Photos par Shelley Lawrence rscj,
Province du Canada
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El Nogal: un cuento por Paula Grillo rscj
Provincia de Argentina/Uruguay
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El Nogal
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En un pueblo riojano, al pie de la pre-cordillera, había un hermosa
finca de nogales. El Nogal de nuestra historia vivía allí, en esta
tierra rica en minerales, mansa y acogedora.
Pero este Nogal estaba lejos de ser feliz. Cada primavera comenzaba
su tormento. Porque todos los nogales de la finca comenzaban a
llenarse de brotes, se cubrían de hojas y él seguía ahí, desnudo y
avergonzado, pasando por todos los estados de ánimo. Primero la
ilusión de que este año sería diferente. Después comenzaba la
impaciencia, al ver que ningún cambio ocurría en él. Finalmente, lo
invadía la bronca, el desánimo, la desesperación y el odio hacia sí
mismo.
—¡Otra vez! ¡Todos los años es lo mismo! ¡No sirvo para nada! ¡Ojalá
me hacharan y me tiraran al fuego, así se acabaría esta humillación!
Entonces, hacía fuerza, mucha fuerza, hasta ponerse resinoso, pero
apenas lograba sacar un brotecito. Y así pasaba cada primavera,
torturándose hasta que lograba cubrir sus ramas de hojas.
En la finca había también una casita de adobe. Allí vivía el Dueño con
su familia. Era un hombre humilde que amaba la tierra, el agua, el
cielo, la montaña, pero sobre todo a los nogales. Por eso, él mismo
trabajaba y cuidaba su finca.
El Dueño de la finca conocía a cada uno de los nogales, y sabía todo lo
que hay que saber para cuidarlos. Los había plantado él mismo, los
conocía desde que eran semillas, sabía cómo era cada uno. Por eso no
se preocupaba por este Nogal Tardío, porque al final de la temporada,
sus nueces estaban listas a la par de las otras. Simplemente el Nogal
tardaba un poco más en brotar. Era lo propio de esta planta, pero no
por eso dejaba de ser valiosa.
Cuando el Dueño de la finca pasaba cerca del Nogal, lo miraba y decía:
ahí está “mi” Nogal Tardío. Lo acariciaba y le susurraba bajito, como
adivinando lo que el árbol sentía. Y le decía que no se desanimara,
que ya iba a llenarse de hojas y de frutos, que tuviera paciencia, nada
más.
El Nogal se sabía amado por el Dueño, pero según su estado de ánimo,
recibía estas palabras de aliento de distintas maneras. A veces se
sentía consolado, otras exigido, otras culpable por no poder
corresponder ya al amor del Dueño.
Era tan grande la decepción de este Nogal que cuando lograba dar frutos
sentía que eran los peores de la finca, que sus nueces eran las más
chiquitas, las más frágiles, las menos gustosas. Muchas veces había
visto que el Dueño las guardaba aparte, entonces se desanimaba más.
—Ni siquiera las puede vender rotas— se decía así mismo, entristecido.
Así, llegó una nueva primavera, y el Nogal se enfrentaba otra vez a su
problema. Pero este año fue distinto. No sabemos por qué. Tal vez
porque nevó menos este último invierno, entonces había menos humedad en
la tierra. O porque los vientos fríos a fines de agosto atrasaron un
poco el calorcito de la primavera. Lo cierto es que terminaba el mes
de Octubre y el Nogal Tardío no había logrado sacar ni un brote.
¡Estaba desconsolado!
Un día escuchó a los pájaros hablar de otros nogales tardíos.
Asombrado, les preguntó por ellos, empezando a sentirse aliviado al
saber que no era el único en esa situación. Pero los pájaros le
contaron que estos nogales eran distintos, que eran nogales injertados,
por eso eran tardíos.—¿Injertados?— preguntó —Nunca había oído hablar
de eso.
