perfil: Isabel Garcia rscj, Provincia de Chile Imprimir E-mail
01.10.04
Isabel García y la comunidad del Noviciado año 2003: Olivia, Mané (JP), Elvira, Isabel, Yerka y Olinka


Isabel García rscj, chilena nacida en Bolivia en 1947. Pertenece a la provincia de Chile. Vive en Santiago, es maestra de novicias y trabaja en CONFERRE (Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile).

Cuando me piden compartir de mi vida, siento que me cuesta exponerme, pero el mirar lo que Dios ha puesto en mi ser como semillas y las oportunidades a través de las que El ha ido regándolas, haciéndolas germinar y, en algunos casos, recogiendo fruto (Jn. 15)?no me queda más que agradecer y reconocer que lo que me ha sido dado gratuitamente es para entregarlo gratuitamente para bien del cuerpo eclesial (1Cor.12).

Soy la hija mayor de padre boliviano y madre chilena, esto hace que desde mis orígenes sienta que la diversidad es parte de la vida que se me ha regalado. En mi infancia este rasgo fue marcado por las dificultades limítrofes entre ambos países, las que percibía en mi condición de niña, por una parte con las compañeras de colegio que rechazaban al país vecino, y por otra, desde mi experiencia familiar sentía muy fuerte que no cabía la división, que eso era un asunto político de un momento de la historia manipulado intencionalmente, pero que Dios nos quería a todos como una sola familia.

Mi casa además fue siempre, por razones de trabajo de mi papá, espacio donde hubo presencia de gente de diversos países, de diversas culturas y razas; lo que me fue alimentando el que estábamos llamados por Dios a formar una sola gran familia, sin importar las diferencias sino, por el contrario, enriqueciéndonos en esa diversidad.

Otro rasgo familiar en el que crecí es el de un hogar muy cristiano, de compromiso activo en la Iglesia, pero obviamente en esa época, en un estilo eclesial preconciliar al Vaticano II. Muy unido a esto, estuvo el haber sido educada en el colegio de las Religiosas del Sagrado Corazón, donde se me inculcó una conciencia fuerte de pertenencia a la Iglesia.

Me sentí llamada a la Vida Religiosa en mi etapa de estudiante universitaria; era época de mucho cambio social y la Iglesia estaba concretizando los llamados conciliares que en América Latina fueron marcados por la fuerza con que el Espíritu impulsó las Orientaciones de la Conferencia Episcopal de Medellín.

Al entrar a la Sociedad en 1970, me encontré con que las hermanas estaban en un momento de muchos cambios y búsquedas, además hacía mucho tiempo que ninguna joven entraba a nuestra provincia y, por tanto, la formación que se suponía debía recibir también estaba en profunda revisión. De hecho, creo que no tuve nada de lo que se podría considerar ?noviciado formal? pero sí tuve la inmensa riqueza de dar mis primeros pasos en una Iglesia muy participativa de comunidades de base, y en que las rscj me facilitaban el tomar parte junto con ellas en todo este caminar de búsqueda de nuevas respuestas de la vida religiosa y de la Iglesia en el mundo.

Fue un tiempo de mucha riqueza, que me mostró una vida religiosa inserta en medio de los pobres, en relación con muchas congregaciones que, unidas y con el don de la diversidad de carismas, hacíamos camino como parte de este gran pueblo de Dios. Era tiempo en que los laicos empezaban a participar en pequeñas comunidades que reflexionaban la realidad a la luz de la Palabra y experimentaban la importancia de aportar a la realidad del país desde su ser de cristianos y cristianas.

Políticamente el país se comenzó a polarizar hasta que en 1973 la democracia se vio interrumpida bruscamente por un golpe militar y las condiciones de participación eclesial cambiaron significativamente. El episcopado, con sus orientaciones, y la iglesia en general, estuvo muy cerca de la problemática vivida por quienes sufrían más las consecuencias del golpe. La vida religiosa no podía estar al margen de todo eso y, aunque me producía mucho miedo, fue un tiempo en que acompañé grupos juveniles en lugares bastante conflictivos. Sentía que Jesús me impulsaba a estar ahí como Iglesia.

La etapa de estudios teológicos, la viví trabajando simultáneamente en el Instituto de Pastoral Juvenil, lo que me permitió gozar y adentrarme más en el sentido de pertenencia a una Iglesia llamada a ser luz de las gentes, una Iglesia que buscaba hacer suyos los gozos y las esperanzas, los dolores y las tristezas de la gente, especialmente de los jóvenes.

