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México, Marigela Orvañanos rscj
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El Espíritu nos llevó a los barrios, pueblos y rancherías. Allí nos encontró la espiritualidad del pueblo oprimido y creyente.
Una espiritualidad marcada por el sufrimiento en el que se aprende a compadecer efectivamente, escuchando, acompañando, aliviando… Nos confrontó cómo la gente mira la muerte con naturalidad y se acerca con sencillez a la enfermedad y a la tragedia, siempre llevando compasión.
Una espiritualidad del compartir. Se tiene poco pero la casa se abre, el taco se reparte, se acoge con la taza de café… todo con una exquisita urbanidad, como un ceremonial rústico.
Una espiritualidad bíblica. El pueblo se apodera de la Biblia, dentro de su morral se convierte en compañera inseparable. Confronta con ella cada situación concreta, y así, la Biblia es un libro vivo, no es un mensaje del pasado que se lee una vez y se guarda. Dios habla en ella cosas nuevas al preguntarle sobre el presente. El pueblo del barrio, de la parcela, crea Teología.
Una espiritualidad comunitaria donde se vive el espíritu de los primeros cristianos, aquellos pobres del Mediterráneo que se juntaban a partir el pan y compartir la Palabra. Aquí también en la casa humilde de la colonia o en el jacal con piso de tierra, se junta la comunidad, intercambia experiencias y pensamiento. Dios irrumpe en medio de ella derramando inteligencia, sabiduría, fortaleza… comunitariamente.
Una espiritualidad festiva que celebra la vida, los pequeños y grandes éxitos, las luchas, los fracasos, los errores y las negligencias, porque Dios está allí, en cada situación de su vida privada y colectiva. Lo importante es que El está.
Una espiritualidad simbólica y concreta que se expresa en objetos tomados de la naturaleza y de la vida: la flor, la piedra, el agua, la tierra, el cuaderno de notas; para encerrar la idea y hablar del sentimiento.
El Espíritu nos llevó con los pobres y su espiritualidad permeó la nuestra.
Blanca Narro rscj
Provincia de México – Nicaragua
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