|
Un médico afirmaba: ?usted se acepta bien a pesar de la artrosis en las rodillas, las depresiones y otros contratiempos?. ¿De dónde le vienen estos handicaps?
En el invierno de 1953, un hombre enviado por las religiosas de Viena
nos dijo que tenía el encargo de hacernos pasar la frontera entre
Hungría y Austria. Teníamos que quemar las cartas en alemán y las de
Roma, pues tener correspondencia con el extranjero sería considerado
espionaje. Pero al día siguiente por la noche la policía vino ya a
arrestarnos. Habían encontrado nuestros nombres y direcciones en la
casa de este hombre.
Mi delito era haber querido pasar la frontera sin pasaporte para unirme
a mis hermanas de Austria. La huida no tuvo éxito y estuve tres años en
la cárcel. A menudo los guardias se burlaban: ?¿la vida en la cárcel no
es igual que la del convento?? La pobreza se sentía: dos camas de
campamento para cuatro personas en la celda, ningún objeto para el aseo
personal, poca alimentación. Los interrogatorios eran interminables
sobre todos los detalles de nuestra vida buscando que traicionáramos a
otras personas. El miedo me dejaba extenuada. Me costaba soportar los
tacos y la crudeza con que nos trataban, y sobre todo los chequeos.
Durante las noches, hacia las dos de la madrugada, oíamos a menudo
gritos y el ruido de baúles de chapa. Muchos de nuestros mejores
hombres políticos, sacerdotes, valientes húngaros perdieron su vida
allí. Yo había estado en cuatro cárceles diferentes, y lo más duro fue
cuatro meses encerrada en una celda. Toda mi vida he sufrido las
consecuencias. En otra cárcel, trabajábamos con máquinas de coser
eléctricas y el trabajo para mí era un alivio.
Después de tres años de prisión volví a Budapest, donde pude encontrar
trabajo. En esa época, tenía dudas sobre mi vocación. Pero en 1956
intentamos pasar de nuevo la frontera y las cuatro lo conseguimos.
Milagrosamente, llegamos a Viena, a Rennweg.
¿Quién soy? Nací en 1923 en Bercel, pueblo al norte de Hungría, de una
antigua familia húngara. Éramos tres hermanos, dos chicas y un chico.
Mi madre era luterana, mi padre liberal. Fuimos educados por
institutrices extranjeras que seguían las órdenes severas de mi padre.
Después de los diez años, seguí la educación en colegios religiosos.
Después de ocho años de colegio y uno de escuela de hogar, estaba
preparada para casarme pero ningún chico me gustaba.
Después llegó la segunda guerra mundial. Los Rusos llegaron a Hungría,
y para no caer en sus manos, pasé algunos meses en el Sagrado Corazón,
en un sótano, con mi hermana que era aún alumna. Nos habían requisado
la casa. Mis padres vivían con mis abuelos, y yo iba a ocuparme de
cinco huérfanos cuyos padres habían matado los Rusos. Después de un
año, a pesar de que la superiora dudaba, entré en el Sagrado Corazón.
Con mucho celo y algunas exageraciones de juventud, quería dar mi vida
a Dios como lo había visto hacer a las Madres.
En 1949 tuvimos que dejar la casa grande y la escuela, confiscadas por
el Estado. Hasta 1959 al disminuir bastante de número, vivimos en la
otra casa. Los comunistas acabaron por echarnos y nos deportaron a un
campo. Éramos once. La superiora suiza y dos austriacas, una de ellas
gravemente enferma, dejaron Hungría. Las otras siete ? tres profesas y
cuatro aspirantes - se quedaron en casas de familias en Budapest y en
el campo. Todos los domingos, las que estábamos en Budapest, nos
encontrábamos y vivíamos nuestra vida religiosa y nuestro trabajo con
mucha seriedad.
Primero encontré trabajo como costurera, más tarde en contabilidad. El
año 1951 fue muy triste para muchas personas de Hungría. Los comunistas
querían eliminar una cierta clase social deportando familias al campo a
las que alojaban en los gallineros y en las granjas. Mis padres que
tenían sesenta años entonces y mi hermano vivieron durante diecisiete
años deportados. Mi hermana y una tía se ahogaron en el río en un
accidente trágico un día que vinieron a visitarles..
En 1957, antes de mi probación, pasé un tiempo en la Trinidad del
Monte. Los votos perpetuos me dieron la certeza de mi vocación
religiosa. Sin embargo, a la profesión perpetua siguieron diez años
tristes. Tenía depresiones y me sentía bloqueada hasta el día en que un
médico encontró el remedio que me alivió y dio esperanza.
Me ayudaba también dos cosas: las clases de religión que daba en la
Escuela Primaria de Viena y la vida comunitaria en pequeñas comunidades
después del Vaticano II. Ahora, que tengo 80 años, vivo con hermanas de
mi misma edad, en Riedenburg. Tengo mucho tiempo para rezar y puedo
ejercitarme en llegar a ser ?una buena enferma?, y que mi sentido del
humor que no me ha abandonado nunca aún en los momentos más duros, me
ayudará hasta el final.
|