Así llegué a la probación para prepararme a hacer mis votos perpetuos, sintiendo muy fuerte que los haría en la Sociedad pero para vivirlos al servicio de la Iglesia, con otros y otras que buscan a tientas el ser consecuentes con lo que sienten como llamado de Dios. En esa experiencia en Roma, se me regaló palpar una nueva dimensión de nuestro ser rscj: la diversidad de culturas de las que participábamos; en eso descubrí que a pesar de estar todas en la misma congregación, al provenir de distintos lugares de origen de todos los continentes y que nuestra experiencia eclesial nos condicionaba, hacía que el modo de vivir nuestro carisma fuera diverso y aunque implicara en muchos casos dolor y muerte porque es fácil absolutizar la propia experiencia, era más importante entretejer esa diversidad porque el carisma se enriquecía.

La vida apostólica la viví, durante bastante tiempo, en colegio y en comunidad inserta pero siempre participando con otros y otras en las búsquedas propias de cada apostolado para un mejor servicio a la Iglesia y al mundo. Búsquedas dentro de la Sociedad, búsquedas con laicos y laicas, en instituciones y organizaciones eclesiales y civiles que me fueron ampliando horizontes, cuestionando lo que vivía y hacía, impulsando a nuevos pasos, etc.

Gradualmente se me pidieron distintos servicios en la provincia que me permitieron participación y mayor contacto internacional; fue en el Capítulo de 1988 donde se me empezó a abrir un mundo nuevo con el tema de la mujer, me sentí llamada ?a colaborar con otras mujeres para tomar conciencia juntas de nuestra dignidad, de nuestra verdadera fuerza y de nuestra responsabilidad?a asumir con decisión nuestras responsabilidades en la Iglesia, conscientes de que Jesús valoró la imagen de la mujer, la restauró en su dignidad y la asoció en la construcción del Reino?. Para Magdalena Sofía no había pasado inadvertida la situación de la mujer de su época; este tema se me fue haciendo urgencia y miles de preguntas rondaban en mi interior ¿cómo vivir hoy nuestro don de ser mujer en igual dignidad que el varón? ¿qué pasa con las mujeres en el resto del mundo? ¿no es la mujer empobrecida, doblemente marginada en la estructura social en que vivimos? ¿y qué pasa en la Iglesia? Así, poco a poco, fueron tomando cuerpo y haciéndose respuesta en el Capítulo de 1994: ?nos sentimos llamadas, como Comunidad Internacional, a responder, a partir de nuestra espiritualidad y de nuestro carisma, con un nuevo impulso, a las necesidades más urgentes de este mundo, como educadoras: mujeres de comunión, mujeres de compasión, mujeres de reconciliación?.

Para entonces, como provincial, me correspondía participar en la Conferencia de Religiosos y Religiosas de Chile. Era esa una institución que reúne aproximadamente a 150 congregaciones femeninas y 50 masculinas, pero que a lo largo de sus casi 30 años de vida, siempre había sido dirigida por varones. Coincidió con que se vio que era el momento de dar un paso de cambio; se me pide un servicio mayor, al ser elegida como la primera presidenta mujer. Nuevamente se me daba la oportunidad de ampliar más mis horizontes y colaborar con otras y otros a hacer nuestro aporte propio, como religiosas y religiosos a la vida de la Iglesia y del país. Ahí pude experimentar con inmenso dolor cómo, de hecho, en la estructura eclesial la mujer es persona de segundo orden aunque puedan haber documentos que digan lo contrario. Fue en esta nueva forma de participación eclesial que fui creciendo en conciencia de la dimensión de género, especialmente en la reflexión y discernimiento que lleva a cabo la Vida Religiosa en América Latina y el Caribe (CLAR). Desde esta dimensión, al encontrarme con otras mujeres para reflexionar juntas, se me ha dado la oportunidad de empezar a abrirme a un nuevo tema: el ecumenismo.

Tengo claro que las circunstancias me han ido mostrando que el Señor me lleva por caminos insospechados que, buscado ser fiel a la vocación recibida, se me ha regalado la posibilidad de crecer en conciencia de mi ser mujer, en conciencia de género y en conciencia de pertenencia a la Iglesia. Siento que no puedo callar, que no puedo perder las oportunidades por pequeñas que sean, para aportar con mi granito de arena, junto a mis hermanas, a que colaboremos en la construcción de una Iglesia y un mundo más cercano a lo que Dios quiere como su Reino: ?La mirada y la compasión de Jesús dirigen nuestra mirada y nuestro corazón hacia un mundo en el que muchos están como ovejas sin pastor y hacen renacer en nosotras el deseo de entregar todo nuestro ser de mujeres de compasión y de comunión para alimentar, hacer crecer, defender la VIDA?(Capítulo de 1994).

En este momento, mi servicio es en la Formación Inicial de mis hermanas jóvenes de la provincia así como en la Formación de Juniores y Junioras de CONFERRE. Siento que es una forma de aportar, con efecto multiplicador, para que este deseo profundo que el mundo sea más humano, se vaya haciendo realidad.

María Isabel García H. rscj
Provincia de Chile


 

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