perfil: Erzsébet Berczelly rscj, Provincia de Austria-Hungriá Imprimir E-mail
01.06.04






Un médico afirmaba: ?usted se acepta bien a pesar de la artrosis en las rodillas, las depresiones y otros contratiempos?. ¿De dónde le vienen estos handicaps?

En el invierno de 1953, un hombre enviado por las religiosas de Viena nos dijo que tenía el encargo de hacernos pasar la frontera entre Hungría y Austria. Teníamos que quemar las cartas en alemán y las de Roma, pues tener correspondencia con el extranjero sería considerado espionaje. Pero al día siguiente por la noche la policía vino ya a arrestarnos. Habían encontrado nuestros nombres y direcciones en la casa de este hombre.

Mi delito era haber querido pasar la frontera sin pasaporte para unirme a mis hermanas de Austria. La huida no tuvo éxito y estuve tres años en la cárcel. A menudo los guardias se burlaban: ?¿la vida en la cárcel no es igual que la del convento?? La pobreza se sentía: dos camas de campamento para cuatro personas en la celda, ningún objeto para el aseo personal, poca alimentación. Los interrogatorios eran interminables sobre todos los detalles de nuestra vida buscando que traicionáramos a otras personas. El miedo me dejaba extenuada. Me costaba soportar los tacos y la crudeza con que nos trataban, y sobre todo los chequeos. Durante las noches, hacia las dos de la madrugada, oíamos a menudo gritos y el ruido de baúles de chapa. Muchos de nuestros mejores hombres políticos, sacerdotes, valientes húngaros perdieron su vida allí. Yo había estado en cuatro cárceles diferentes, y lo más duro fue cuatro meses encerrada en una celda. Toda mi vida he sufrido las consecuencias. En otra cárcel, trabajábamos con máquinas de coser eléctricas y el trabajo para mí era un alivio.

Después de tres años de prisión volví a Budapest, donde pude encontrar trabajo. En esa época, tenía dudas sobre mi vocación. Pero en 1956 intentamos pasar de nuevo la frontera y las cuatro lo conseguimos. Milagrosamente, llegamos a Viena, a Rennweg.

¿Quién soy? Nací en 1923 en Bercel, pueblo al norte de Hungría, de una antigua familia húngara. Éramos tres hermanos, dos chicas y un chico. Mi madre era luterana, mi padre liberal. Fuimos educados por institutrices extranjeras que seguían las órdenes severas de mi padre. Después de los diez años, seguí la educación en colegios religiosos. Después de ocho años de colegio y uno de escuela de hogar, estaba preparada para casarme pero ningún chico me gustaba.

Después llegó la segunda guerra mundial. Los Rusos llegaron a Hungría, y para no caer en sus manos, pasé algunos meses en el Sagrado Corazón, en un sótano, con mi hermana que era aún alumna. Nos habían requisado la casa. Mis padres vivían con mis abuelos, y yo iba a ocuparme de cinco huérfanos cuyos padres habían matado los Rusos. Después de un año, a pesar de que la superiora dudaba, entré en el Sagrado Corazón. Con mucho celo y algunas exageraciones de juventud, quería dar mi vida a Dios como lo había visto hacer a las Madres.

En 1949 tuvimos que dejar la casa grande y la escuela, confiscadas por el Estado. Hasta 1959 al disminuir bastante de número, vivimos en la otra casa. Los comunistas acabaron por echarnos y nos deportaron a un campo. Éramos once. La superiora suiza y dos austriacas, una de ellas gravemente enferma, dejaron Hungría. Las otras siete ? tres profesas y cuatro aspirantes - se quedaron en casas de familias en Budapest y en el campo. Todos los domingos, las que estábamos en Budapest, nos encontrábamos y vivíamos nuestra vida religiosa y nuestro trabajo con mucha seriedad.

Primero encontré trabajo como costurera, más tarde en contabilidad. El año 1951 fue muy triste para muchas personas de Hungría. Los comunistas querían eliminar una cierta clase social deportando familias al campo a las que alojaban en los gallineros y en las granjas. Mis padres que tenían sesenta años entonces y mi hermano vivieron durante diecisiete años deportados. Mi hermana y una tía se ahogaron en el río en un accidente trágico un día que vinieron a visitarles..

En 1957, antes de mi probación, pasé un tiempo en la Trinidad del Monte. Los votos perpetuos me dieron la certeza de mi vocación religiosa. Sin embargo, a la profesión perpetua siguieron diez años tristes. Tenía depresiones y me sentía bloqueada hasta el día en que un médico encontró el remedio que me alivió y dio esperanza.

Me ayudaba también dos cosas: las clases de religión que daba en la Escuela Primaria de Viena y la vida comunitaria en pequeñas comunidades después del Vaticano II. Ahora, que tengo 80 años, vivo con hermanas de mi misma edad, en Riedenburg. Tengo mucho tiempo para rezar y puedo ejercitarme en llegar a ser ?una buena enferma?, y que mi sentido del humor que no me ha abandonado nunca aún en los momentos más duros, me ayudará hasta el final.


 

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