Venid a mi todos los fatigados PDF Print E-mail
02 Jul 07
0707_reflections6
Marruecos, Lolín Menéndez rscj

El descanso de una presencia humilde 

“Venid a mi todos los fatigados” (Mt 11, 28)

No es extraño que justo cuando me invitan a escribir sobre este tema ande buscando homeópata  porque me paso la mayor parte del día bostezando y con un cansancio que me visita varias veces al año. Participo de la condición de muchas personas de nuestro tiempo que se sienten con pocas energías,  sobrecargadas, rendidas, tiradas por un ritmo que no nos humaniza y que nos vuelve ausentes a nuestra realidad esencial. Por eso quiero ahondar en ello para aprender el modo de caminar aliviados, de vivir intensamente sin agobiarnos, de entregarnos sin fragmentarnos. ¿Dónde está el secreto? ¿Tendremos que parar el ritmo de nuestras ciudades y bajarnos de su tren, o necesitaremos aprender a ir en ese tren con otro ritmo adentro, transformando así la condición misma del viaje y sus paisajes? Vamos a asomarnos a la sabiduría de la Biblia y a la de aquellos que recorrieron antes que nosotros los parajes interiores del descanso verdadero.

Cansancios habitados y deshabitados

La vida, toda vida, tiene su dosis de cansancio. También Jesús lo experimentó: “Fatigado por la caminata, se sentó junto al pozo” (Jn 4, 6). Necesitamos expresar y compartir con otros  esos momentos de fatiga por los avatares del camino. ¿Qué vemos si miramos nuestros cansancios? Los especialistas afinarían mucho más, pero de la observación cotidiana creo que podemos nombrar y reconocernos en varios tipos de cansancio: el de aquel que se cansa por andar codiciando más de lo que ya tiene o puede; son las fatigas de la avidez. El que se agota porque no apoya  su vida en el lugar ni el momento en el que está (vertiéndose sobre lo que “no es”) y vive inquieto y desajustado; el que se fatiga porque trabaja únicamente para sí mismo,  autoreferido a su exclusivo horizonte vital; y el cansancio que da el sobrellevar los afanes, y los rostros lastimados, de cada día. A este último lo llamaremos un cansancio habitado, frente al cansancio deshabitado de lo tres primeros.

¿De qué estaba habitado el cansancio de Jesús? Cuenta el Evangelio de Marcos que los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer. Por eso cuando iban a  ir a un lugar aparte a descansar un rato tuvieron que volverse y dejar que otros multiplicaran sus escasos panes (Mc 6, 31). Es un cansancio transido de rostros, que tiene que ver con la vida que se gasta y se pone a rendir para otros: “al atardecer le llevaron todos los enfermos y endemoniados” (Mc 1, 32).

¿De qué están hechos nuestros cansancios? Creo que a nosotros nos desgasta el activismo y nos cansa  no tener algo que de verdad nos coja el corazón. La apatía, o el andar trajinados con el propio ego. Nos fatigamos al reincidir en los puntos flacos de nuestras relaciones; nos produce agotamiento tener que cargar con los desgastes psicológicos propios y ajenos; y no nos dejan descansar los ruidos que nos acechan por todos lados. Cada uno puede añadir los motivos de su desgaste. Nos hace bien reconocerlos y nombrarlos y, vueltos hacia el Evangelio, poder llegar a mirarlos amablemente porque se presentan ante nosotros, no como lugares donde quedarnos retenidos y pesarosos, sino como momentos oportunos para poder acceder a una dimensión más honda de la realidad.

Es una noticia muy buena escuchar que nuestros agobios y nuestros cansancios pueden convertirse en el trampolín que nos lanza hacia una Presencia mayor. Si es un cansancio que nos encorva sobre nosotros mismos, ensimismándonos, se volverá deshabitado; si nos lleva a volvernos hacia otro Rostro, hacia otros rostros, entonces podremos encontrar respiro y cobijo allí. Cansados y plenificados, a la vez.