C. Pitoyo
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Entonces, los pájaros le explicaron que en otras fincas talaban a
los nogales, después les ponían púas, es decir, palitos afinados en una
de sus puntas, que eran ramas de otros nogales para que se alimentaran
y crecieran del tronco talado. Esas ramitas eran de otro nogal, de una
variedad que venía de otra tierra. Con el injerto cambiaba la calidad
de las nueces, ya que las nuevas eran grandes y vistosas que después se
vendían muy bien.
El Nogal ilusionado exclamó:
—¡Eso es lo que necesito! Que me
injerten, así aunque sea tardío, la espera quedaría justificada con tan
buenas nueces. El Dueño podría sacar más ganancias y estaría
verdaderamente orgulloso de mí.
Los pájaros le respondieron:
—¡Estás loco! No sabés lo que pedís. Tendrían que talarte por el
tronco. ¡Eso es muy doloroso! Pero el Nogal ya no los escuchaba. La
idea del injerto le pareció la solución a todos sus problemas. Ningún
sufrimiento podía ser mayor a la humillación que tenía que vivir año
tras año.
Estaba decidido, pediría que lo injerten. El asunto era cómo
comunicárselo al Dueño, ya que el hombre era muy sabio y bueno, pero no
entendía el lenguaje de los nogales. El Nogal empezó a desanimarse de
nuevo. Entonces, se acordó del Padre de la Creación. Muchas veces en
su juventud había pedido que se apiade de él y que lo ayudara a brotar.
Como eso no ocurrió, se cansó de reclamarle y dejó de hablar con él.
Pero ante la posibilidad nueva que veía ante él volvió a suplicarle al
Padre de la Creación.
—¡Señor de la Tierra y del Cielo! ¡Te pido que me escuches!
Necesito un milagro. Necesito que el Dueño me injerte. No me importa
lo que tenga que sufrir por esto.Y así, continuó pidiendo, durante
varios días, hasta que algo pasó.
Llegó a la finca un hombre. Venía de otra finca, más grande, a
visitar al Dueño. Estuvo con él, hablando de los tiempos que se
aproximaban, de la necesidad de producir más, de mejorar la calidad de
las nueces, para competir en el mercado, porque el pueblo tiene que
destacarse en la provincia... El Dueño lo escuchaba con respeto. La
verdad es que él no necesitaba todas esas cosas. Tenía lo suficiente
para vivir y no quería esclavizarse trabajando. Con lo que sacaba de
su finca podía mantener a su familia y podía disfrutar de un poco de
tiempo libre para compartir con su esposa, jugar con sus hijos y verlos
crecer.
El Visitante seguía firmemente con su discurso. Así, paseándose por
la finca llegaron hasta el Nogal Tardío.—Ve, fíjese este nogal— decía
—Ya estamos en noviembre y todavía no tiene hojas. Si usted lo
injertara, estaría mejor aprovechado. Porque aunque se brote tarde,
usted obtendría unas nueces “de clase” y esas se venden mucho mejor.El
Dueño no se dejaba convencer:—Mire, este nogal da buenas nueces. ¿Para
qué voy a hacer sufrir al pobre árbol talándolo así?
—¡¿Pero no se da cuenta?!— insistía el Visitante —Si no mejora la
calidad de sus nueces se va a quedar atrás, hombre! Así nunca vamos a
ser los principales productores... Mire, ¿por qué no empieza probando
con este? Total, no pierde nada, si ni siquiera está brotado...
El Dueño de la finca no quiso ser grosero, así que le dijo al Visitante que lo iba a pensar.
El Nogal, atento a todo, rogaba para que su deseo se cumpliera.
Al día siguiente, muy temprano, el Nogal se despertó bruscamente, una
sierra eléctrica le hería la piel. Sí, lo estaban talando. El Nogal
sentía que se moría... qué dolor tan horrible! Quería llorar, gritar,
pero soportó que la sierra lo atravesara despojándolo de todas sus
ramas, no podía quejarse. Además, sabía que era el precio que tenía
que pagar para cambiar... Fue terrible! El Nogal se sintió cruelmente
destrozado, dividido en dos... pero la sensación fue desapareciendo.
