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1. Dedica un tiempo de oración a hacerte consciente de esa presencia que te habita,
mucho mas allá de lo que tú mismo puedes sentir o experimentar. Puede
ayudarte respirar sosegada y profundamente, tratando de situarte desde
esa zona de tu cuerpo que los orientales llaman hará o plexo solar en
el que sentimos que acontece la respiración y que ayuda a descender del
nivel de los pensamientos y las ideas hacia otra zona más silenciosa y
receptiva de nuestro ser. Y desde ahí, únete a la voz inaudible pero
real del Espíritu que en ti esta ya en comunicación con Dios, Padre y
Madre nuestra, y le habla con el lenguaje familiar de los hijos.
Recuérdale a Jesús su promesa: "el Espíritu Santo que enviará el
Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo
os dije" (Jn 14,16).. Pídele que te "recuerde" el Padre Nuestro.
2. Quizá en algunos momentos sientas con mas fuerza tus
carencias y tu pobreza y tengas la tentación de pensar que no hay en ti
nado digno de amor; es la ocasión de recordar que, mucho más allá
de ese vacío que experimentas , estas habitado por un amor que te ha
sido concedido como don y por una Presencia que, desde el fondo de ese
abismo, esta orando al Padre y "consiguiendo" que te mire con ternura
porque ve en ti la imagen de Jesús.
Durante un tiempo de oración, trata de aceptar esta propuesta de pensar
en el Espíritu como presencia incondicional a tu lado, ensancha tu
imaginación y sobre todo tu fe en que está ahí haciéndose cargo de tus
limitaciones y tu pobreza, ofreciéndote la autenticidad y la fuerza de
su oración para que apoyes en ella la tuya y se avive en ti el deseo
del encuentro con Jesús.
3. Dedica un tiempo de lectura orante a encontrar tu
"denominación de origen", es decir, tu condición filial en el primer
capítulo de Efesios. Haz una pausa en aquellas palabras que
expresen mejor para ti la gracia a la que estás llamado y pídele al
Espíritu que te la recuerde y no deje que la "adulteres" o perviertas.
4. Existe en cada uno de nosotros una zona incomunicable y a la
que casi no tenemos acceso ni nosotros mismos, pero que es transparente
para el Espíritu que desde ahí enseña, atrae, conduce y mueve. Y esa
conducción va siempre en la dirección de los grandes deseos del Padre
nuestro; El Reino, es decir, el sueño del Padre sobre el mundo como
humanidad reconciliada en la que todos tengan acceso a la mesa del
banquete. Pide al Espíritu dirección y consejo para todo ello,
háblale de tu deseo de empeñar tu vida, allí donde estés, en la
construcción del Reino, o favor de los desposeídos del mundo y a su
servicio.
5. Casi siempre nuestra mayor dificultad para llamar a Dios
"Padre" o "Madre" está en que, al sentir el dolor y la injusticia en el
mundo, no comprendemos cómo Dios que es Padre puede permitirlo. En la
oración no podemos evadirnos de la conflictividad de la vida; es
precisamente en ella donde podemos aprender a vivir todo eso como
Jesús.
Elige alguna situación de sufrimiento que te afecte especialmente, no rehuyas el contemplarlo, escucha la resistencia
que nace en ti al enfrentarte con esos "gemidos de parto" de la
humanidad. No rechaces tus sentimientos de queja, oscuridad, preguntas,
rebeldía...Acude con todo ello a Jesús, apóyate con fuerza en la roca de su confianza inquebrantable en el Padre, entra en sus sentimientos y exprésale tu deseo de fiarte más de El que de tus impresiones.
Hazte consciente de que tienes dentro de ti el manantial inagotable de la experiencia filial de Jesús. Escúchale
repetirte que la realidad última es acogedora, que la misericordia es
mayor que el mal, que la esperanza es mayor que la frustración.
6. Uno de los adjetivos bíblicos para describir la conducta de Dios con su pueblo es rajum que pertenece a la misma raíz que rejem
(útero, seno materno). Nos transmite la experiencia de un Dios que es
ternura entrañable y la convicción de que en El encontramos la cercanía
cálida del amor de una madre por su hijo.