La seducción del descanso que se puede comprar

Llama la atención que, en este circuito de gran centro comercial en el que se está convirtiendo nuestro transcurrir cotidiano, primen las ofertas que invitan a descansar y a rehacerse. Se han puesto de moda las talasoterapias, los masajes y todo tipo de placeres que vienen a proporcionar relajamientos múltiples a los sentidos. Las clínicas para el descanso y para liberar del stress se han convertido en un negocio lucrativo. Hoy se paga caro un tiempo de tranquilidad y de relax, y más si es en un lugar donde estemos sin nadie que “nos moleste”. No digo que no lo necesitemos alguna que otra vez, pero estas salidas son sólo sucedáneos que se quedan en la epidermis y que no apagan nuestra sed honda de descanso. Si pudiéramos comprar más horas para un día iríamos tras ellas, para seguir en el mismo círculo de fatigas.

En nuestro andar por casa solemos decir que “nos descansa la tele por la noche”, pero bien sabemos que lo que realmente hace es entretenernos, distraernos; nos evita tener que comunicarnos después del peso del día...pero no nos procura descanso. Para descansar de verdad necesitamos que cesen los ruidos y lo más preocupante es que ni siquiera somos conscientes de la necesidad de silencio que padecemos, de un silencio de afuera y de adentro;  un silencio suave que nos restaure y nos pacifique. La invitación es a entrar en un descanso saludable, que salva cuando alcanza las distintas vertientes de lo humano, no sólo el descanso físico, también el que abarca las dimensiones emocionales, mentales y transcendentes que nos constituyen; y no podemos acceder a él, o mejor, dejarnos conducir a él, sin el encuentro con el Silencio.

Necesitamos salir de las trampas del descanso superficial que se consume y se devora, hacia la libertad del reposo que se recibe gratuitamente como una tierra anhelada de bendición. ¡Qué significativo que en la Biblia la maldición vaya asociada a las fatigas (Gn 3, 17) y la bendición se realice vinculada al reposo! La tierra que se promete es una tierra para el descanso: “hasta que el Señor conceda el descanso a vuestros hermanos, como a vosotros, y tomen también ellos posesión de la tierra que el Señor vuestro Dios les da”  (Dt 3, 20); y a ese lugar de sosiego y de tranquilidad volverán los exiliados después de un tiempo de penalidades (Jer 46, 27).

No se trata de un lugar que podamos conquistar, ni mucho menos comprar. Se accede a él sorteando las dificultades del desierto, fiándonos del pequeño maná cotidiano, entrando en la Tienda del Encuentro para salir restaurados. Sólo así llegaremos a habitar descansadamente en nuestra propia tierra. Podremos dejar atrás la tierra de la ansiedad, de la avidez, del desajuste interior, de ser esclavos de las voces de fuera y entrar descalzos en la tierra de la confianza, de la aceptación, del tener lo suficiente, donde manan las aguas de reposo a donde Otro nos conduce (Sal 23). Poder renacer de ese agua que brota hacia la vida verdadera. “Dame de beber” (Jn 4, 7), pidió Jesús a una mujer en su cansancio, para ofrecerle el Único Pozo donde poder sentarnos y dejarnos aliviar. Y recibir allí la visión de esa zarza de reposo que no se consume, la promesa de una tierra interior liberada de fatigas: “Cuando hayáis entrado en la tierra que yo voy a daros, la tierra tendrá también su descanso en honor a Yavé” (Lev 15, 2).