La parte cortada, que yacía en el piso empezó a morir, hachada para
leña. Y el tronco solitario, apretó las raíces contra la tierra para
aferrarse a la vida.
Apenas estaba reponiéndose cuando una incisiva punzada lo volvió a
atravesar. El doloroso cambio no había terminado, faltaban las
púas... El Nogal sufrió muchísimo, no había imaginado que el cambio
sería tan devastador, pero se consolaba pensando en las nueces que
podría llegar a dar.
Así pasó el tiempo, mucho tiempo, mientras que el dolor iba
disminuyendo y las ramas nuevas comenzaban a alimentarse del tronco del
Nogal. Se sentía raro, su savia había cambiado, mezclándose con la de
los injertos. Ya no era él mismo; estaba perdiendo su esencia.
Finalmente, el Nogal Tardío volvió a brotar, a llenarse de hojas y de
frutos. Llegó el tiempo de la cosecha y comprobó que tanto sacrificio
había dado resultado: Sus nueces eran las más grandes, y la pulpa de
éstas era la más resistente, prolija y vistosa! Sin embargo, el Nogal
seguía sin ser feliz. Sentía nostalgia de su vieja forma. Ahora
estaba como desfigurado y más débil y cansado.
Pero el colmo de su tristeza fue cuando oyó al Dueño de la finca lamentándose:
—¡Qué pena! He arruinado a este pobre árbol. Estas nueces “de clase”
no son como las que daba antes. Serán muy vistosas pero no tienen el
mismo sabor.
El Nogal no quería vivir más. Tanto esfuerzo, tanto sacrificio, para
nada! Había perdido su ser original por no aceptarse como era, por
querer ser otro. Y sus nueces, que para el Dueño eran únicas, ya no
podía ofrecérselas más.
M. Pireaccini
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El Nogal lloró hondamente y pidió perdón al Padre de la Creación por no
haber comprendido antes que era valioso siendo un Nogal Tardío...
—Si tan sólo pudiera volver el tiempo atrás— suspiró.
Y entonces desde la base de su tronco sintió una caricia cálida, un
temblor pequeño que lo sacudía con ternura y que poco a poco se iba
transformando en un abrazo apretado...
Y el Nogal despertó. Miró hacia abajo y descubrió que aferrado a él se
encontraba el hijo más pequeño del Dueño de la finca. Tardó un rato en
reaccionar hasta que la voz del Dueño lo devolvió a la realidad:
—¿Te gusta este Nogal, hijito? Pues te voy a decir un secreto: este es
mi Nogal preferido! Esas nueces tan ricas que guardo para ustedes me
las regala él. Es un Nogal Tardío, porque se demora un poco más que
los otros en brotar. Pero la espera vale la pena: sus nueces son las
más sabrosas!
Y pensar que aquel Visitante quería que lo injerte... Jamás le haría
eso a este buen árbol. Lo que si espero hacer algún día, cuando tengas
tu finca, es regalarte unos gajos de este Nogal para que vos también
puedas disfrutar de nueces tan buenas.
El Dueño abrazó fuerte al Nogal, tomó a su hijito en brazos y se fue
hacia la casa. Mientras contemplaba como se alejaban, el Nogal vibró
de alegría al saberse entero y tan apreciado. Sus nueces tal vez eran
las más pequeñas y frágiles, pero eran únicas, y aunque no se vendan
muy bien en el mercado, los que sí saben de nueces conocían su gran
valor.
El Nogal Tardío había descubierto que tenía un don para ofrecer y que
justamente ese don era posible gracias a los cuidados de este Dueño
fiel que siempre había apostado por él. Ahora tenía la certeza de que
él también podía corresponder al amor del Dueño de la finca. Y
dejándose mecer por la brisa del nuevo día, dio gracias al Padre de la
Creación por su paciencia, por el “milagro” de hacerlo comprender, a
través de un sueño, que no necesitaba cambiar para ser feliz. El
secreto estaba en descubrir que él también encerraba un tesoro para los
demás.
El Nogal Tardío comenzó a brotar.
Paula Grillo rscj
Provincia de Argentina – Uruguay
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