En un rato de oración visualiza la situación de un niño aún no nacido en el seno de la madre. Obsérvalo protegido, a salvo, recibiendo alimento, vida, crecimiento...Identifícate con él,
revive esas sensaciones que también tú has experimentado aunque no
tengas conciencia de ellas. "En Dios vivimos, nos movemos y existimos'
(He 17,28) Siéntete "en El", acogiendo su amor creador, su acción en ti, su proyecto ilusionado que hoy sigue rehaciéndote y recreándote. Lee después el Salmo 138 (139) deteniéndote en las expresiones que más coincidan con tus sentimientos.
7. Haz memoria de lo que puede haber en tu vida de rebeldía, resistencias, rechazo a lo que consideras "voluntad de Dios".
Quizá la tienes asociada a algunos acontecimientos de tu pasado o
circunstancias personales que no acabas de integrar: salud,
condicionamientos o limitaciones personales, experiencias de
pérdida...O quizá la pones en relación con cosas difíciles que puede
pedirte, con exigencias que te provocan temor...
Siente todo eso como una carga que coges y metes en una mochila imaginaria, ponía sobre tus hombros.
Acércate con ella a Jesús para que sea El quien te explique que
"la voluntad del Padre" consiste en su amor, su complacencia .su
predilección y que descansa sobre ti lo mismo que descansó sobre Jesús.
Y que el único proyecto del Padre(su voluntad, su sueño, su deseo... es
que nos parezcamos a Jesús, que vivamos en "comunidad de vida con él" (
1 Cor 1,9). "conformes con su imagen" (Rm 8 29)...
Déjale explicarte que lo que El llamaba "voluntad del Padre" y
que nos enseña a desear en el Padre nuestro no es algo amenazante, ni
uno norma prefijada a la que ajustarse. ni de un programa que
cumplimentar; es el deseo de un Dios "a favor nuestro” (Rom 8,31) que
quiere que sus hijos vivan: un Dios que arriesga su voluntad en la
impaciencia de esa espera y en la expectación de un deseo que no sabe
de imposiciones ni de amenazas, sino de atracción, seducción y
contagio.
"La voluntad de Dios, te dice Jesús, se parece a un tesoro escondido en
un campo que, al encontrarlo un hombre, por la alegría, fue y lo vendió
todo para comprar aquel campo". No por voluntarismo ,ni por convicción,
ni por sacrificio, sino "por la alegría", por el mismo gozo secreto de
saberse en posesión de algo valioso que le hacía decir a El: "Yo tengo
un alimento que vosotros no conocéis, hacer la voluntad de mi Padre"
(Jn 4,34). Y un alimento es algo que produce fruición y vitalidad y
crecimiento y plenitud, y alegría.
Únete a Jesús, trata de coincidir con su obediencia incondicional, con
su confianza al Padre. Pídele "hacer su voluntad" no con el acatamiento
de un siervo que se somete, sino la comunión, la afinidad, la adhesión
profunda de un hijo que se fía.
8. Recuerda la acogida del padre de la parábola al hijo que se marchó de casa a la luz de este poema:
Cada mañana
sales al balcón y oteas el horizonte por ver si vuelvo.
Cada mañana
bajas saltando la escalera y echas a correr por el camino
cuando me adivinas a lo lejos
Cada mañana
me cortas la palabra, te abalanzas sobre mí
y me rodeas con un abrazo redondo el cuerpo entero
Cada mañana
contratas la banda de músicos
y organizas una fiesta por mí en el ancho mundo
Cada mañana
me dices al oído: "Hoy puedes empezar de cero..." (Patxi Loidi)
Contacta después con tus propios sentimientos para darte cuenta
de si existen en ti resistencias a pronunciar desde ti mismo estas
palabras. El decirlas des de el fondo supone estar convencido del
perdón de Dios. Si no has llegado aún a hacer esa experiencia desde el
que puedes tú mismo perdonar a otros, añade al comienzo de la oración:
"Padre, ayúdame a creer que cada mañana..." y repítela lentamente una y
otra vez hasta que la convicción de que es así como Dios nos ofrece su
perdón y como quiere que nosotros lo vivamos nos reconciliemos con los
demás.
Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur
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