El descanso que honra la vida

Para el pueblo de Israel, en el que hundimos nuestras raíces, hay una dimensión de la vida que no puede entenderse sin el Sabbat. En la oración de la tarde del sábado se reza así: “que tus hijos se den cuenta y entiendan que el descanso viene de Ti y que descansar significa santificar tu Nombre”. 1

El reposo del Creador, la menujá en la expresión hebrea, viene a completar los días de la creación. “...Cuando llego el día séptimo Dios había terminado su obra y descansó el día séptimo de todo lo que había hecho. Bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él había descansado de toda su obra creadora” (Gn 2, 1-3). Es un día para respirar la creación, pues dice literalmente que Dios se tomó respiro; para acogerla, interiorizarla, soltarla y ofrecerla; y volver a acogerla...

Menujá, no es solamente descanso, ni abstención del trabajo y del esfuerzo, ni liberación de la tensión o de la actividad, sino que tiene un matiz altamente positivo. En el Génesis Rabá se pregunta: “¿Qué fue creado el séptimo día? Y se responde: tranquilidad, serenidad, paz y armonía...” (10, 9). Menujá es más que el cese de la actividad, se trata de un estado en el que no hay temor, ni lucha, ni disputa, ni desconfianza. ¡Cuánta necesidad tenemos de habitar esta experiencia, de darnos unos a otros tiempos así! Salir de la rueda de las disputas, de los enfrentamientos, de la falta de confianza y acoger el descanso que nos da esa reconciliación honda con nosotros mismos y con las facetas dispares de nuestra realidad. El sabbat para la tradición bíblica era un día de paz entre las personas, paz dentro de cada persona y paz con todas las cosas. Eso es santificar el Nombre que nos llama a la vida.

Seis días a la semana oraban: “guarda nuestras entradas y salidas” pero al anochecer del sabbat en lugar de eso decían: “enciérranos en la tienda de Tu paz”. Es en ese lugar de Presencia adentro donde somos capaces de sentir la unidad con todos los seres, la dulzura de la creación, la gratitud por el don de cada existencia. El sabbat no tiene por finalidad recobrarse de las fuerzas perdidas, del trabajo de la semana, y prepararse para lo que hay que hacer después; es un día por amor a la vida. “Toda la semana pensamos: el espíritu está demasiado lejos y sucumbimos al absentismo espiritual; o en el mejor de los casos oramos: envíanos un poco de tu espíritu. En el Sabbat el Espíritu se detiene y declara: aceptad de mí toda excelencia...”. 2

La hondura  y el significado del tiempo del sábado se fue deteriorando y, después del exilio,  privados del espacio sagrado y de las fiestas habituales, le añaden reglas cada vez más rigurosas y complicadas que terminan por convertirlo en un yugo y en una carga pesada de observancias que Jesús denunció y que eran impuestas por unos hombres incapaces de llevarlas ellos mismos (Mt 23, 2-4).

Las acciones de Jesús devuelven al sabbat su sentido primordial. El descanso que honra la vida, y que ha sido hecho para el hombre y para la mujer, es ese tiempo en el que liberamos lo que está obstruido en nosotros y en los demás. El tiempo de reconocernos  cauce de una Presencia sanadora, como Jesús lo experimentó aquel sábado que tocó y levantó a una mujer largos años encorvada (Lc 13, 10-17), el sábado que desató a un hombre que tenía atrofiada su capacidad de actuar (Lc 6, 6-11); el sábado que fue criticado por  alimentar a aquellos que compartían con él la búsqueda del Reino (Mc 2, 23-28). Un tiempo regalado para que el hombre y la mujer reconozcan quién es su Creador y Salvador,  para devolver el alma y la profundidad a nuestras sociedades sitiadas. Un tiempo para entrar en esa Respiración mayor  en la que somos, nos movemos y existimos.

El descanso que honra la vida es aquel que nos permite tomar conciencia de nuestra condición de criaturas y recomponer nuestra unidad interior rota. No nos damos la vida a nosotros mismos, la recibimos, nos es donada, y a agradecer esto nos ayuda el sabbat, a recuperar la presencia perdida y nuestra vinculación con cada ser que alienta en el Universo. ¿Podrían nuestros domingos llegar a convertirse para nosotros en algo así? ¿Nos daremos algún “día séptimo” a lo largo de la semana para respirar; para reconocer, bendecir y pacificarnos?

