Betty Shearman rscj
Juan era un hombre sencillo y se distinguía entre los demás porque trabajaba el oro en una forma nunca vista. Anita era su vecina y amiga y bien sabía que lo que sus manos tocaran, era transformado en forma maravillosa. Cierto día, Anita encontró entre sus cosas varios objetos de oro que no le servían para nada y pensó ponerlas en manos de Juan; tenía por ejemplo una cadena vuelta pedazos, unas calzas de la abuelita, unos aretes que usaba cuando era bebé, un anillo que le había regalado el novio que la dejó... un pedazo de pulsera, y una medallita aplastada por el peso de su cama; cada cosa tenía un valor sentimental. Quería hacer de todo esto algo para lucir .
Llegó con sus tesoros donde Juan y le dijo: aquí te traigo estos pedazos para que por favor me hagas un lindo anillo que yo misma he diseñado. Si no te alcanza el oro, haz lo que mejor te parezca. Juan recibió todos los objetos y le prometió que haría lo mejor que pudiera su trabajo.
Anita se fue segura de que dejaba en las mejores manos sus tesoros y estaba pendiente de la fecha para venir a recoger aquel anillo con el que soñaba, diseñado por ella misma.
El día esperado llegó y Anita se presentó donde Juan para recoger su joya. Juan, con aquella manera de ser tan especial, siempre amable y sonriente, le dijo: Anita, quise hacer el diseño que me pediste, pero me puse a estudiarlo y me di cuenta que tenía unas aristas que podían herir tus dedos, por eso lo cambié por este modelo que no te hace ningún daño, además es más sencillo y te viene mejor, lo hice con mucho cariño y siempre pensando en que fuera lo mejor para ti.
Aunque no era lo que ella esperaba, Anita quedó deslumbrada y agradecida, a la verdad, era más lindo que lo que ella había diseñado y pedido y sobre todo le quedaron resonando las palabras de Juan: “lo hice con mucho cariño y siempre pensando que fuera lo mejor para ti.”
Será que esto nos hace pensar
en las delicadezas de Jesús para con nosotras?
Leonor Calle Botero rscj
Provincia de Colombia
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