Toña Monzón rscj
Experiencia vivida al rojo vivo en el departamento del Meta, en la región del Ariari, en Colombia.
Estando en la población pequeña de Medellín del Ariari bajo la jurisdicción de la diócesis de Barrancabermeja por los años 95 a 96 sucedió el hecho como sigue:
Composición de lugar:
Los grupos armados se disputaban el poder en esa región. Se entrecruzaban las fuerzas entre lo político, lo administrativo, lo gubernamental, lo social y lo religioso. Varias sectas religiosas aprovechaban la situación de desconcierto. Era y aún sigue siendo una guerra a muerte por el dominio del territorio.
Hacía presencia en la parroquia del sector un equipo misionero de Justicia y Paz con la misión de acompañar a las comunidades campesinas azotadas por la guerra. Este equipo estaba conformado por cinco personas intercongregacionales: dos sacerdotes, dos religiosas y una misionera seglar. Nos correspondía estar atentos a lo que ocurriera en contra de la vida y en defensa de los Derechos Humanos.
En las veredas y en la misma pequeña población las comunidades se diezmaban cada día porque algunas familias tenían que salir a buscar refugio a otra parte y otras porque caían bajo el azote de las fuerzas armadas.
Por la disputa del poder llegaban momentos angustiosos para todos los habitantes. Se decretaba la llamada “limpieza social” para los que no cumplían órdenes de uno u otro bando Había un joven de 18 años que vivía con la abuela y la sostenía. A los papás los habían matado. A este joven ya le habían llamado la atención porque algunos vecinos lo habían acusado de ladrón. La comida era escasa y no había trabajo; algunas personas estaban obligadas a echar mano de lo ajeno para llevar algo a sus familias.
Aplicación de la parábola
Este joven hacía dos días que no llegaba a la casa. Un campesino del lugar, pasando a su trabajo, lo encontró abaleado, tirado en un potrero. Así sucedía muchas veces, dejando las víctimas para comida de los gallinazos, pues estos revoloteaban por todas partes, debido al olor de carne en descomposición. Así era de grave la situación en esta región.
El campesino dio la noticia a la abuela. Esta se encaminó al lugar para comprobar si era su nieto. Al reconocerlo, muy angustiada, dio aviso al inspector de policía quien le contestó que buscara por otro lado la colaboración pues no podía meterse en problemas porque era muy peligroso.
Acudió a un pastor evangélico quien se conmovió, abordó su jeep y se enrutó a recoger la víctima arriesgando la propia vida. Lo llevó al cementerio para las pruebas de rigor.
Entre tanto la anciana recurrió al equipo misionero buscando ayuda y acompañamiento. Había que comprar ataúd y una muda de ropa para cubrir el cuerpo.
Al escuchar el relato de lo sucedido nos miramos en silencio unos a otros con signos de interrogación, pues también sentíamos el peso de la amenaza.
Entonces recordé las palabras de la parábola: “ve y haz tu lo mismo”. Me ofrecí muy concientemente a salir con la anciana a pedir colaboración al pueblo para conseguir lo necesario. Era domingo, día de mercado en la pequeña población y por supuesto había presencia de todos los grupos contrarios entre sí.
Unas personas conocidas me llamaron la atención diciendo: “no se meta con esa vieja porque corre peligro. La están siguiendo”
Agradeciéndoles con prudencia les contesté: “Tranquilas, no se preocupen por mí, sé muy bien lo que estoy haciendo. Y continué mi búsqueda.
Unas personas colaboraron. Otras rezongaban con mirada amenazante. De todos modos recogimos $42.000 pesos colombianos. Pero el ataúd costaba $600.000. Los fabricaban en un taller del pueblo y según quien fuera el consumidor se rebajaba o encarecía el ataúd.
Así que nos dieron la negativa. Por lo tanto había que ingeniarse y buscar otra forma del traslado del cadáver a la fosa. Entonces se me ocurrió utilizar un plástico grueso que cubría la mesa del altar de la celebración eucarística para envolver la víctima.
A continuación nos encaminamos con Doña Mónica, nombre de la abuela, para lo más significativo de la acción. El cementerio está en las afueras del pueblo. A los alrededores se agrupaban cientos de personas curioseando desde lejos pues el olor era bastante repugnante y nadie se acercaba. La abuela encendió dos veladoras al pie de su nieto, recitó algunas oraciones y don José que era el presidente de la Junta Comunal que también fue Buen Samaritano, y yo, nos colocamos al lado del cadáver para limpiarlo y cubrirlo.
En estos movimientos se me vino el cadáver contra mi vientre. En ese momento sentí una fuerza sobrehumana. La energía de una presencia vivificadora. Tuve la sensación de estar envuelta por algo que sobrepasa mi entender y resonó en mis oídos una voz suave y dulce a la vez: “Estás viviendo la parábola” Desde entonces comprendí el verdadero significado del mensaje evangélico, aunque antes miles de veces había leído y reflexionado la parábola. Nunca había experimentado la gracia del Resucitado tan cerca de mí.
“Por supuesto que la acción no terminó ahí. Fue necesario otro recurso. Hacer que alguien trajera una viga o palo resistente y un lazo o soga para cargar el cadáver al sitio requerido.
¡Impresionante ver al muerto colgado de un palo! La fosa fue cavada por los misioneros presentes. La gente seguía alejada mirando qué pasaba. El rito del entierro fue muy diferente de lo acostumbrado. Fue un momento que se aprovechó para dar un mensaje fuerte de conciencia y sentido de la vida y exigencia de comportamiento, si no cristiano por lo menos, si humano. Después de esto me llamaron a cuentas los enemigos de la verdad, ofreciéndome una cerveza y entre burla y mal chiste supe quienes habían sido los victimarios.
A don José lo mataron poco tiempo después.
Esta experiencia la he contado en reuniones y asambleas. Hoy es la primera vez que la escribo, añadiendo una nota: No es lo mismo sentir compasión a obrar a favor de la vida con pasión.
Maria del Carmen Guerrero rscj
Provincia de Colombia
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