Relatos desde la mesa compartida: Carta del discípulo amado a su comunidad Convertir en PDF Version imprimable Suggérer par mail
03-07-07

0707_reflections

El banquete del Reino, Instituto Pastoral AMECEA, Eldoret, Kenia    
(Lolín Menéndez rscj)

 

Aproximación bíblica y catequética a la eucaristía
Introducción
1. Como pan que se parte

2. El mejor de los vinos
3. Un puñadito de levadura
4. Leví y sus amigos
5. Ayunos o banquetes
6. Con la toalla ceñida
7. En torno al cordero pascual
8. Un festín en el desierto
9. Sentados a la mesa de la sabiduría
10. En los márgenes del camino
11. Un mendigo a la puerta
12. Una misma copa, una misma suerte
13. Cuando Jesús deseaba
14. Celebrar la cena del señor
15. Palabras de vida eterna
  

 

16. Carta del discípulo amado a su comunidad


Hijos míos: os he recordado muchas veces lo que oí del mismo Jesús: - “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”.  Pero hoy quiero añadir algo más acerca de aquella cena, la de la noche en que iba a ser entregado.  Porque fue entonces cuando entendimos que llegaba el final del largo proceso del que habíamos sido testigos: habíamos caminado al lado de Jesús, dormido a la intemperie y convivido con él; le miramos y escuchamos, nos fuimos familiarizando con sus gestos y asombrándonos ante sus reacciones insólitas, pasamos por momentos de escándalo y de rechazo, vivimos la tentación de dejar de seguirle y aprendimos, a fuerza de estar a su lado, el significado de hacer lo que él había hecho "en memoria suya".

Fuimos haciendo la experiencia de vivir junto a alguien que era como pan partido y repartido, alguien que no se guardaba nada, que no se reservaba nada, que entregaba sin límites su tiempo, su escucha, su acogida y su compasión.

A su lado supimos lo que era tener hambre y no disponer de tiempo para comer y presenciamos, atónitos, cómo invitaba a su mesa a todos los que nosotros, junto con toda la gente de bien de nuestro tiempo, rechazaba y dejaba en el margen, pensando que eso era lo agradable a Dios. Escuchamos las críticas de los fariseos y escribas y, a veces, secretamente, pensamos que no les faltaba razón en sus murmuraciones.

Tuvimos que renunciar al ascetismo admirable que habíamos visto en Juan el Bautista y que ejercía tanta influencia en la gente: ayunar, abstenerse de vino, mantener un talante de rigor y austeridad. En lugar de todo eso, vimos al Maestro disfrutar con la comida y celebrar la alegría del vino cuando compartía mesa con nosotros y con toda la gentuza de excluidos, sus comensales preferidos.

Entramos en crisis al oírle hablar del Reino como de un nuevo comienzo del todo imprevisible, que no se conquista a fuerza de puños sino que únicamente puede ser otorgado por Dios, Señor de la vida y de la historia. Nos desconcertamos al darnos cuenta de que no vendría por la violencia, la dominación o el poderío, sino por una oferta gratuita de comunión con Dios. Pero que esa comunión ya no se realizaba en el culto, sino que tenía como signo preferente un banquete familiar en el que los hermanos se sentaban juntos a partir el pan.

Caímos en la cuenta de que ese Reino se presentaba, no tanto como promesa de futuro, sino como una realidad que empezábamos a vivir anticipadamente cuando nos sentábamos en torno a Jesús para comer festivamente.

Cuando llegó la hora de la prueba y las sombras de la muerte  envolvían ya al Maestro, le vimos tomar el pan en sus manos y romperlo, y entonces  nos  dimos cuenta de que todo él estaba en aquel pan, que toda su vida se vaciaba como el vino de la copa que él nos invitaba a beber. Y al escucharle decir: "Haced esto en recuerdo mío", supimos que en torno a aquella mesa, lo mismo que en torno a aquella vida, había comenzado otra manera de vivir y, desde aquel momento, el mejor modo de guardar la vida era entregarla por amor.

Los que habéis aceptado nuestro testimonio y os habéis bautizado en Jesús, estáis también llamados a acercaros a esa misma mesa y a recorrer el mismo camino. El pan y el vino están preparados y el Maestro está ya levantándose y ciñéndose y la toalla para lavar vuestros pies.

Dichosos vosotros que habéis sido invitados al banquete del Señor.

Tiempo para la palabra

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él. El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el pan que comieron vuestros padres. Ellos murieron; pero el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51-58)

“Hijos míos, sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte. Quien  odia a su hermano es homicida, y ya sabéis que ningún homicida conserva dentro vida eterna. Nosotros hemos conocido lo que es el amor en que él dio su vida por nosotros. Pues también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si uno posee bienes de este mundo y ve a su hermano necesitado y le cierra las entrañas y no se compadece de él ¿cómo puede conservar el amor de Dios? Hijitos, no amemos de palabra y con la boca, sino con obras y de veras.” (1Jn 3,14-18)

Tiempo para otras palabras

Gestos que construyen mundo. “Hay gestos y experiencias grupales que tienen la capacidad de construir mundo: de crear modelos donde los individuos y los grupos se reconozcan y con los que tiendan a identificarse. Tanto los aficionados a la música clásica que se reúnen para escuchar a Beethoven, como los amantes del rock que participan en los conciertos happening, tienen una experiencia semejante: tratan de reconocerse como parte de una comunidad en un modelo ideal compartido.

