Isabel García y la comunidad del Noviciado año 2003: Olivia, Mané (JP), Elvira, Isabel, Yerka y Olinka
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Isabel
García rscj, chilena nacida en Bolivia en 1947. Pertenece a la
provincia de Chile. Vive en Santiago, es maestra de novicias y trabaja
en CONFERRE (Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile).
Cuando me piden compartir de mi vida, siento que me cuesta exponerme,
pero el mirar lo que Dios ha puesto en mi ser como semillas y las
oportunidades a través de las que El ha ido regándolas, haciéndolas
germinar y, en algunos casos, recogiendo fruto (Jn. 15)?no me queda más
que agradecer y reconocer que lo que me ha sido dado gratuitamente es
para entregarlo gratuitamente para bien del cuerpo eclesial (1Cor.12).
Soy la hija mayor de padre boliviano y madre chilena, esto hace que
desde mis orígenes sienta que la diversidad es parte de la vida que se
me ha regalado. En mi infancia este rasgo fue marcado por las
dificultades limítrofes entre ambos países, las que percibía en mi
condición de niña, por una parte con las compañeras de colegio que
rechazaban al país vecino, y por otra, desde mi experiencia familiar
sentía muy fuerte que no cabía la división, que eso era un asunto
político de un momento de la historia manipulado intencionalmente, pero
que Dios nos quería a todos como una sola familia.
Mi casa además fue siempre, por razones de trabajo de mi papá, espacio
donde hubo presencia de gente de diversos países, de diversas culturas
y razas; lo que me fue alimentando el que estábamos llamados por Dios a
formar una sola gran familia, sin importar las diferencias sino, por el
contrario, enriqueciéndonos en esa diversidad.
Otro rasgo familiar en el que crecí es el de un hogar muy cristiano, de
compromiso activo en la Iglesia, pero obviamente en esa época, en un
estilo eclesial preconciliar al Vaticano II. Muy unido a esto, estuvo
el haber sido educada en el colegio de las Religiosas del Sagrado
Corazón, donde se me inculcó una conciencia fuerte de pertenencia a la
Iglesia.
Me sentí llamada a la Vida Religiosa en mi etapa de estudiante
universitaria; era época de mucho cambio social y la Iglesia estaba
concretizando los llamados conciliares que en América Latina fueron
marcados por la fuerza con que el Espíritu impulsó las Orientaciones de
la Conferencia Episcopal de Medellín.
Al entrar a la Sociedad en 1970, me encontré con que las hermanas
estaban en un momento de muchos cambios y búsquedas, además hacía mucho
tiempo que ninguna joven entraba a nuestra provincia y, por tanto, la
formación que se suponía debía recibir también estaba en profunda
revisión. De hecho, creo que no tuve nada de lo que se podría
considerar ?noviciado formal? pero sí tuve la inmensa riqueza de dar
mis primeros pasos en una Iglesia muy participativa de comunidades de
base, y en que las rscj me facilitaban el tomar parte junto con ellas
en todo este caminar de búsqueda de nuevas respuestas de la vida
religiosa y de la Iglesia en el mundo.
Fue un tiempo de mucha riqueza, que me mostró una vida religiosa
inserta en medio de los pobres, en relación con muchas congregaciones
que, unidas y con el don de la diversidad de carismas, hacíamos camino
como parte de este gran pueblo de Dios. Era tiempo en que los laicos
empezaban a participar en pequeñas comunidades que reflexionaban la
realidad a la luz de la Palabra y experimentaban la importancia de
aportar a la realidad del país desde su ser de cristianos y cristianas.
Políticamente el país se comenzó a polarizar hasta que en 1973 la
democracia se vio interrumpida bruscamente por un golpe militar y las
condiciones de participación eclesial cambiaron significativamente. El
episcopado, con sus orientaciones, y la iglesia en general, estuvo muy
cerca de la problemática vivida por quienes sufrían más las
consecuencias del golpe. La vida religiosa no podía estar al margen de
todo eso y, aunque me producía mucho miedo, fue un tiempo en que
acompañé grupos juveniles en lugares bastante conflictivos. Sentía que
Jesús me impulsaba a estar ahí como Iglesia.
La etapa de estudios teológicos, la viví trabajando simultáneamente en
el Instituto de Pastoral Juvenil, lo que me permitió gozar y adentrarme
más en el sentido de pertenencia a una Iglesia llamada a ser luz de las
gentes, una Iglesia que buscaba hacer suyos los gozos y las esperanzas,
los dolores y las tristezas de la gente, especialmente de los jóvenes.
