Devolverle al mundo el fuego de la caridad PDF Imprimir E-mail
02.06.07

0706_reflections3

Miyako Namikawa rscj

Devolverle al mundo el fuego de la caridad

Como humanidad, hemos fracasado en el amor

Quisiera comenzar esta reflexión con ustedes, compartiendo mi visión del momento histórico en el que vivimos y donde creemos que desde nuestra espiritualidad tenemos una palabra que decir y un aporte que dar. Con muchas otras personas comparto una percepción del mundo como una enorme y compleja construcción sin alma, sin orientación, remecida por violentos golpes y estremecida por enormes dolores. Durante todo el año, al rezar por el mundo, se me ha venido el pasaje del evangelio cuando los discípulos no pueden sanar a un niño poseído por un mal espíritu, una fuerza que lo violenta y lo deja como muerto. Quiero que leamos juntos este texto y cuando nombremos al niño todos pensemos en el mundo y los jóvenes, cuando nombremos al padre, pensemos en nosotros como educadores, y cuando nombremos a los discípulos pensemos en la iglesia de Jesús.

.......

Tengo en el trasfondo de esta mirada una carta de Clare Pratt, superiora  general nuestra, en la que hace un diagnóstico tremendo sobre el momento actual del mundo.  Nos escribe conmovida por los acontecimientos  que traspasan de dolor a la humanidad, acontecimientos violentos que matan, dividen, oprimen y empobrecen a pueblos enteros:

“La impotencia que sentimos puede abrumarnos, y yo la padezco tanto como ustedes. Estamos experimentando el fracaso de la humanidad para amar.”

Desde nuestro lugar de misión, insertas en una cultura dominante, avasalladora, en un sistema injusto y opresor, ¿no experimentamos también nosotros esa impotencia que nos lleva a hacer la misma afirmación? Y Clare continúa su reflexión recordando las palabras de Etty Hillesum, una joven judía, desde un campo de concentración:

“Yo creo quizá ingenuamente, pero con convicción, que si este mundo se convierte en un lugar más habitable, será sólo a través del amor; el amor del que el judío Pablo habla a los Corintios en el capítulo 13 de su primera carta…”.

Con ser muy fuerte la afirmación que hace Clare, ella no se queda en una visión pesimista del momento presente de la humanidad. Ni nosotros, si estamos aquí, nos encontramos paralizados por la impotencia, al contrario, no creemos que estemos en un mundo sin Dios. Momentos de “desolación” como este, si pudiéramos aprovechar aquí el lenguaje del discernimiento de espíritu que utiliza San Ignacio, son momentos en los que Dios actúa de manera privilegiada y se hace más clara la gracia que sostiene y la esperanza que anima y más evidente que la vida y la fraternidad son un don. Estoy segura que en el “desierto”  del mundo Dios está  actuando, trabajando, recreando y redimiendo, y lo hace suscitando en nosotros inquietudes, búsquedas y esfuerzos sinceros y responsables para recuperar su fuerza creativa y armonizadora, su belleza y bondad derrochadora. Porque la vida por principio es eso: belleza que se derrocha en los pequeños detalles, -como la primavera-, energía o fuerza que se reproduce y multiplica incesantemente, bondad que “abuena”  todo, que repara, que sana, que recupera... Y la tarea de la espiritualidad consiste en esto: encontrar las huellas por las que Dios está haciendo este trabajo en las personas y la historia, reconocer dónde la vida está reproduciéndose, creando novedades, uniendo, embelleciendo, llenando de bondad...

Reconocemos estas huellas en  algunas búsquedas que, aunque imperfectas e incompletas, pero no por eso menos significativas,  la humanidad ha venido haciendo para llenar su vacío: pienso en el movimiento New Age y las nuevas construcciones de sentido de la vida y de sentido de la trascendencia que ha intentado la cultura actual; en la iglesia vivimos una época de un fuerte retorno a la espiritualidad, la sed de un encuentro personal con Dios nos ha hecho retomar los retiros espirituales, el acompañamiento y los encuentros litúrgicos y de oración en nuestras pastorales; en la educación, que es el campo en el que nos movemos nosotros, la revalorización de las inteligencias múltiples y emocional devuelve al ser humano dimensiones de su vida y de su crecimiento bastante postergadas.