Aprendiendo de los que son mansos

Qué poco nos dice Jesús en primera persona acerca de sí mismo. Lo que sabemos de él lo descubrimos a través de los ojos de un ciego que ve y de un paralítico que corre a decir a otros...Jesús señalaba, mostraba, transparentaba; nos ayudaba a ver y a tocar al Padre y al Reino en las personas lastimadas y en los acontecimientos cotidianos. De ahí que encontremos una perla de gran valor en lo que nos descubre el evangelio de Mateo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). El corazón, en la antropología bíblica, hace referencia a la totalidad de la persona, a su centro vital de decisiones, de afectos y de libertades. Jesús, al decir esto, nos está revelando aquello que apunta a su intimidad, a su verdad última,  a lo que él ha aprendido de las relaciones con su Padre. ¿En qué contexto pronuncia estas palabras? En un momento de alabanza y de gratitud porque la Vida  encuentra en los pequeños su lugar de revelación; se desvela a los sencillos, se postra ante ellos; les concede vislumbrar sus bondades escondidas.

Cuando Jesús quiere darnos a conocer lo que sabe del Misterio, lo que sus ojos han visto y sus manos han tocado del corazón de la Realidad, nos llama: “Venid a mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados que yo os aliviaré” (Mt 11, 28).  Que no nos pese encontrarnos en esas situaciones, los invitados no son aquellos que tienen su vida asépticamente “resuelta” sino todos los  que andamos sobrecargados, rendidos  y abrumados; los que pasan hambres de todo tipo. Lo que cuenta es acudir a la cita y dejarnos aliviar.  Aprender de él a ser humanos. Aprender de una persona cuya vida transcurre por los caminos de la mansedumbre; y allí hallaremos el asiento interior de reposo, el apoyo que vamos buscando: “encontraréis descanso para vuestras vidas” (v. 29).

¿Qué “encontramos” en los evangelios? Se encuentra un tesoro, una oveja, una moneda, un hijo que se había  perdido...y en los relatos donde aparece este “encontrar” está vinculado a la alegría (cf. Lc 15, 6-32; Mt 13, 44). A una alegría humilde que necesita compartirse con otros,  que no desconoce nuestro barro y que es la que nos permite reconciliarnos con él.3 Si nos vivimos sólo en clave de “mandamientos” comeremos pan de fatigas; si nos vamos viviendo en clave de “bienaventuranzas” quizás podamos caminar aliviados porque el peso y la fecundidad de la vida están apoyados en Otro, y no dependen “sólo de mi”.

Todo me lo ha entregado mi Padre”, dice Jesús. (“Todo lo mío es tuyo” decía el padre al hijo mayor de la parábola). Es el reconocimiento de que nada somos que no nos haya sido dado primero, y eso nos sitúa bien distintos. Todo se nos entrega, nada conquistamos, ganamos, merecemos...“Nada me falta ni me va a faltar” (cf. Sal 23). Todo se nos da, se nos irá dando al buscar el Reino, con una gratuidad que no acabamos de creérnosla:  “Observad los lirios del campo cómo crecen, no se fatigan ni hilan” (Mt 6, 28).

La  mansedumbre es lo contrario de la agitación y de la avidez; tampoco tiene que ver con un corazón altanero, se asemeja más bien a un sentimiento de  no-violencia activa, a “esa capacidad pasiva de recepción que se encuentra en el fondo de la estructura de la persona”.4 Aquellos que llegan a ser mansos no rechazan nada, no exigen nada. Están abiertos a lo que viene,  han ido interiorizando las contrariedades de cada día y haciendo un espacio vacío  donde acoger la realidad y afirmarla. Desasidos de sí mismos,  dando anchura a la existencia.  Podemos entrar descalzos en su tierra, porque intuimos que no vamos a ser dañados. Estamos seguros. Su presencia calma nuestras fieras y sentimos que podemos soltarnos allí con todo el peso de nuestra ambigüedad, sin tener que sacar nada de nuestra vida, dejando que se vaya silenciando y ordenando desde dentro; sabiéndola respetada.