Es una gran verdad que la acción que incluye en sí misma los más altos niveles de ética (el amor  más grande que es la donación a los demás hasta el fin), y estética, (la armonía de todos reunidos en un solo Cuerpo y en un solo Espíritu; el contraste entre Palabra y silencio; la alegría, la súplica y la música), pueda llegar a crear y recrear un mundo, como hogar central y generador de lo que nos atrevemos a llamar comunidad cristiana.

La Eucaristía posee en alto grado la fuerza de producir mundo: de crear y recrear en torno a ella la comunidad cristiana”. (J. M. Rovira i Belloso)1  

El proyecto añorado por Dios. “Al hablar del “banquete del Reino” y no sólo de Reino, se debe a que la imagen de fiesta y del compartir una comida se ajusta más a lo que puede significar este reinado de Dios. El Reino es un proyecto añorado por Dios para la humanidad. Es un proyecto que implica la paz, la justicia, la solidaridad, la igualdad y el amor como comienzo y colofón de todo. Es algo que comienza en la historia presente y culminará en el seno de Dios. Ahora bien, muchas de la de las parábolas de ese Reino tienen que ver con fiesta y banquete. Las bodas de Caná, más que ninguna otra manifestación, son el símbolo de ese Reino que ya ha comenzado desde que vino Jesús. ¡Y es banquete y son bodas y es fiesta y hay vino! Es decir, que la tónica del Reino no es otra que la de la vida superabundante de la fiesta que celebra el compartir de la humanidad que logra, por eso, multiplicar los recursos muchas veces escasos. Esto significa que la alegría y la paz, la vida, es la nota esencial.” (C. Cabarrús) 2  

La plenitud se asoma en este instante

Concentrar todo mi tiempo
en un instante,
recoger mi proyecto
en un solo puñado,
decir toda mi persona
en una única palabra,
y entregarme.

Pero hace falta toda una vida
para acogerte, hacerte y entregarme.
Hace falta toda una historia
para que mi solidaridad humana se complete.
Hace falta tiempo infinito
para nunca acabar de encontrarte y encontrarme.

Desde la trascendencia que impregna mis huesos
tú me liberas de la nostalgia
de totalidades imposibles,
porque en cada uno de mis fragmentos
ya se asoma tu presencia.
(B. González Buelta)3

Tiempo para orar

En el evangelio de Juan aparece con frecuencia la expresión: “el discípulo a quien Jesús amaba”, y en el relato de la Cena se nos dice que “estaba recostado sobre el pecho de Jesús” (Jn 13,25). Y ese lugar “no está reservado”, sino abierto para todo el que esté dispuesto a acoger la llamada del Maestro a hacerse discípulo suyo y tener parte en su intimidad, entrar en “afinidad” con él y, por lo tanto, con sus criterios, preferencias, valores y opciones. El que se acerca a la interioridad de Jesús y escucha el latir de su corazón, se contagia irremediablemente por su compasión y por su deseo de hacerse pan para la vida del mundo.

Atrévete a correr el riesgo de pedir a Jesús que te deje entrar en esa relación de intimidad con él, que puede transformar tu vida y hacer también de ti “pan partido” para otros.

Tiempo para compartir y celebrar la fe

Con niños de poscomunión.

Pedirles que traigan un recordatorio de su primera comunión, ponerlos en un corcho o mural y comentar después para que sirvió: para invitar, para reunir a la familia y amigos, para que lo guardaran y se acordaran al verlo del que se lo dio...

Algo así hizo Jesús, y su "recordatorio" es la Eucaristía. Pero aunque es eso, también es mucho más: es su manera de seguir vivo entre nosotros y de hacer posible que nos sentemos a su mesa, como se sentaron sus discípulos. Por eso decimos que es su "memorial" y que, cada vez que lo vivimos, "anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y esperamos su venida gloriosa."

Con jóvenes o adultos
Habiéndolo avisado con tiempo, cada uno trae al grupo un objeto con el que se identifica y se presenta a través de él. Hace circular su símbolo y va pasando en silencio por las manos de todos. Al terminar, el animador pone encima de la mesa un pan y hace la presentación de Jesús: "La noche en que iba a ser entregado, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dijo: Así es mi vida, la pongo entera en este pan para que se convierta en vida para vosotros..." (Se puede leer también la narración “Sentados a la mesa” y comentarla). Al final se hace circular el pan y cada uno toma un pedazo. Acabar leyendo este poema:

Mis manos, esas Manos y tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y  en Tu vida.

Unidos en el pan de muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida.

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.
(P. Casaldaliga) 4

               

Dolores Aleixandre rscj
Provincia de España Sur

  1. Fe y cultura en nuestro tiempo Santander 1988, pp.175-179

  2. La mesa del banquete del Reino. Criterio fundamental de discernimiento, Nicaragua 1997, p.151

  3. La transparencia del barro. Salmos en el camino del pobre, Santander 1989, p. 80

  4. Todavia estas palabras, Madrid 1989, p.80

Commentaires
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Alicia Romero (Novicia)   |82.242.20.xxx |2008-10-20 09:00:19
Gracias Hna. por compartir tu experiencia de Dios. Que sepas que has sido muy importante en mi encuentro con aquel que nos ama. Ahora soy yo la que danza con la bella melodia del Amor. Bendiciones, Alicia Romero (Novicia)
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