud, condicionamientos o limitaciones personales, experiencias de pérdida...O quizá la pones en relación con cosas difíciles que puede pedirte, con exigencias que te provocan temor...

Siente todo eso como una carga que coges y metes en una mochila imaginaria, ponía sobre tus hombros.

Acércate con ella a Jesús para que sea El quien te explique que "la voluntad del Padre" consiste en su amor, su complacencia .su predilección y que descansa sobre ti lo mismo que descansó sobre Jesús. Y que el único proyecto del Padre(su voluntad, su sueño, su deseo... es que nos parezcamos a Jesús, que vivamos en "comunidad de vida con él" ( 1 Cor 1,9). "conformes con su imagen" (Rm 8 29)...

Déjale explicarte que lo que El llamaba "voluntad del Padre" y que nos enseña a desear en el Padre nuestro no es algo amenazante, ni uno norma prefijada a la que ajustarse. ni de un programa que cumplimentar; es el deseo de un Dios "a favor nuestro” (Rom 8,31) que quiere que sus hijos vivan: un Dios que arriesga su voluntad en la impaciencia de esa espera y en la expectación de un deseo que no sabe de imposiciones ni de amenazas, sino de atracción, seducción y contagio.

"La voluntad de Dios, te dice Jesús, se parece a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, por la alegría, fue y lo vendió todo para comprar aquel campo". No por voluntarismo ,ni por convicción, ni por sacrificio, sino "por la alegría", por el mismo gozo secreto de saberse en posesión de algo valioso que le hacía decir a El: "Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis, hacer la voluntad de mi Padre" (Jn 4,34). Y un alimento es algo que produce fruición y vitalidad y crecimiento y plenitud, y alegría.

Únete a Jesús, trata de coincidir con su obediencia incondicional, con su confianza al Padre. Pídele "hacer su voluntad" no con el acatamiento de un siervo que se somete, sino la comunión, la afinidad, la adhesión profunda de un hijo que se fía.

8. Recuerda la acogida del padre de la parábola al hijo que se marchó de casa a la luz de este poema:

Cada mañana
    sales al balcón y oteas el horizonte por ver si vuelvo.

Cada mañana
    bajas saltando la escalera y echas a correr por el camino
    cuando me adivinas a lo lejos

Cada mañana
    me cortas la palabra, te abalanzas sobre mí
    y me rodeas con un abrazo redondo el cuerpo entero

Cada mañana
    contratas la banda de músicos
    y organizas una fiesta por mí en el ancho mundo

Cada mañana
    me dices al oído: "Hoy puedes empezar de cero..." (Patxi Loidi)

Contacta después con tus propios sentimientos para darte cuenta de si existen en ti resistencias a pronunciar desde ti mismo estas palabras. El decirlas des de el fondo supone estar convencido del perdón de Dios. Si no has llegado aún a hacer esa experiencia desde el que puedes tú mismo perdonar a otros, añade al comienzo de la oración: "Padre, ayúdame a creer que cada mañana..." y repítela lentamente una y otra vez hasta que la convicción de que es así como Dios nos ofrece su perdón y como quiere que nosotros lo vivamos nos reconciliemos con los demás.

Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur


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Dernière mise à jour : ( 20-07-07 )
 

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