

Xuân (a la derecha) con su amiga Véronique
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El Menú de Isaías 58
Cuando tenía diez años no me preocupaba del giro del mundo. Centraba toda mi energía en el estudio y en divertirme con las compañeras, en enamorarme del chico vecino, en crecer en mi barrio. Pertenecía a un pueblo, a una historia, a una cultura, a una lengua y a una familia. Esto era más que suficiente.
Pero, durante varias noches, oí caer bombas muy cerca de casa. La guerra había comenzado hacía mucho tiempo, mucho antes de que yo naciera, entre el Norte y el Sur, entre el régimen comunista y el pro-americano, entre hombres y mujeres con sueños diferentes para su país.
Y, de repente, anunciaron por radio, la caída de Saigón, los comunistas del Norte habían ocupado la última ciudad del Sur, la capital. Era el 30 de Abril de 1975. Vietnam se reunificaba, ¿pero al precio de cuántos muertos? Mi vida, de un día para otro, cambió como le ha pasado a muchos. Conocí la huída en barco, los campos de refugiados, el proceso del asilo político, el desarraigo, el choque cultural, el desafío de la integración, la búsqueda de una identidad, la voluntad de encontrar una estabilidad en un medio completamente distinto. A decir verdad, yo no sería capaz de volver a vivir un proceso como este otra vez. Pero no penséis que mi historia ha terminado. Bendito sea Dios. ¡Si supierais lo apasionante que es!
Me llamo Xuân y me encanta el arroz. No me acostumbro al queso, a la cerveza, ni a las patatas, aunque he vivido trece años con las hermanas de Bélgica. Esto significa que tengo la mente alimentada por el norte pero mi estómago es genéticamente del Sur.
Me gusta el ayuno de Isaías 58, 6-12, quien nos ofrece un menú de liberación para los oprimidos, de solidaridad con los hambrientos, de creatividad a partir de las ruinas y de las brechas. Nada me agrada tanto como el reciclaje y la reconversión, porque re-utilizar y crear a partir de los restos y excedentes, de lo que la gente tira, es prueba de inteligencia y palabra de dignidad.
Trabajo, en contra de nuestra sociedad de consumo, en Nativitas, un restaurante social en el centro de la ciudad de Bruselas, capital de Europa. La ?segunda mano? es nuestra especialidad: comidas a 2 ?, preparadas con conservas del Banco de Alimentos o de los excedentes de los grandes restaurantes; el guardarropas de vestidos, calzado y otras cosas que proceden de donaciones privadas; una familia ?reconstituida? de colaboradores, empleados, usuarios de todos los países, colores, religiones, medios sociales, culturas, opiniones políticas, etc. El Espíritu Santo se encuentra a gusto, ya que nunca sabemos ni de donde vienen ni adonde van estas personas; hacen mucho ruido porque se sienten mal. Están enfermos por el alcohol, la ilegalidad o la soledad. Desconfían por causa de rupturas familiares, relacionales, profesionales y sociales. Muchos tienen la mirada vacía, sin sueños; a fin de cuentas, esto es lo más serio. El carecer de proyectos puede que sea la miseria más grande que podemos conocer. Es verdad que es difícil hacer proyectos cuando se tiene sueño y hambre, cuando se está sucio, cuando los años pasan y no se tienen los papeles de residencia en regla.
Así nació este espacio para las tardes de viernes, un lugar donde chispas de posibilidad pueden subir a la superficie. Trabajando juntos, lo que se puede llevar a cabo, por modesto que sea, está a nuestro alcance. Tener confianza, trabajar en equipo, tener un lugar, volver a aprender que ?yo soy? y que ?tú eres? nos hace ir mas allá de los conflictos, pedir perdón y colmarnos de paciencia.
Estos momentos de proyectar en común, construyen la fraternidad de la esperanza. A través de celebraciones de cumpleaños, de talleres de poesía, de hacer velas, de preparar trufas de chocolate, cursos de diferentes lenguas, mesas redondas en donde se escucha sin juzgar, veladas de cenas solidarias para recaudar fondos que financien la excursión a la granja o una barbacoa en el campo... en el corazón de estos acontecimientos y de la historia santa de Nativitas está presente Dios.
De hecho, Dios pasa por allí todos los días, ya que le gusta rondar por donde los VIP (very important people) evitan aparecer excepto en época de elecciones. Muchas veces me sobrecoge el reconocerle. El otro día me dio un toque. Muriel, la voluntaria judía que se entrega en alma y cuerpo a su trabajo, vio cómo se llevaban otra vez su coche al depósito en estos últimos quince días. Volvió al restaurante con la cara descompuesta por el problema financiero que le pesa mucho ahora. Es psicóloga y su salario es mínimo ya que exige pocos honorarios a sus pacientes. Abdel me sugirió que hiciéramos una colecta. Yo por dentro me decía que sería sólo un gesto simbólico y solidario dado la sencillez del público que frecuenta el restaurante social. Discretamente hice la colecta. Con apuro, puse todo en un sobre sin contarlo con una palabrita cariñosa y me marché. Unos días después me dijo Muriel que se había quedado de piedra al ver la suma total de lo recaudado. Le caían las lágrimas al comprobar que era la cantidad exacta que debía pagar por la infracción. Creo que el Señor debió multiplicar los billetes de Euros porque las multas son muy caras en Bélgica, además de la multa de la policía hay que pagar la grúa. Cristiana que soy, dije a la chica judía: ?acabamos de vivir un pasaje del Evangelio?