El despertar de esta dimensión en el mundo y en la iglesia, dimensión que rescata lo holístico por sobre lo parcializado o fragmentado, lo intuitivo por sobre lo meramente analítico, lo creativo por sobre lo mecánico, lo imaginativo por sobre lo técnico y lo emocional por sobre lo racional, viene a darnos una buena noticia: la posibilidad de un equilibrio que estábamos perdiendo en una cultura que ha sobrevalorado lo cuantitativo y racional, encandilándonos con el avance científico y técnico, nos ha ido transformando en sociedades rígidas, mecánicas y uniformes, con poca creatividad y  menos tolerancia a la diversidad.  Los riesgos que estos “desequilibrios”  supone para la humanidad y la vida de cada persona, han  preocupado a muchos y han hecho sentir la necesidad de nuevas formas de vida que acogen y dan espacio a nuestra sensibilidad e intuición.

En un encuentro para padres reflexionamos sobre lo que nos había ayudado a construir nuestra felicidad a lo largo de la vida. Todo lo que iba en “rescate” de esta otra dimensión había sido lo clave: el espacio de acogida y apoyo incondicional que se encuentra en la familia cada tarde al llegar cansado, el amor que los padres nos entregaron a través de gestos gratuitos y de esfuerzos y sacrificios que hicieron por nosotros, las relaciones, los vínculos y amistades, las experiencias de dolor que han llevado cada vez a buscar más profundamente y la fe como conciencia de sabernos “trascendidos” y con capacidad de trascender todas las cosas y los momentos. Bastaba escuchar a este grupo de personas, la mayoría entre los 30 y 40 años, para reconocer que el sobredimensionar el progreso material y técnico nos ha dejado con unas vidas personales raquíticas y unas relaciones muy frágiles.

Educar para amar
Cuando hoy leemos las respuestas que surgen de la investigación sobre la inteligencia afectiva, quedamos sorprendidos al constatar cómo se comienzan a revalorizar factores de la educación y dimensiones de la persona que ya estaban presente en la tradición educativa de Sta. Magdalena Sofía. Para la teoría de la inteligencia afectiva, la autorrealización está ligada al manejo consciente del propio mundo emotivo, con todo lo que ello implica de disciplina y de desarrollo de un sano juicio moral; con la habilidad para establecer relaciones de convivencia basadas en la confianza, la comprensión mutua, la comunicación, el respeto, la sinceridad y la cooperación, y con la capacidad de adaptación creativa y constructiva en la sociedad.

Aquí resuenan las palabras que M.Sofía repite tantas veces cada vez que habla de la educación: interioridad , la fe y el evangelio, el amor puesto en las relaciones y el actuar,  el compromiso en la transformación del mundo.  Nosotros sabemos el lugar central que M. Sofía dio a la educación de la afectividad en la misión de formar personas íntegras,  sólidas  y dispuestas a colaborar creativamente en el mundo. Traigo aquí una cita solamente que nos sirve como ejemplo:

“El objeto de una prudente Institución Educativa es adornar el espíritu de las jóvenes con el estudio de las letras y todas las ramas útiles del saber; de formar su corazón a la virtud, y por encima de todo, inspirarle respeto y amor por la religión cristiana, así como sencillez en su conducta, modestia, sentido de la economía y del trabajo.”  

(Plan de Estudio, 1806)

Recordemos su deseo más hondo tal como lo expresó en una de sus conferencias:

“Con todas mis fuerzas trato de enseñar... que nuestra religión es caridad y fraternidad  y que su  emblema es un corazón.”

Sofia Baranda rscj
provincia de Chile


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Última modificación ( 16.05.07 )
 

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