 Las rscj de la comunidad de Nagoya: Takeuchi Fumiko, Gwen Hoeffel, Hasegawa Kazuko
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 Vecindario donde está ubicada la comunidad
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 La clase de madres e hijos, Navidad 2006
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 Primera comunión en la iglesia de la Parroquia
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 Reunión de un grupo de madres con las Has. Hoeffel, Sawada y Nishikawa
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 Pequeña de Nagoya
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El 1ro de abril de 1971, tres RSCJ llegaron a Nagoya, para empezar nuestro “apostolado alternativo”, siguiendo el espíritu del Vaticano II y del Capítulo de 1970. Era el día en que la Hna. Brígida Keogh, vicaria desde 1954, confiaba Japón, Korea, Taiwán y Filipinas a nuestra nueva provincial Hna. Sumiko Iba. Las tres fundadoras eran las Hnas.Yoshie Hatanaka, Atsuko Kanno y Gwendolyn Hoeffel. Fuimos llamadas y acogidas por el Padre Thomas Purcell OSA, que había construido una capilla para los católicos que emigraban a Nagoya, desde la zona históricamente católica de Kyushu, en el sur de Japón. Los miembros de este grupo formaron una cooperativa, obtuvieron donaciones, compraron terrenos con arrozales, y construyeron sus casas. Después de tres meses viviendo con las Hermanas de San Pablo, frente a la catedral, nos mudamos a nuestra nueva casita, cercana al Centro Católico, en un nuevo barrio al oeste de la ciudad (de 2.000.000 o más de población). Allí recibimos niños para clase de Jardín de Infantes, y otros niños para el catecismo. Algunos días por semana, el Padre venía a decir Misa, porque la Iglesia quedaba muy lejos. Nos comprometimos pastoralmente con los creyentes de la zona, ocupándonos de personas de todas las edades, desde el bautismo y crecimiento, hasta la enfermedad y la muerte. (El Jardín de Infantes se cerró en 1980, pero seguimos con los demás ministerios.) Un antiguo miembro de la parroquia, Hiroyuki Shibata, al que hace muchos años las RSCJ habían preparado a la Primera Comunión y Confirmación, es actualmente un valioso miembro de la comunidad agustina de Japón. Los agustinos y los miembros de la parroquia edificaron una nueva iglesia y su monasterio en 1997, en tierras rellenadas, cerca de los muelles. Como pueden Uds. darse cuenta, Nagoya es una ciudad industrial, que tiene pequeñas fábricas que proporcionan partes de los autos Toyota, computadoras, faxes, teléfonos y otros aparatos. Los primeros inmigrantes de nuestra parroquia se comprometieron en el “sucio, difícil y peligroso” trabajo que ha contribuido al milagro económico japonés. Ahora, estos obreros han sido reemplazados por emigrantes de Filipinas, China, India, algunos países africanos, Brasil y otros países latinoamericanos. Muchos de los obreros inmigrantes son descendientes de japoneses que emigraron, buscando tierras y trabajo, hace ya cien años.Ahora, en el 2007, somos tres las que vivimos en esta casita, entre miembros de la parroquia envejecidos. Algunos han reconstruido sus casas y son ya de la tercera generación que vive bajo ese techo. Las tres RSCJ, Kazuko, Fumiko y Gwen nos arreglamos para seguir ocupándonos de gente de todas las edades y del bienestar de la gente de la parroquia, de la diócesis y de más lejos. La Provincia está muy comprometida con esta significativa misión, alejada de nuestras antiguas instituciones, en medio de gente humilde, japoneses y extranjeros, que son la sal de la tierra.
El domingo nos encuentra yendo hacia la parroquia en dos autos, recogiendo chicos por el camino. Sus padres vienen rara vez a la Iglesia, por distintas razones. Las madres y los adultos jóvenes ayudan en las clases de la Escuela Dominical, todas las semanas, y en la Misa de los niños, una vez por mes. Las madre filipinas de muchos de los chicos, saben hablar, pero no leer ni escribir en japonés. Los chicos son japoneses, y en las escuelas japonesas no se sienten distintos de sus compañeros, ni desean serlo. Por lo tanto, muchos se resisten a la cultura de sus madres, y muchos la desprecian.
Actualmente, el Japón enfrenta graves enfermedades y carencias, sin saber cómo afrontarlas. La “Constitución de la Paz”, que declara:”Nunca más la guerra”, y la Filosofía Educativa desarrollada en la época posterior a la segunda guerra mundial, son atacadas. Nuestro apostolado tiene que ver con el microcosmos de la situación social japonesa actual: consumismo que avanza, chicas que venden su cuerpo a hombres mayores para comprar objetos de marca. En el subterráneo sacan su cartera de cosméticos, y se pasan el tiempo pintándose la cara y coqueteando. Los chicos intimidan, son crueles con sus compañeros de clase, les faltan sentimientos de empatía hacia las personas. El porcentaje de suicidios siempre ha sido alto en Japón. Niños hasta de primaria y secundaria se quitan la vida, antes que sufrir el acoso de sus pares. Menores se matan unos a otros, y matan a miembros débiles de la sociedad: ancianos y los sin techo. Les falta confianza en sí mismos, abandonan la escuela, y se encierran en sus cuartos. Hay un hambre espiritual que da pena. La gente no tiene religión ni aliciente para vivir, y buscan en la Iglesia paz, aceptación y alguien que los escuche.
Puesto que hay tantas necesidades alrededor nuestro, durante la semana visitamos hospitales, hogares de ancianos, instituciones de discapacitados, escuelas y cárceles. Si pudiéramos multiplicarnos, nos gustaría tener un Centro de Estudios, una Escuela de Idiomas, un refugio para mujeres y niños que huyen de los abusos y la violencia doméstica, un orfanato, un centro de acompañamiento, una casa de retiros espirituales y muchas cosas más. En pequeño, estamos comprometidas en todas estas áreas de la vida de la gente.
Nuestros chicos vienen cada vez menos a Misa cuando entran a secundaria o estudios superiores. Las fiestas y los clubes ocupan los sábados y domingos. No pueden ignorar la vida de la escuela, y como cristianos son una minoría, lo que les hace difícil cumplir con los compromisos de su Iglesia. Muchos dejan la escuela después del 9· grado, es el fin de la educación obligatoria. Entran al mundo del trabajo haciendo trabajos manuales, con cuerpos aún no desarrollados. Quieren todo lo que el dinero puede comprar, enseguida, y en abundancia. Si tienen un accidente, se quedan sin empleo y les falta preparación, por su educación incompleta.En medio de tantos problemas familiares y sociales, apreciamos nuestra vida comunitaria dentro de este complejo habitacional, y en el territorio de la parroquia, nuestros vecinos, muchos católicos jubilados, nos cuidan a las hermanas.
Comparten con nosotras su destreza como carpinteros y los frutos de sus huertas. Al volver a casa, encontramos bolsas de verduras a la puerta de casa, además de otros muchos signos de su preocupación por nosotras.
No tenemos idea de cuánto tiempo podrá seguir nuestra comunidad, aquí, pero hacemos lo mejor que podemos para cuidar nuestra salud y poder seguir presentes en todas las necesidades que nos rodean.
La Comunidad de Nagoya:
Takeuchi Fumiko rscj, Gwen Hoeffel rscj , Hasegawa Kazuko rscj
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