Así llegué a la probación para prepararme a hacer mis votos perpetuos,
sintiendo muy fuerte que los haría en la Sociedad pero para vivirlos al
servicio de la Iglesia, con otros y otras que buscan a tientas el ser
consecuentes con lo que sienten como llamado de Dios. En esa
experiencia en Roma, se me regaló palpar una nueva dimensión de nuestro
ser rscj: la diversidad de culturas de las que participábamos; en eso
descubrí que a pesar de estar todas en la misma congregación, al
provenir de distintos lugares de origen de todos los continentes y que
nuestra experiencia eclesial nos condicionaba, hacía que el modo de
vivir nuestro carisma fuera diverso y aunque implicara en muchos casos
dolor y muerte porque es fácil absolutizar la propia experiencia, era
más importante entretejer esa diversidad porque el carisma se
enriquecía.
La vida apostólica la viví, durante bastante tiempo, en colegio y en
comunidad inserta pero siempre participando con otros y otras en las
búsquedas propias de cada apostolado para un mejor servicio a la
Iglesia y al mundo. Búsquedas dentro de la Sociedad, búsquedas con
laicos y laicas, en instituciones y organizaciones eclesiales y civiles
que me fueron ampliando horizontes, cuestionando lo que vivía y hacía,
impulsando a nuevos pasos, etc.
Gradualmente se me pidieron distintos servicios en la provincia que me
permitieron participación y mayor contacto internacional; fue en el
Capítulo de 1988 donde se me empezó a abrir un mundo nuevo con el tema
de la mujer, me sentí llamada ?a colaborar con otras mujeres para tomar
conciencia juntas de nuestra dignidad, de nuestra verdadera fuerza y de
nuestra responsabilidad?a asumir con decisión nuestras
responsabilidades en la Iglesia, conscientes de que Jesús valoró la
imagen de la mujer, la restauró en su dignidad y la asoció en la
construcción del Reino?. Para Magdalena Sofía no había pasado
inadvertida la situación de la mujer de su época; este tema se me fue
haciendo urgencia y miles de preguntas rondaban en mi interior ¿cómo
vivir hoy nuestro don de ser mujer en igual dignidad que el varón? ¿qué
pasa con las mujeres en el resto del mundo? ¿no es la mujer
empobrecida, doblemente marginada en la estructura social en que
vivimos? ¿y qué pasa en la Iglesia? Así, poco a poco, fueron tomando
cuerpo y haciéndose respuesta en el Capítulo de 1994: ?nos sentimos
llamadas, como Comunidad Internacional, a responder, a partir de
nuestra espiritualidad y de nuestro carisma, con un nuevo impulso, a
las necesidades más urgentes de este mundo, como educadoras: mujeres de
comunión, mujeres de compasión, mujeres de reconciliación?.
Para entonces, como provincial, me correspondía participar en la
Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile. Era esa una
institución que reúne aproximadamente a 150 congregaciones femeninas y
50 masculinas, pero que a lo largo de sus casi 30 años de vida, siempre
había sido dirigida por varones. Coincidió con que se vio que era el
momento de dar un paso de cambio; se me pide un servicio mayor, al ser
elegida como la primera presidenta mujer. Nuevamente se me daba la
oportunidad de ampliar más mis horizontes y colaborar con otras y otros
a hacer nuestro aporte propio, como religiosas y religiosos a la vida
de la Iglesia y del país. Ahí pude experimentar con inmenso dolor cómo,
de hecho, en la estructura eclesial la mujer es persona de segundo
orden aunque puedan haber documentos que digan lo contrario. Fue en
esta nueva forma de participación eclesial que fui creciendo en
conciencia de la dimensión de género, especialmente en la reflexión y
discernimiento que lleva a cabo la Vida Religiosa en América Latina y
el Caribe (CLAR). Desde esta dimensión, al encontrarme con otras
mujeres para reflexionar juntas, se me ha dado la oportunidad de
empezar a abrirme a un nuevo tema: el ecumenismo.
Tengo claro que las circunstancias me han ido mostrando que el Señor me
lleva por caminos insospechados que, buscado ser fiel a la vocación
recibida, se me ha regalado la posibilidad de crecer en conciencia de
mi ser mujer, en conciencia de género y en conciencia de pertenencia a
la Iglesia. Siento que no puedo callar, que no puedo perder las
oportunidades por pequeñas que sean, para aportar con mi granito de
arena, junto a mis hermanas, a que colaboremos en la construcción de
una Iglesia y un mundo más cercano a lo que Dios quiere como su Reino:
?La mirada y la compasión de Jesús dirigen nuestra mirada y nuestro
corazón hacia un mundo en el que muchos están como ovejas sin pastor y
hacen renacer en nosotras el deseo de entregar todo nuestro ser de
mujeres de compasión y de comunión para alimentar, hacer crecer,
defender la VIDA?(Capítulo de 1994).
En este momento, mi servicio es en la Formación Inicial de mis hermanas
jóvenes de la provincia así como en la Formación de Juniores y Junioras
de CONFERRE. Siento que es una forma de aportar, con efecto
multiplicador, para que este deseo profundo que el mundo sea más
humano, se vaya haciendo realidad.
María Isabel García H. rscj
Provincia de Chile
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