Hay un anuncio de felicidad para los mansos porque ellos son los que heredan la tierra (Mt 5,5), la heredan, no la conquistan, y  la promesa de la tierra incluye el don del descanso. Un descanso que no tiene que ver con en el cese de la actividad, sino con llevarla a cabo de otro modo, “estando en el propio centro”. 5 Heredar la tierra, honrarla, trabajarla, habitarla desde dentro...Entregados a ella con el alma en paz y silencio;  como niños destetados en el regazo de su madre (Sal 131).

El yugo de lo humano

En contraposición con el orgullo de los maestros y entendidos de Israel, Jesús aparece ofreciendo humildemente su camino. “Cargad con mi yugo y aprended de mi...porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Evocando las invitaciones de la Sabiduría que  se ofrece a los que no desconfían (Sb 1, 2):“No te molesten sus ataduras, acércate a ella con toda tu alma, sigue sus caminos con todas tus fuerzas; sigue su rastro y búscala. Ella se te manifestará; una vez alcanzada no la sueltes, porque al fin hallaras en ella descanso y alegría” (...) Adquirirla sin dinero, poned vuestro cuello bajo su yugo y recibid la doctrina, pues está cerca y podéis alcanzarla” (Eclo 6, 25-30;  51, 25-26).

Jesús se vuelve a los que están  abatidos y llevan pesadas cargas durante mucho tiempo. La carga que mantuvo dieciocho años con su cuerpo encorvado a una mujer (Lc 13, 11), la que tuvo postrado a un paralítico treinta y ocho años (Jn 5, 5), la carga de la ley que atribuía la ceguera de un hombre al pecado de sus padres (Jn 9, 2). ¡Hay tantas cargas pesadas que continúan en hombros de inocentes! En el cuarto mundo de nuestras ciudades, en los países más despojados de la tierra, la mayoría africanos; en los  cuerpos de las mujeres  que soportan los yugos de la tradición, de la ignorancia y de la violencia. Hay tantas realidades “tremendas” que consideramos “normales”. ¡Si al menos pudiéramos reconocer nuestras cegueras! Quizá sea esta una de las mayores cargas que llevamos con nosotros, el “no ver”, el echarnos encima el yugo del orden establecido y como no vemos no nos compadecemos. Jesús invita a todos los dolientes, a aquellos que están en las fronteras del desamparo, a los que no pueden más...y se identifica con ellos: “Pensaba que me había cansado en vano y había gastado mis fuerzas para nada; sin embargo Él defendía mi causa, Dios guardaba mi recompensa” (Is 49, 4).

Frente al yugo del perfeccionismo o de la culpabilidad, frente a tantas voces interiorizadas que no nos dejan acogernos nuevos...el yugo que Jesús ofrece es suave: es el de la vida animada por el don. No es el yugo del que está libre de flaqueza, sino del que envuelto en ella (Hb 5, 2), se sabe sostenido por un Regazo mayor. Es suave la condición humana cuando, en vez de ocultar nuestra debilidad, descubrimos con asombro que es ella la que nos lleva de su mano a aproximarnos cálidamente a los demás: “cuando se vive de forma agradecida la debilidad, es más fácil perdonar que condenar, comprender que murmurar, aceptar que juzgar”. 6 Se hace ligero el yugo de lo humano llevado así con otros. Jesús se abajó para poder tomarlo (Fil 2) y ese es el camino que nos abre: se encuentra reposo aliviando las cargas de los que están abrumados por su peso. No hay rodeos para seguirLe,  ni podemos tomar otros atajos que no sean los de la humana fragilidad amada.