Hoy al alba de mis cuarenta años de mujer religiosa educadora, pongo toda mi energía vital para renacer como prima, hermana pequeña, hermana mayor, nieta, hija, madre, según parentesco con Jesús de Nazareth. Quienquiera que escuche y haga la voluntad del Padre es de mi propia carne, dijo Jesús. Formo parte de un pueblo tan querido por Dios, el pueblo de los marginados, los últimos en la cola de la sociedad. Abandonos y cortocircuitos afectivos generan diferentes maneras de entrar en relación: la sed de amar o el rechazo. Mi espacio espiritual es el costado abierto de Jesús de donde mana la fuente inagotable de su amor al Padre y a nosotros. No sé nadar, pero después de sumergirme en este torrente sin fondo desde mi noviciado, todavía no me he ahogado. Por el contrario, cuanto más amo con su amor, más recibo, y mayor es la capacidad desbordante de amar. Querer a Chantal es un acto de valor, amarla hasta confiarle la responsabilidad de su proyecto es una locura, pero como dice el Nazareno: ?el siervo no es más que su señor?. Luego le toca a Él asumir la locura de su sierva.
Chantal se propuso organizar una barbacoa en su casa para todos lo que deseáramos pasar un día en el campo. Para esto se empezó a preparar una comida ?Onore al Italia? con todos los voluntarios, a fin de recaudar fondos necesarios para esta barbacoa. Madre di Dio, Chantal se convirtió en una leona furiosa, gritando, atropellando, empujando a su equipo, incluso a mí, por cualquier tontería. Hasta la mañana de esa velada, ella vociferaba con cólera diciendo que se retiraba del proyecto. La puse delante de su libertad para que optara por cualquier decisión. Pensándolo bien, soy una loca rscj, pero a la vez profesional en mi trabajo, ya que había previsto el plan A (con Chantal) y el plan B (sin Chantal). De este modo, con la mayor dulzura y delicadeza de Dios, guardé la cabeza. Adivinad lo que sigue, Chantal vino a hacer la vajilla, criticando todo, y la velada fue un éxito.
Estar cercano, dialogar, encontrarnos en nuestras caídas, ayudarnos unos a otros a levantarnos, perdonarnos mutuamente, cultivar la cultura de la paz, de lo positivo, de la fraternidad, encontrar la puerta indicada para la comunión, estos son algunos de los ingredientes del menú de Isaías 58.
Encontrar la puerta indicada es una intuición que me ha llevado a hacer ?retiros en la calle? desde la vuelta de mi profesión hace ya tres años ¿Cómo encontrar al otro ?como a Jesús? encontró a sus compañeros, sobre todo a los rechazados por la sociedad? ¿De que modo estoy yo llamada ?a ser como Jesús? a convertirme en un ser solidario con los más pobres de nuestros tiempos? ¿Por qué hago una semana en la calle y cincuenta y una semanas estoy cobijada? ¿Por qué pronuncio un voto de pobreza que me da una seguridad hasta la muerte? Como la esencia verdadera de una pregunta es suscitar otras, y no el encontrar respuesta, dejo surgir otros interrogantes que son como las piedrecillas de Pulgarcito que trazan el camino de mi próximo retiro en la calle.
Antes de que me llegue la menopausia, me gustaría dar a luz este embarazo que acarreo durante tiempo. Nací en Vietnam y desearía servir al pueblo pobre vietnamita durante algún tiempo.
En 1996 pude participar con los jóvenes vietnamitas y Marie-Gisèle rscj, vietnamita de Francia, durante quince días, ?volviendo a las fuentes.?
No olvidaré nunca a aquel niño travieso de 7 años que el camarero echó con el revés de su mano. Mendigaba en mi mesa el pastel ya desenvuelto, dejado por un cliente anterior. El padre del pequeño suplicaba al camarero: ?como está abierto, déselo a mi hijo?. No me moví ante el deseo del niño hambriento. A través de mi trabajo en Nativitas he comprendido que el dar este pastel olvidado o comprarle otro, es considerarlo como un mendigo, peor, confinarlo a la mendicidad. Muchos vietnamitas, entre ellos curas, se han convertido en mendigos en sus mentes para construir sus iglesias. Consideran a los viêt-kièu (vietnamitas en el extranjero) como las vacas lecheras.
Con el padre, el hijo y otros autóctonos, abriríamos un Nativitas-Vietnam, un anexo misionero del de Bruselas, animando a la solidaridad a través de donativos, de la gratuidad del voluntariado, de la creatividad con los residuos, de un espacio artístico ? cultural del proyecto común; bien, es el mismo menú de Isaías acompañado de la salsa agridulce vietnamita.
Cuando llegue al fin de mi vida, el mundo continuará girando en todos los sentidos. Pero cualquiera que sean sus vueltas, Dios bendecirá su humanidad hecha de amor y de carencias.
En cuanto a vosotros, cada una de mis hermanas y hermanos del mundo entero, recibir mi saludo a lo asiático o un beso cariñoso a lo occidental, en este día de Santa Sofía que levanta el vaso de vino brindando a nuestra salud.
Nguyen Xuân rscj
Provincia de Bélgica - Holanda