Cargar con nuestra humanidad con todo su espesor y con toda su belleza, cargar con lo disonante en uno mismo, soportar lo que querríamos echar fuera, cargar con lo no amable en nosotros para poder acogerlo en otros y experimentar que no sostenemos el peso solos. Descubrimos el secreto que aligera la carga en el amor que se hace fuerte en lo débil. Tomarla con amor es lo que salva, lo que libera. En ese amor que todo lo aguanta, lo lleva sobre sí,  lo levanta: “Llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sufrimientos...cargó con nuestros pecados” (Is 53), para aligerar nuestras cargas, para aliviarnos.

“La debilidad humana descansa en las manos de Dios”, quizás sea este el aprendizaje principal de nuestra vida, llegar a confesar esto no de oídas, sino porque lo hemos saboreado internamente. Sólo así podremos ofrecer también nosotros, un lugar accesible de reposo para los cansancios y fragilidades de los demás. Me emocionó escuchar a una religiosa en una oración compartida. Ella llevaba tiempo luchando y tratando de aceptar una enfermedad, le tocó esa tarde la cita del profeta Isaías: “El Señor me ha ungido para vendar los corazones desgarrados” (Is 61, 1);  y ella dijo: “hay tanta gente herida, hay tantas personas que necesitan ser aliviadas, tantos corazones por curar...que tengo futuro”.

Rostros humildes que alivian

Jesús descansa junto al pozo de Sicar encontrándose con una mujer. Posiblemente los dos están fatigados y el uno al otro se dan el agua que cada cual necesita. Él es el primero en pedir, con una expresión humilde que provoca confianza, que cede el espacio para que ella se pueda asentar y desplegar desde su verdad.  Me viene el recuerdo de una compañera chilena. Me decía que si  no se acostaba cansada le parecía que no había vivido con intensidad el día. No era el cansancio por haber “hecho mucho” el que ella anhelaba, sino el que da el entrar a fondo en cada encuentro,  el tomar en serio las vidas de los otros; un cansancio lleno, habitado, que pone agradecimiento en el corazón.

Cuando me siento cansada, me hace bien traer otros rostros con los que compartir ese cansancio. Rostros de personas que tienen verdaderos motivos para estar fatigadas y sobrecargadas y, sin embargo, agradecen sencillamente lo que son y lo que tienen. Contemplar sus vidas me apacigua, cura mis ansiedades y me sumerge en una dimensión  más honda de la realidad; son ellos los que me enseñan de balde los secretos revelados a los pequeños. Aida, una amiga uruguaya se mata a trabajar para sacar adelante a  sus hijas  y verla me ayuda a preguntarme: “¿por quiénes me canso yo?”

Paca es una inmigrante de Anobón, una pequeña isla de Guinea Ecuatorial. Cada mañana, aún oscuro, sale caminando desde la casa de su cuñada donde está alojada, hasta el invernadero de tomates en el que trabaja de lunes a sábado. Ahora que el sol calienta más los tomates, maduran rápido y las jornadas son largas, llega cansada a eso de las cuatro y media a comer. Por la tarde camina un trecho largo hasta llegar a la escuela donde recibe clases para obtener el graduado y vuelve casi para acostarse. La mayor parte del poco dinero que gana lo envía a sus hijos.  Un día pude compartir una jornada con ella, ver la dureza del trabajo y del calor bajo la lona, el desgaste físico, los inconvenientes en los ojos por los insecticidas...Al domingo siguiente como es su costumbre, Paca vino a la parroquia. Ese día ella llevó las ofrendas y entonces pude verla: se había puesto su ropa más preciada; es una mujer africana alta y esbelta y caminaba llena de dignidad. La ofrenda del pan en sus manos se me reveló, como si fuera por primera vez, el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres y mujeres. Paca estaba ofreciendo el fruto de su trabajo, y en esos instantes comprendí que es “ese mismo trabajo” el que es  transformado. Que todo el trabajo, todos los cansancios y todas las fatigas son abrazadas, levantadas y bendecidas, convertidas en el Cuerpo de Jesús y entregadas como alimento reparador para todos los necesitados.

Descansar no es la otra cara de la acción de trabajar, es participar en la vida misma de Dios, donde acción y reposo coinciden en un único latido. Es entrar en un movimiento confiado de seguridad y de dicha, de asentimiento y de abandono, en esa Presencia Humilde que fluye más adentro de nosotros, nos atrae y nos lleva con suavidad.

Aliviador nuestro de cada día,
ven en tu silencio
y pacifícanos.
Que con un corazón desasido
honremos la tierra y cuanto vive
y a Ti,
que buscas descanso en todas las cosas
(cf. Eclo 24, 7).

Mariola López Villanueva, RSCJ
Provincia de España Sur

  1. ABRAHAM  J. HESCHEL, El SHABBAT, Su significado para el hombre de hoy, Desclée de Brouwer, 1998, p. 29.  Tomo de este pequeño libro, sugerente y hermoso,  lo referente a la comprensión del sábado.
  2. Ibid., pp.29-36. 
  3.  Un monje relata: “en el momento de dejar a Maurice Zundel le supliqué alguna oración para “mantenerme en la humildad”. Entonces él se levantó ante mí, con la mirada iluminada y el rostro rutilante de bondad y me gritó con voz potente: “¡En la alegría!. Se deja uno de contemplarse”. MAURICE ZUNDEL,  Qué hombre y qué Dios, PPC, Madrid  2002,  p. 23. 
  4. No puedo dejar de citar este conocido texto de Edith Stein pues no he encontrado otro donde se exprese de un modo tan hermoso y preciso ese estado de reposo que vivifica: "Existe un estado de reposo en Dios, de total suspensión de todas las actividades de la mente, en el cual ya no se pueden hacer planes, ni tomar decisiones, ni hacer nada, pero en el cual, entregado el propio porvenir a la voluntad divina, uno se abandona al propio destino (...) Comparado con la suspensión de actividad propia de la falta de vigor vital, el reposo en Dios es algo completamente nuevo e irreductible. Antes era el silencio de la muerte. En su lugar se experimenta un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que es preocupación, obligación, responsabilidad en lo que se refiere a la acción. Y mientras me abandono a este sentimiento, poco a poco una vida nueva empieza a colmarme y - sin tensión alguna de mi voluntad - a invitarme a nuevas realizaciones. Este flujo vital parece brotar de una actividad y una fuerza que no son las mías, y que, sin ejercer sobre ellas violencia alguna, se hacen activas en mí. El único presupuesto necesario para un renacimiento espiritual de esta índole parece ser esa capacidad pasiva de recepción que se encuentra en el fondo de la estructura de la persona”. (Podemos encontrarlo, con alguna variante en la traducción, en la edición de John Sullivan:  EDITH STEIN, Escritos esenciales,  Sal Terrae, Santander 2003,  p. 83-84.) 
  5. “No se trata de dejar de hacer, sino de actuar de otro modo. “Mi Padre trabaja y también yo trabajo”, dice Jesús (Jn 5,17). ¿Cómo trabaja el Padre? ¿Cómo trabaja Jesús? Sin agitación ni avidez. A partir de lo que las personas y cosas son, escuchando su latido y pujar internos (...) Para ello hay que estar en el propio centro”. JAVIER MELLONI, La experiencia de Dios para Otro Mundo es Posible.  Notas de una conferencia impartida en Madrid, en las Jornadas sobre los Objetivos del Milenio de CONFER: Otro mundo es posible desde el corazón de Dios,  20-22 de enero de 2006. 
  6. JAVIER BAEZA: Itinerario para la espiritualidad de la ternura. Conferencia de las Jornadas de Teología de Cáritas,  10- 11 de marzo de 2006, en Las Palmas de Gran Canaria. 

 

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